Revista N║5 "América Latina entre dos siglos II"

Resumen:
            En el presente trabajo efectuamos un análisis de la denominada “Teoría del malestar en la democracia”. Próximos a cumplirse 30 años del retorno de la democracia en América Latina y 25 años en nuestro país, resulta pertinente abordar una cuestión que ha estado presente desde los comienzos mismos de las transiciones democráticas: el conflicto, la tensión y las crisis que crecieron juntamente con la convicción ciudadana de que la democracia es el único sistema o ideal político que admite la plena vigencia de las libertades y derechos de los individuos.
            A seguir, puntualizamos algunas insuficiencias y debilidades de la democracia; definimos al malestar; efectuamos un recorrido por la literatura de fuste que trata la cuestión; discernimos las causas y orígenes del fastidio ciudadano. Más adelante damos una somera perspectiva del malestar en América Latina; compendiamos la taxonomía y señalamos la utilidad e importancia política del concepto desarrollado. Por último, se vierten las conclusiones, efectuándose una advertencia para no incurrir en comentarios apocalípticos.
            El malestar reconoce como causa principal, la sobrevaloración de la democracia al entendérsela como solución per se de todos los problemas. El malestar con la política y las costumbres y usos de los políticos llevó a confundir a gran parte de la ciudadanía con una crítica a la democracia real. Los retrocesos económicos explican el menoscabo operado en las evaluaciones que los ciudadanos hacen de la labor de los gobiernos desde los ´90. Los conflictos derivados del malestar exacerbado, fueron en verdad crisis de crecimiento, que concibieron novedosas formas de democracia.

 Palabras clave: Desafección - cinismo - malestar en la democracia - insatisfacción – desconfianza

Abstract:

In this paper we analyses the so-called “theory of unrest in democracy”. Soon we will be celebrating 30 years since democratic regime returned and it has been 25 years since democracy has returned to Argentina. In this context it is useful to study a topic always present in democratic transitions: conflict, stress and crisis that came along with citizen’s belief in properties of democracy that made of it the only political regime that lets individual freedoms and rights come into force.
Next, we point out some failures and weaknesses of democracy; we define the “unrest”, we revise the top papers written about this issue; we find out causes of citizen’s annoyance. Then we give a brief perspective of annoyance in Latin America, we summarize the taxonomy and point out the usefulness and political importance of the developed concept. Finally, we offer a conclusion trying not to be pessimistic in extreme.
The “unrest” or annoyance finds in overestimated democracy its main origin. Democracy cannot be understood itself as the solution of all problems. Annoyance related to politics and politicians’ behavior made a big number of people get confused about real democracy. Bad economic performance can explain why citizens discredit public policies since the decade of 1990. Conflicts as a result of great annoyance were indeed growth crisis that conceived new types of democracy. 

Key words: lack of identification – cynicism – unrest in democracy – unsatisfaction - distrust 


Insatisfacción en las democracias:
Causas y orígenes del malestar


Javier Pablo Marotte1

1.- Introducción
            Abordamos la cuestión en análisis, señalando que existe consenso respecto a que “la democracia reina de manera absoluta, sin mezclas ni fisuras y ha conseguido doblegar a sus viejos enemigos, tanto del lado de la reacción, como de la revolución” (Gauchet, 2004), así como a los perennes adversarios del gobierno popular (Dahl, 1999, p.22). Desde la década de 1990 fue puesto de manifiesto su triunfo como sistema o ideal político (Benedicto, 2004); existiendo en América Latina una homogénea convicción acerca de la pertinencia y viabilidad de la democracia como régimen político más creíble y compensable (García Montaño, 2004, p.296), no advirtiéndose signos de preferencia por alternativas no democráticas (Subirats, 2001. p.33-42; Meny, 2003, p.2). Con Alcántara Sáenz (2006, p.163) y Zovatto (2006, p.185) sostenemos que las democracias (re)instauradas desde 1979 en América Latina, han supuesto un período que constituye el más largo lapso de vigencia continuada de esta forma de gobierno, a la vez que se ha hecho extensible al mayor número de países que nunca antes en la historia la desarrollaron.

            Asimismo, el conflicto y la tensión no son ajenos a la democracia; por el contrario, la democracia es la generación de una estructura normativa pactada para la solución pacífica de los conflictos (Rivera Vélez, 2000, p.522). Frente al triunfo de la democracia se yergue un malestar profundo, que se traduce en una mezcla de bloqueo y de inquietud a la hora de formular y aplicar políticas públicas, de construir un espacio público civilizado, y de contener a las oligarquías, con sus típicas concentraciones de poder político, económico y cultural (Pérez-Díaz, 2008).

            Empero, no debemos rehuir a la pregunta de Chesterton: “¿sobrevivirá la democracia a su propio triunfo?” y al mismo tiempo hallamos prudente y atinado puntualizar algunas cuestiones que atañen a sus  insuficiencias y debilidades, que perduran más allá de la victoria:
            a) “La democracia se consolidó, pero no es la democracia esperada” (Sorj, 2005, p.14);
            b) Los principales debates teóricos europeos y anglosajones de los últimos tiempos resultan insuficientes para desentrañar la peculiar complejidad de las sociedades latinoamericanas (Cansino y Zermeño, 1997, p.559-564) y no se pueden dilucidar las realidades de nuestra Región en clave eurocéntrica (Amin, 1999; Lander, 2005);
            c) La democracia importa, pero no basta para la igualdad (Barreda y Costafreda, 2006, p. 115); puesto que “no sólo debe demostrar su capacidad para gobernar el sistema político; también debe ser un instrumento idóneo para la construcción de una sociedad mejor” (Borón, 2003, p.253). 
            d) Con Borón (2005) sostenemos que “todavía seguimos prisioneros de concepciones tradicionales sobre lo que es la democracia” y siguiendo a Dahl (1999, p.9), afirmamos que uno de los problemas de la teoría convencional de la democracia ha sido el de suponer que hay un solo modelo, cuando en realidad hay más de uno, por cuanto “la democracia ha significado muchas cosas distintas para gente diferente en diversas épocas y lugares”.2
            e) Las democracias latinoamericanas, pese a su éxito en cuanto a la permanencia, han sido bastante incapaces de generar crecimiento y empleo estable y bien compensado, de proveer seguridad a las personas y consolidar el estado de derecho, de acabar con la pobreza y la marginalidad, de garantizar los derechos de la ciudadanía y mejorar el legado de la desigualdad (Hagopian, 2006, p.233).
            f) Las democracias no parecen peligrar, pero existe en ellas una debilidad estructural (Latinobarómetro, 2005), ya que se instalaron en sociedades altamente desiguales y con fuerte corrupción (García y Díaz, 2006).  El malestar puede devastar la democracia si está alejado de la participación política y si se da sin una organización de la legitimidad. Pero en si mismo, puede ser positivo o edificante porque la democracia no radica sólo en la organización de los poderes, sino igualmente de contra poderes (Rosanvallon, 2007).

            Podemos resaltar varios indicadores de crisis del sistema político, particularmente significativos desde la segunda mitad de los años noventa, como por ejemplo:  decadencia del sistema tradicional de partidos; emergencia de líderes y de movimientos que representan, bajo las banderas antipartidarias y antipolíticas, la aspiración de transformaciones radicales en el seno de la sociedad; creciente abstención electoral, voto “bronca” o “voto castigo”; la desconfianza hacia las élites de una parte importante de los ciudadanos; erosión del sentimiento de proximidad frente de los partidos tradicionales y otras instituciones representativas; declive de la confianza en los gobiernos o aún, el desafecto ciudadano hacia la política.

            No se trata sólo de asir las subjetivas percepciones ciudadanas de democracia (citizens perceptions of democracy), sino desentrañar concretamente el “malestar en la democracia”, al cual concebimos como la pérdida de confianza en las instituciones por los insuficientes resultados de las democracias3, en términos de bienestar económico y control de la corrupción. O en otras palabras, se advierte cuando existe desconfianza en las instituciones, empero se mantiene el apoyo al sistema democrático.

            El malestar en la democracia en su grado de crisis severa, si bien no afirmamos de modo categórico que ha sido superado definitivamente, puso fin a la etapa de la subsunción de la democracia en el mercado y alumbró una nueva fase en curso, la cual conceptuamos como de las democracias “pragmáticas” y “plebiscitarias o neopopulistas”. La ciudadanía frente a la realidad advirtió que con la democracia no se comía, curaba ni educaba (Nolte, 2005, p.212-213). Diferentes procesos de desgaste económico trajeron aparejados incrementos desmesurados de los índices de pobreza. Se creyó en los noventa que la democracia entendida como sinónimo de política espuria debía quedar relegada a un segundo plano (Payne et al, 2006); ya que la economía social de mercado, las privatizaciones, los fondos de pensión, o el achicamiento del Estado, redundarían en beneficio del conjunto de la población y eliminarían el hambre, la desigualdad, creando trabajo y nuevas oportunidades.

2.- Recorrida por la literatura del malestar
            A treinta años de la primera restauración democrática latinoamericana4, la confianza inicial de la población, comenzó a erosionarse, principalmente ante la mala marcha de la economía y la explosión de innumerables casos de corrupción en los gobiernos, parlamentos, poderes judiciales y partidos políticos. Ese lazo de afección que existiera entre la base ciudadana y la elite política parece haberse agrietado5. Como la democracia es el método que da una salida civilizada a las diferencias sociales, su debilitamiento y malestar son malos signos para un futuro mejor (García Montaño, 2004, p. 223).

            A las democracias latinoamericanas realmente existentes O´Donnell (2004) las ha caracterizado como “democracias de baja intensidad”, mientras que Ansaldi (2007) las describe como “un barco a la deriva” y Soto y Schmidt (2008) las califican de “frágiles”. Porque aún apoyando la mayoría de los habitantes a la democracia como forma imperfecta de gobierno, por encima de cualquier otra; el nivel de credibilidad de las instituciones resulta insatisfactorio (Norris, 1999; Pharr y Putnam, 2000; Paramio, 2002 y 1999a; García Delgado, 2003, p.58).

            La ciudadanía cree que el sistema partidocrático, fuera de resolver mediante mecanismos de integración los problemas, carece de permeabilidad y presenta una grave fatiga de los materiales intangibles con los que se construye una buena representación de la voluntad popular en las instituciones. Sencillamente, los electores no están seguros de que la clase dirigente sienta y padezca como lo hacen ellos; que sus inquietudes sean las que la dirigencia presenta como tales y que sus aspiraciones sean las prioritarias en la sociedad (Zarzalejos, 2007; Segatti y Vezzoni, 2006).

            Más aún, autores como Roitman, Sosa Wagner, Nieto y Rubiales acusan sin ambages a los partidos políticos de haber secuestrado a la democracia y a la política de haberse convertido en un negocio. Se señala que se han transformado en democráticas, prácticas y proyectos totalitarios (Roitman, 2007, p.11); que los partidos expresan deficientemente el pluralismo político, concurren muy mal a la formación y manifestación de la voluntad popular y carecen de la condición de instrumento para la participación política (Sosa Wagner y Sosa Mayor, 2007, p.31 y 34); habiéndose convertido “en la escuela de todas las corrupciones” (Nieto, 1997); obsesionados por acumular poder y privilegios y regidos por elites entronizadas que son la cúspide de una tupida red clientelar, “que imponen en su torno una disciplina de hierro y que suelen sentirse por encima de la ideología, de los reglamentos y hasta de la Razón” (Rubiales, 2005 y 2007, p.17).

            Lechner revela además la existencia de “arritmia entre los procesos de toma de decisión y los procesos de toma de conciencia”, es decir, la tensión entre las exigencias que tienen los gobiernos y el sistema político de tomar decisiones bajo presiones de urgencia y el ritmo, mucho más lento, que requiere la deliberación ciudadana para asumir, discutir y decidir sobre determinados temas (Lechner, 1997, p.168). Hagopian (2006, p.232) presenta un diagnóstico más alentador: “…los sistemas hoy son sólidos, y han resistido graves desafíos como escándalos de corrupción y colapsos del sistema bancario. Aún más sorprendente es el proceso en un país como El Salvador, donde después de setenta mil muertos, la democracia ha comenzado a echar raíces”.

            En nuestra Región, los países apelan a la legitimidad democrática y le pagan tributo organizando elecciones libres y competitivas. La sociedad civil es activa y dotada de energía, la prensa va logrando mayores márgenes de libertad, los partidos opositores organizan campañas efectivas y triunfan en los comicios, produciéndose la alternancia en el manejo de la cosa pública. Pese a estos avances, en el informe del PNUD 2004 “La democracia en América Latina” se advierte un sentimiento creciente de desengaño entre los ciudadanos y una baja estima hacia las principales instituciones democráticas en muchos países (Latinobarómetro, 2006; IDDLat, 2004; 2006; Lander, 1997)6.

            Una proporción elevada de la población es escéptica respecto de la idoneidad de sus gobiernos y cree que la democratización ha hecho muy poco por ellos. En algunos casos, el descontento popular se ha transformado en inestabilidad política y social. Aunque el citado informe del PNUD revela grandes segmentos insatisfechos con el estado de la democracia -a pesar de que se la prefiere por principio-, deja claro que buena parte del malestar ha de atribuirse a las condiciones económicas, la desigualdad, la inequidad y la exclusión social.

            Se advierten hoy entonces, tres contrasentidos o paradojas en América Latina: a) Hay más democracia, pero se cuestiona su capacidad de mejorar las condiciones de vida de los habitantes. b) Hay crecimiento, empero la pobreza se encuentra en niveles altos. c) Se realizaron reformas económicas, aunque los resultados no fueron los esperados. A pesar de las crisis, los países siguen buscando vías ajenas al autoritarismo o al militarismo, sosteniendo aún en niveles precarios -en algunos casos- sus instituciones democráticas (IDD-Lat 2004). Los ciudadanos, que podemos catalogar de “críticos” (Norris, 1999, p.27) o demócratas insatisfechos” (Sandel, 1996)7, han comenzado a diferenciar entre la democracia como sistema de gobierno y el desempeño de los gobernantes en particular8.
            La perfectibilidad de la democracia nos coloca en el terreno del debate y la discusión filosófica sobre lo que debe ser y lo que realmente es. Robert Dahl (1999, p. 35 y ss) hace una interesante reflexión al respecto señalando que “aunque es útil distinguir entre ideales y realidad, es preciso comprender cómo se conectan los fines o ideales democráticos a la realidad democrática”; tomando en cuenta esta perspectiva, y con una visión bastante optimista, podremos ver la democracia en los países latinoamericanos una vez superados los temores respecto a la supervivencia de la misma, como un continuum, es decir como un punto (momento histórico determinado) que puede moverse con flexibilidad entre dos extremos. Antes de los años ochenta uno de los extremos del continuum representaba el autoritarismo, el otro la democracia; hoy ambos extremos serían democracias, pero uno de ellos representaría el ideal democrático y a partir de allí, en dirección al extremo contrario, habría una gradación (degradación) de patrones democráticos hacia formas delegativas (Ramos, 2002, p.79).

            En época del malestar en la democracia, los sistemas políticos concibieron soluciones institucionales de despareja prolijidad. Empero, no se interrumpió la democracia electoral, aunque comenzaron a evidenciarse demandas sociales y a exigirse una democracia de ciudadanos. La evaluación académica convencional sugiere que las fluctuaciones en el grado de satisfacción ciudadana con la democracia y / o los gobernantes son a la vez muy importantes y potencialmente amenazantes para la estabilidad del sistema democrático en sí, dado que están directamente relacionados con la construcción de democracia. Con Montero, Gunther y Torcal (1997) planteamos, en cambio, que los regímenes democráticos pueden permanecer estables incluso frente a los altos niveles de insatisfacción (Sudamérica es un ejemplo de ello).  En resumen, la supervivencia del sistema se basa en las actitudes hacia la legitimidad, en vez de la satisfacción o la percepción de la eficacia del régimen.

            Entendemos que la legitimidad y la eficacia no son sólo conceptual, sino también empíricamente, distintas. En términos generales, la eficacia del sistema y la satisfacción política pueden pensarse como componentes de un síndrome más amplio de descontento político, que se define como la expresión de una cierta frustración derivada de la comparación de lo que uno tiene con lo que desearía haber tenido (Gamson, 1968). La eficacia del sistema se compone de una serie de percepciones relativas a la capacidad de reacción de un régimen con respecto a los problemas críticos (Dahl, 1971, p.144), es decir, la aptitud de un determinado sistema político para resolver las situaciones desfavorables que los ciudadanos consideran que son especialmente importantes (Morlino y Montero, 1995, p.234).

            Más concretamente, la insatisfacción política (que se utiliza con más frecuencia que su antónimo) expresa el disgusto con un importante objeto social o político, y por lo tanto, podría ser visto como un rechazo general de todo lo que está a la altura de los deseos de la ciudadanía (Di Palma, 1970, p. 30).  La insatisfacción con los políticos, surge de las evaluaciones de los ciudadanos acerca del desempeño del régimen o de las autoridades, así como de sus resultados políticos (Farah, Barnes y Heunks, 1979).

            Pero, es justicia decir que el malestar en la política y en la democracia es de antigua data. Años atrás la respuesta ante un conflicto de cualquier índole desembocaba en un planteo militar o directamente en un golpe de estado (mayoritariamente de signo cívico-militar). Desde la década del 90 la objeción se tornó plebiscitaria: ir a la calle a demostrar el fastidio, el hastío y la crítica furibunda. El gran interrogante aún no develado, es saber si semejante vitalidad política se tradujo o no en mejor calidad institucional.

            El modelo que se apoya en los pilares de la democracia liberal y el estado social de derecho, tiene cada vez más insuficiencias y las disfunciones de su ejercicio son tan numerosas (Savès, 1993), que han llevado a un menosprecio y depreciación de la democracia representativa. El deterioro de la participación política, el sectarismo partidario, la corrupción en todos los niveles y la ausencia de perfiles claramente diferenciados de las diversas opciones políticas, son algunas de las causas de este proceso de rechazo (Ansaldi, 2007, p.105-108). Desafección que ha asumido dos formas: la tesis del desencanto democrático, expuesta por Hermet (1994) y desarrollada por Perrineau (2003); y el desconcierto creado por la multiplicación de nuevas adjetivaciones de la democracia: procedimental, de opinión, de mercado, industrial, post-totalitaria, electrónica, deliberativa, consociativa, radical, fuerte, etc.

            Andrea Greppi especifica que de la democracia actual, parece que ya no cabe esperar nada nuevo. Es un ideal que está más cerca del pasado que del porvenir y su estancamiento se ha dado por dispersión, tanto en el plano de las propuestas de reforma institucional, como en el plano puramente teórico. El objeto que recibe el nombre de democracia se ha vuelto irreconocible (Greppi, 2006, p. 9-11).

3.- Causas y orígenes del malestar en las democracias
            En la Ciencia Política (Bok ,2001; Lipset, 1995; Robinson, 1973; Stiglitz, 2002), este malestar ha sido relacionado desde perspectivas muy diferentes con aspectos tales como crecimiento excesivo del Estado, pérdida del capital social, aumento de la brecha social, debilidades de la cultura cívica y la globalización. Para Schumpeter (1952) el malestar y la falta de confianza en torno a la democracia es consecuencia de haber esperado de ésta aquello que no puede dar; asimismo, es necesario reconocer expresamente que la democracia no es un orden social, y que no se le puede exigir resultados.

            La literatura de fuste identifica como causas del malestar y desafección de los ciudadanos ante las instituciones democráticas y su funcionamiento efectivo: a) Las tradiciones, valores y creencias poco afines a las prácticas democráticas (Cardozo y Hillman, 1997) aunada a la nostalgias por la “mano fuerte” que raramente reconoció límites9; b) El fin del mundo bipolar; c) El impacto de la globalización sobre la capacidad real de los gobiernos y la ingobernabilidad de las democracias; d) La ocupación de anteriores espacios de poder nacional por parte de los mercados financieros y los organismos multilaterales o supranacionales; e) El achicamiento de las diferencias ideológicas; f) El efecto deslegitimador y trivializador de la política de los medios audiovisuales al promover el entretenimiento de la audiencia; g) La menor relevancia de los partidos políticos o su quiebre de representatividad, sumada a la de los sindicatos; h) La elevación del nivel educativo; i) La disolución de las culturas partidarias como consecuencia del cambio social; j) La pérdida de la función deliberativa de los parlamentos; k) El alejamiento creciente de los políticos respecto a las preocupaciones y problemas sociales; l) El crecimiento de los índices de desempleo e inclusive la precarización, inestabilidad y descalificación de los puestos de trabajo; ll) El mal desempeño económico de los países; m) La frustración de las expectativas de los ciudadanos, el menoscabo y subversión de sus prioridades; n) El incumplimiento de las promesas de prosperidad y de igualdad democrática; ñ) La apropiación de recursos públicos por parte de los dirigentes políticos y los gobernantes (corrupción y corruptelas);o) La desmoralización de los propios políticos, resignados a no tener ambiciones ni proyectos que vayan mas allá de la próxima campaña electoral (Rocard, 1999); p) El resultado de las privatizaciones de los años ´90 (Paramio, 1999d y 2002a); q) El manejo ineficaz de los asuntos políticos y económicos; las tensiones al interior de los poderes del Estado y la erupción de la violencia, sea de origen político o social; r) La erosión de la legitimidad democrática y una ciudadanía inconclusa (Miró Quesada, 2005) o la privatización de la ciudadanía (Greppi, 2006, p.19); s) La democracia ha quedado apresada por la necesidad de encontrar algún punto de equilibrio entre tres exigencias contrapuestas: el crecimiento económico, la estabilidad y cohesión social en el marco de sociedades complejas y la garantía de los derechos individuales (Dahrendorf, 1996); t) La actual concepción individualista de la sociedad coligada a la homogeneización de las formas de vida, la multiplicación de las causas y mecanismos de fragmentación y exclusión social (Greppi, 2006, p.16); u) La elusividad de las oligarquías y la inexistencia de agentes políticos con autonomía suficiente para contrarrestar la tendencia a la formación de cárteles y monopolios nacionales y transnacionales. Además, quienes disponen del poder económico, no necesitan ocupar las sedes del poder político (Greppi, 2006, p.17); v) La desacralización de los espacios del poder y de sus símbolos. Mientras que Roitman, por el contrario sostiene que “la democracia pasa a ser un amasijo simbólico de órdenes institucionales que se legitima por otros medios. Se identifica con edificios, sillones vacíos, coronas, parlamentos, bandas presidenciales, ordenadores, urnas, votos, censos y padrones electorales” (Roitman, 2007, p.12); w) La imagen debilitada que dan las democracias de sí mismas, es la fuente del desinterés por la política, a lo que se adunan una estrategia moderada y carente de entusiasmo en la gran causa de los derechos humanos; la debilidad de las democracias frente a quienes no respetan sus reglas (Rocard, 1999); x) El auge de la sociedad de mercado (Ramos, 2002, p.66) que ha provocado con el cambio tecnológico el debilitamiento de la cohesión social, ante el temor a una pobreza o desempleos masivos; y) Los avances y retrocesos de los procesos de democratización son producto de un “conjunto de megatendencias” (Lechner, 1996) que incluyen muchas de las razones antedichas, junto a la reorganización del Estado y el nuevo clima cultural; z) Las democracias de raíz liberal son productos históricos y de equilibrio en los que conviven distintas dimensiones dotadas de lógicas autónomas (liberal, democrática, social, cultural, nacional, etc.) que mantienen ineludibles tensiones entre ellas. Tales tensiones conforman la vitalidad creativa y los déficits de legitimación de los complejos sistemas políticos y muestran siempre el viaje de las democracias como inacabado y abierto a la experimentación (Requejo Coll, 2008); a´) El malestar generalizado de las democracias liberales es producto de la falta de capacidad o de poder suficiente de las sociedades para hacer frente al desorden y a los problemas representativos y existenciales (Pérez-Díaz, 2008).

            Los orígenes10, según Murray (2000), se asientan en que los gobiernos apoyan las mismas políticas que habían prometido cambiar. Los diputados votan como el líder de su partido, a pesar de la voluntad de la gente que representan y a veces hasta en detrimento de los intereses de sus electores. Los escándalos políticos demuestran, cuan fácil de utilizar es el sistema para servir a los intereses privados. Como nuevo elemento en ascenso, señala el sentimiento de que los gobiernos son incapaces de defender a los ciudadanos contra las fuerzas económicas internacionales que buscan controlar la vida.

            Mientras que Gutiérrez Sanín (2003) por su parte, estima que el malestar en la democracia tiene su principio en las enormes expectativas que en ella se fincaron. García Montaño sostiene que la democracia trajo algunas transformaciones en la cultura política de los ciudadanos, empero no ha podido cristalizar en una auténtica cultura democrática, debido a la insatisfacción existente respecto a las esperanzas generadas. Este autor mexicano señala que el “malestar antidemocrático” crece y amenaza la precaria construcción de nuevas instituciones. De ahí el concepto de “tasa de mortalidad democrática”: “en la medida en que se crea insatisfacción, en esa misma medida produce sus propias razones de extinción, y da pie al crecimiento del neoautoritarismo y del individualismo egoísta” (García Montaño, 2004, p.262 y 312).      

            Mayorga (1995, p.321) destaca una visión de conjunto de las dificultades políticas y económicas que enfrentan las democracias latinoamericanas desde los noventa, en los siguientes términos:
      “El debilitamiento, la ineficacia e incluso la descomposición del sistema de partidos, la tensa relación de confrontación entre poderes ejecutivos y legislativos, así como también la erosión de la capacidad de los gobiernos para resolver los problemas del ajuste económico, son fenómenos que han puesto en evidencia la gravedad de los problemas institucionales. Ineficiencia y deslegitimación de los gobiernos democráticos, descrédito de los partidos y parlamentos, crecimiento de la corrupción, agudización de los problemas económicos y sociales han conformado, en efecto, un cuadro preocupante de desborde de las instituciones políticas por los problemas y las demandas sociales, es decir, un cuadro de ingobernabilidad”.

            Algunos autores tratan de hallar en la juventud, el origen de la desafección y desalineamiento partidario  (Alteri y Raffini, 2007; Bontempi y Pocaterra, 2007; Inglehart, 1997; Krischke, 2000 y 2004; Gaiser et al, 2000). Moreira (2000) localiza las causas del malestar en la democracia en la menor integración socioeconómica y político cultural de los jóvenes y las mujeres, lo cual conduce a una mayor desafección y desconfianza de la política; a pesar, del elevado conocimiento e identificación partidaria del electorado. El mundo de la vida de los jóvenes es caracterizado por una vinculación ambigua con el sistema. Participan poco de la esfera política, a la cual valoran negativamente, pero esperan mucho de ella. Su desafección política se traduce, más que en el radicalismo, en la apatía (sobre todo los desempleados) o en una acción pragmática (estudiantes).

            Conaghan y Malloy (2007) centran los orígenes en la marginalización de las legislaturas, la arrogancia y la autonomía del ejecutivo, la creciente disociación entre las alternativas electorales y las políticas públicas implementadas, la debilidad de los partidos, la devaluación de la política y el entronizamiento de la economía como disciplina organizadora de las acciones públicas, la contracción inducida por las estrategias neoliberales.        

            Perrineau (2006) descubre las causas en la incapacidad de los partidos a adoptar discursos honestos y lúcidos sobre el estado de la sociedad; el abandono de la tradición pedagógica del hombre político; la similitud de propuestas de izquierdas y derechas; la democracia consociativa que organiza el reparto del poder entre las élites; la crisis del compromiso religioso; el derrumbe ideológico con pérdida de referencias políticas y el malestar en la representación política de una clase dirigente casi odiada. Rioux (2002) distingue las raíces en el empobrecimiento de la función parlamentaria, el incumplimiento por las elites de sus responsabilidades dentro de las instituciones democráticas. La raíz del malestar reside en la ausencia de promoción de valores democráticos en general y del parlamentarismo, en particular. Los ciudadanos, que aumentaron su nivel educativo, tienen la convicción que no son oídos por los políticos.

            El tema ha sido abordado académicamente en las últimas tres décadas: Huntington (en Crozier, Huntington y Watanuki, 1975) advierte cierto “malestar democrático” (democratic distemper) cuando el pueblo demanda más del gobierno y al mismo tiempo cuestiona la autoridad ya establecida, resultando así “sobrecargado” por las demandas populares que se le han impuesto. Cuando excesiva gente participa demasiado, hay una “avería en la democracia” (breakdown of democracy)”. Reconoce que un minimun de democracia puede ser peligroso. Con la poliarquía la élite otorga al pueblo el derecho a votar. El peligro está en que ello puede llevar al pueblo a pensar que también debería tomar las decisiones. Atribuye el “malestar de la democracia” a una periódica “pasión debido a [sus] creencias fundamentales” (creedal passion) que aflige al electorado. Ello ocurre cuando la gente se deja llevar por sus valores democráticos hasta el punto de querer participar de verdad (actually) en la toma de decisiones.

            Bobbio (1984) expone que los problemas de las democracias contemporáneas son las llamadas «paradojas», es decir, las tensiones o contradicciones internas de la propia democracia y sus “promesas incumplidas”, o sean las fallas de la democracia debidas a obstáculos imprevistos o a procesos históricos específicos. Bobbio (1990) indica las “promesas incumplidas de la democracia”: falta de pluralismo, imposibilidad de la participación política de los individuos, persistencia de las oligarquías y subordinación del interés general al de individuos o grupos dominantes. Señala cuatro paradojas de la democracia: las grandes dimensiones; la creciente burocratización del aparato estatal; la cada vez mayor tecnicidad de las decisiones; la tendencia a la masificación de la sociedad civil (Bobbio, 1978, p.86) y tres efectos perversos: la ingobernabilidad; la privatización de lo público; el poder invisible (Bobbio, 1985).

            Ludolfo Paramio, argumenta que la pérdida de confianza en los partidos puede haber dado lugar a un nuevo tipo de elector, el votante frustrado (Paramio, 1999b)11, el cual advierte que los mecanismos democráticos no le permiten satisfacer sus demandas. La frustración se tradujo en agresividad frente a la necesidad de elegir entre opciones igualmente malas. El hilo conductor que une todos los síntomas del malestar frente a la política democrática es la pérdida de confianza social en los gobernantes, los partidos y la política en general (Ibíd., 2000, p.23). De modo global, Paramio (1999c) pondera al actual proceso de desconfianza como la combinación de dos fenómenos: “a) las transformaciones sociales (en particular de la comunicación social) y, b) las frustraciones sociales a causa de la crisis del modelo de posguerra” y en lo que América Latina atañe por “las limitaciones de los gobiernos para resolver los problemas sociales en una situación de plena movilidad de capitales” (Ibíd., 2002a). De modo particular referido a la cuestión subexamine, Ludolfo Paramio entiende que lo que existe es un problema general para la democracia representativa, que es consecuencia de un proceso histórico de individualización y que puede resumirse en la tesis de Dalton sobre el auge de lo que él llama “ciudadanos críticos”: erosión de las formas tradicionales de identificación partidaria, comenzando por las ideologías.

            Pero, además hay un problema de valoración de los gobiernos por sus resultados, en una fase en que las reglas de juego han cambiado y los gobiernos tienen graves problemas para dar seguridad a los ciudadanos y para reducir su incertidumbre. En situaciones de fuerte desigualdad social, como en América Latina, éste puede ser un factor decisivo de deslegitimación cuando se incumplen las promesas electorales. La crisis 1998-2003 frustró las expectativas que se habían creado con las reformas económicas, y explica en buena medida los datos del Informe del PNUD de 2004. Ahora la pobreza retrocedió, y “puede que una encuesta similar diera resultados distintos” (Paramio, 2008).

            La combinación de democracia y pobreza extrema produce “insostenibilidad, desestabilización e incertidumbre política.” Por ello, hay malestar por la carencia de empleo, bajos ingresos, corrupción, impunidad y servicios deficientes. Resendiz (2006), plantea que en democracias como México, pese a la onerosidad del sistema político, se palpan crecientes malestares con los balances democráticos. La inequidad, una gran concentración de la riqueza y la multiplicación de la pobreza, exacerban tal malestar.

            Dante Caputo (en Prólogo al Informe PNUD, 2004) sostiene que el crecimiento económico insuficiente, las profundas desigualdades y los sistemas jurídicos y servicios sociales ineficientes han provocado malestar popular, socavando la confianza en la democracia electoral en la Región, la que se desenvuelve en un contexto novedoso: el triángulo de democracia, pobreza y desigualdad. Destaca que no hay malestar con la democracia, pero hay malestar en la democracia y para resolverlo es indispensable hacer uso del instrumento más preciado que ella brinda, es decir la libertad.
           
            Montero y Torcal (2006) muestran que los ciudadanos son cada vez más críticos con las instituciones políticas básicas, están alejados y desafectos de la política en general; tres son las áreas dominantes de la discusión actual: la desafección política circundante de la discusión conceptual; los factores que hacen a los votantes alejarse de la política y las consecuencias reales de la desafección política para la democracia12

            Rosanvallon (2006a; 2006b y 2007) afirma que todas las grandes democracias están confrontadas con una crisis de la representación y se comprueba una pérdida de confianza hacia los dirigentes políticos. Pero este sentimiento, no se da por una cuestión simple de oposición entre pueblo y élites; sino que existe porque las sociedades actuales no se hallan organizadas en clases, con partidos que representen grupos sociales bien identificados. El aumento del nivel educativo y su corolario, el desarrollo del derecho de peticionar y las exigencias dirigidas a la sociedad política, constituyen el segundo factor. Una capacidad más fuerte de juicio induce un potencial más importante de decepción.
            Asimismo, Rosanvallon expresa que: “la democracia no es una forma política acabada y engendra una decepción que nace de la indeterminación del ideal democrático y de la dinámica de sus tensiones estructurantes.” El tercer gran factor estructural es el de la "contra-democracia" (contre-démocratie), es decir el desarrollo de formas de soberanía negativa como “expresión directa de las expectativas y decepciones de la sociedad” o “democracia no institucionalizada” (Ibíd., 2007). Hoy las democracias no son de elección, sino de desconfianza, porque hay más descarte de personas (désélections) por su incompetencia o desengaño, que elecciones de candidatos.     
 
            Vázquez García (1998) analiza la desconfianza hacia las instituciones, la clase política y ciertos líderes nacionales; describiendo como probables causas: la visión de la política como espectáculo, la vuelta al privatismo y la erosión de la autoridad. Ello lo lleva a cuestionar el funcionamiento de la democracia frente a la coexistencia de altas dosis de desengaño. Expone el peligro de la irrupción de liderazgos populistas y mesiánicos, como asimismo el cambio de cultura política que supone un mayor deseo ciudadano de pedir cuentas (accountability) y la demanda de un liderazgo más cercano. Posteriormente, ha divulgado que la existencia de la corrupción ha afectado en gran medida a la esfera pública, principalmente a través de una pérdida de confianza en las instituciones, en la clase política y en el resto de la ciudadanía (Vázquez García, 2006).

            Bodei (2005) aborda la cuestión del malestar relacionándola con que gran parte de la humanidad occidental siente que las pasiones han muerto y que la realidad no puede ser transformada. Atribuye esta desazón a la caída del Muro de Berlín y el desmembramiento de la URSS, que significaron el fin de una ilusión que involucró a millones de personas que habían depositado en el proyecto socialista expectativas que se derrumbaron rápidamente. Bodei (2006) destaca la transformación de la política, que ha extendido su soberanía al interior mismo de los hombres, según estrategias y tecnologías precisas que constituyen la más efectiva “colonización de la conciencia”.

            San Juan Victoria (2003) señala que la “polis en construcción consolidó la alternancia, el sistema de partidos, cierta división de poderes y ha creado instituciones de vigilancia y contrapeso”. Existe el malestar porque, aún no se termina de desmontar el viejo edificio y crear la casa nueva (metapolítica); donde hace faltan “inquilinos decentes”. Caille (2005, p.5-27 y 95-126) señala que la incapacidad creciente del ideal democrático, el aumento del abstencionismo y de la indiferencia para con la política proceden de la misma fuente: el peso progresivo de lo económico en las sociedades posmodernas, lo cual hace que los hombres intenten maximizar únicamente sus aspiraciones económicas, excluyendo cualquier otro tipo de lazo social. En ese panorama, es harto difícil que se apasionen por la democracia. Sólo pueden buscar en ella y a través de ella, sólo lo que es propicio al mejoramiento de su renta y de su prosperidad material individual. El marco general del mundo luego de la extinción de la URSS y el triunfo de la economía de mercado -no igualitaria y rentista-,  es poco propicio a la realización de las virtudes democráticas.

            Según Tafani (2005, p.259-285) la democracia representativa, es primero una democracia partidaria y como consecuencia, una democracia clientelar. Por ello, no basta más con imaginarse que los electores votan racionalmente por los que representan mejor a los intereses materiales y morales de su grupo de pertenencia - clase social, categoría socio profesional, etc. - y que los militantes son impulsados a la vez por un exceso de motivación ideológica y por una perspectiva de acceder a alguna función pública rentada. Pero, aunque los partidos políticos parecieran ser las instituciones donde se experimenta la evolución de la democracia hacia formas post-democráticas y totalitarias o parcelitarias; son por el contrario, los últimos lugares donde estos desvíos son susceptibles de sobrevenir ya que reúnen a gente que todavía tiene convicción en la política y en la democracia, quizás los últimos demócratas.

            Phillippe Riès (citado por Riot, 2008) explica que Europa sufre de un exceso de democracia. Se manifiesta preocupado por los insalubres excesos (dèrives malsaines) de una democracia de opinión en la cual los intereses particulares se imponen sistemáticamente por sobre el interés general y han triunfado el clientelismo y el corporativismo. Denuncia la “impostura democrática” que pone de relieve las deficiencias de la democracia europea. Bruckner (1992) concluye que la tonalidad dominante de nuestra época es la de la melancolía, nacida de la desaparición súbita de todo enemigo declarado. Con el hundimiento del bloque soviético y los progresos de los derechos humanos, la democracia se impuso como modelo único político viable. Este triunfo, en realidad sólo un semi-éxito, no genera euforia, sumerge a los ciudadanos en la apatía y la resignación, ante la falta de alternativas. Entonces, este estado deprimente amenaza la democracia, porque hace declinar la participación ciudadana.

            Se ha producido la idea del Estado dispensador de democracia; y que esta puede funcionar sola, sin demócratas ni militantes de la causa democrática13. O más bien, que todos sus miembros se consideren demócratas, únicamente para hacer valer sus derechos, más no para edificar una comunidad política democrática. Todas estas observaciones, podrían resumirse en una tesis simple: la democracia es amenazada, se vuelve evanescente y se agota cuando es pensada como ya realizada, no como una realidad que hay que fundar, reconstruir, o como una democratización que hay que llevar a cabo. Para el caso es necesario tomar la medida plena del malestar democrático si se quiere en efecto intentar remediarlo.

            Dewitte (2005, p.79-94), subraya que una de las actuales amenazas de mayor peso para las democracias, es paradójicamente su mismo éxito o, el consenso unánime del que son objeto14. En idéntica tesitura, Gauchet se interroga si la democracia sobrevivirá a su victoria; describe sus contradicciones y la califica de triunfante, exclusivista, doctrinaria y autodestructora. Gauchet (2004, p.176) enfatiza que el triunfo de la democracia se acompaña de un "movimiento de deserción cívica" entre los que la abstención electoral y la desconsideración hacia los políticos profesionales son sólo las manifestaciones más evidentes. Mientras que el hundimiento del contra-modelo soviético reforzó los cimientos de la democracia liberal y la idea que el individuo es el "verdadero vector" de la historia (Ibíd., p.180). La ciudadanía reposa fundamentalmente en la idea que queremos darnos un futuro común. El malestar que gana hoy la vida democrática discute la confianza puesta en las instituciones.

            Magalhaes (2005a, p.973-991) estima que tres décadas después de la caída del régimen autoritario portugués, el apoyo a la democracia se ha generalizado entre la población. Señala que se evidencia un aumento del activismo cívico y partidario por parte de los ciudadanos pro-democráticos y políticamente sofisticados, quienes no obstante se hallan cada vez más descontentos con el rendimiento institucional. El síndrome más frecuente y consecuente de Portugal es el descontento democrático, más no la desafección democrática, que implicaría niveles bajos de compromiso y de participación política. Centra su origen en el convencimiento ciudadano acerca de la plena consolidación de la democracia y en la elevación del nivel educativo y de los recursos cognitivos de los electores. El autor observa al descontento positivamente, dado que  provocará en lo inmediato un mejoramiento de la calidad democrática.

            Borón (2003, p.261) sostiene que en la actualidad ha quedado superada la secuencia clásica que la crisis económica conducía inexorablemente al golpe militar. Hoy se advierte un déficit de legitimidad in crescendo que se deriva de la incapacidad de los regímenes democráticos para mejorar las condiciones de existencia de las grandes mayorías nacionales. De tal modo se ha acelerado el proceso de decadencia institucional de la democracia y profundizado la deslegitimación de sus gobiernos. El problema reside en el vaciamiento de contenidos y propósitos, a resultas del cual la democracia latinoamericana quedaría convertida en una mueca monstruosa de sí misma. En nuestro continente se advierte una vida social “cuasihobessiana” producto de la agresión del capitalismo salvaje. En efecto, Borón acusa la visibilidad del aumento de la violencia y la criminalidad, la descomposición social y la anomia, la prepotencia burocrática del Ejecutivo, la capitulación del Congreso, la inanidad de la Justicia, la ineficacia del Estado, el aislamiento de la clase política, la impunidad para los grandes criminales y la “mano dura” para los pequeños delincuentes y last but not least, el resentimiento y la frustración de las masas constituye, el síndrome de la peligrosa decadencia institucional de la democracia (Ibíd., 261).

Ansaldi, por su parte señala que “la corrupción horada la confianza en las instituciones políticas y en la propia democracia”, lo cual se amplifica ante la ausencia de condenas a los culpables (Ansaldi, 2005, p.107). Pero además, para el autor la debilidad y fragilidad de la democracia devienen de la pobreza que ella no ha podido remediar. Suma a ello, el peso de las matrices societales, la persistencia de componentes tales como el raquitismo, cuando no ausencia, de una burguesía genuinamente democrática; la dependencia económica y en ocasiones incluso

política; impotencia de la sociedad civil;  prácticas clientelares y corporativas; legados del Estado burocrático-patrimonial; caudillismo; militarismo; el peso excesivo de la Iglesia Católica; el clericalismo y las características de la cultura política latinoamericana.

            Michel Rocard (1999) hace una síntesis del malestar en la política que compendia lo precedentemente expuesto:

      “Al pretender que nuestros políticos sean santos, pobres y sujetos a la inseguridad laboral, vamos a acabar coincidiendo con el aforismo de Pascal: “quien quiere hacer el ángel hace la bestia”. Lo esencial es que este malestar político es el producto de una inquietud social más amplia y profunda. Cuando nuestras sociedades recuperen el crecimiento, el pleno empleo y la paz social, el político volverá a ser respetado… Hay que volver a encontrar una deontología de lo que se dice sobre el poder, un código de conducta cívica que guíe tanto el comentario como la acción.”

 

4.- Una perspectiva del malestar en América Latina

            En América Latina, desde comienzos de la pasada década del ochenta la democracia se ha erigido en el sistema político hegemónico, a la par que paulatinamente el Estado cedió posiciones en observancia de la moda neoliberal. Mientras tanto, la ciudadanía es llamada a votar periódicamente para elegir autoridades; la apatía y el descontento se traducen en sucesivas elecciones, dado que el pueblo tras casi tres décadas de gobierno democrático y de ausencia de regímenes autoritarios militares, no ha disfruta condiciones de desarrollo y prosperidad, que se suponían automáticamente aparejadas a la instauración plena del régimen constitucional.

            Los sucesivos gobernantes pusieron demasiado énfasis en la necesidad de achicar el Estado y no hubo una preocupación similar por construir y fortalecer las funciones que todo Estado debe llevar a cabo. Tampoco se construyeron instituciones sólidas ni se mejoraron sus calidades porque las élites, se hallan temerosas de perder la cuota de poder que han conseguido. Así, los instrumentos de democracia semidirecta se han ejercitado escasamente y no se posibilita la elegibilidad de parlamentarios por circunscripciones uninominales, sino que por el contrario impera la malhadada “lista sábana” que disimula mediocridades y a personajes vulgares e incompetentes que nunca serían preferidos, si el pueblo pudiera elegir libremente.

            La experiencia mundial, nos indica que la democracia puede mejorar la calidad de vida de los habitantes, en tanto y en cuanto se implementen mecanismos de participación ciudadana; se fortalezcan las instituciones políticas y del Estado; se considere normal el disenso y el control de gestión por la oposición, la sociedad civil y los medios de comunicación y; especialmente se lleve a cabo la revolución acertada que falta: poder elegir representantes de calidad, aptos para resolver conflictos; que no sean monopolio de los partidos; susceptibles de ser removidos anticipadamente; que carezcan de reelecciones indefinidas; y rindan cuentas a la sociedad que les confiere el mandato.   

            Pensamos la democracia no sólo como la posibilidad de elegir gobernantes y ser representados, o como orden constitucional que torna viable relevar los gobiernos sin revolución o derramamiento de sangre (Dahrendorf, 2006, p.20 y Popper, 1982, p.338; 1994, p.277; 1998), o como el conjunto de reglas (primarias o fundamentales) que establecen quien está autorizado a tomar las decisiones colectivas y con qué procedimientos (Bobbio, 1985, p.21); sino en un sentido más amplio –como horizonte permanente- (Paramio, 2004): aquel sistema político y social que brinda seguridad (física, pero también económica y social) y que privilegia la educación, la salud, las oportunidades de trabajo, la libertad de expresión, la diversidad, que apoya sin recelo a la innovación, que respeta las minorías, sus culturas y sus derechos (Dahrendorf, 2006).

            Con Borón (1999), podemos preguntarnos “¿cuánta pobreza y exclusión puede resistir la democracia?”. Como bien sostiene este autor, la democracia como sistema de organización sociopolítica no puede ser escindida de la estructura económica social sobre la que reposa. Difícilmente pueda pensarse que un régimen democrático pueda sostenerse en el medio y largo plazo en una sociedad cada vez más injusta y desigual, donde las brechas no paran de agigantarse. Y si sobrevive en estas condiciones, lo hará de forma cada vez más precaria, vacía, ritualística, empeorando en extensión y calidad. Una democracia con algún contenido exige cierto mínimo de igualdad e inclusividad. La democracia sustancial crece cuando se amplían y expanden los derechos y ello se da generando distintas respuestas que conllevan una protección efectiva de los derechos fundamentales desde una mirada real, humana y plural.

            La fortaleza de la democracia consiste en la garantía de la convivencia de opciones ideológicas, morales y religiosas distintas, sin aceptar la imposición de ninguna en particular. En este sentido, en un régimen de libertades la legitimidad de los valores y de las reglas de la convivencia emana de los principios y procedimientos constitucionales. No hay más legitimidad que la constitucional. En América Latina, en un contexto de debilitamiento del nexo entre sociedad y política, las transiciones democráticas consiguieron concluir, con las dictaduras militares. Pero se produjeron en situaciones caracterizadas por el agotamiento de las ideologías movilizadoras y de los mitos políticos tradicionales (la “revolución” de la izquierda, el “nacional-populismo”, la modernización “neoliberal”).

            En muchos casos, la aplicación de programas económicos de ajuste trajo aparejado un aumento de las desigualdades y de la pobreza, con la consiguiente laceración social. Descendieron las rentas de las clases medias. Todo ello alimentó un proceso de “crisis de la política”. Este fenómeno, que tiene ciertamente un ámbito casi universal, ha adquirido un particular dramatismo en muchas de nuestras sociedades. Se produce en ellas una evolución hacia situaciones de anomia, hacia la metástasis de un desorden sin sentido, en la que la articulación de un conflicto democrático comprensible se hace cada vez más difícil.
            En este terreno, las opiniones públicas manifiestan unas actitudes sólo aparentemente contradictorias: una convicción democrática claramente mayoritaria, por un lado; pero una fuerte crítica a la “democracia realmente existente” y a la "clase política". Y una creciente exigencia de “otra política”. En la medida que esta demanda de una democracia con resultados resulta insatisfecha, resurge el riesgo autoritario.

            La democracia, para ser tal, exige la más extendida y decidida participación de las grandes masas populares en los asuntos públicos; el creciente ausentismo y la expansión del ‘votoblanquismo’ no pueden más que aumentar la preocupación con relación a la calidad y espesor de las democracias realmente existentes en Sudamérica, al poner en duda la propia legitimidad de las mismas. Coincidiendo con Pateman (1992), Bachrach (1973) y McPherson (1978), cabe señalar que la democracia no puede limitarse a un mero procedimiento, no puede concebirse como un simple mecanismo de constitución y organización del poder político. La democracia implica una real y constante intervención de las grandes mayorías en el manejo de la cosa pública, lo que incluye, entre otras cosas y como actividad básica y primigenia, la asistencia consciente a los comicios donde habrán de elegirse representantes (Vitullo, 2002).

            La despolitización observada en algunos países latinoamericanos en los noventa, obedece a una mutación o ruptura entre la política y los ciudadanos, a una alteración en los procesos de socialización política y fundamentalmente a un rechazo de los actores tradicionales, tanto clase política como partidos políticos, por parte de los votantes.  Tenemos así que la descomposición de los representantes y de la política, se produce o va aparejada por el fenómeno de la despolitización, el desencanto y, más radicalmente, rechazo por parte de los ciudadanos, e incluso de tentaciones populistas y apoyo a nuevos líderes (caudillos, jefes populistas, outsiders) (Rivas Leone, 2004).

5.- Taxonomía
            La actitud de distanciamiento entre ciudadanía y política ha encontrado su mejor expresión en el término desafección política; una locución profusamente utilizada en la literatura de fuste pero que arrastra grandes dificultades para definir sus contornos conceptuales. Montero, Gunther y Torcal, sin pretender llevar a cabo un ejercicio de precisión conceptual del término, dan algunas trazas interesantes cuando afirman que:
             “… Si se considera [la desafección política] como una especie de síndrome, sería posible situar sus síntomas en un continuo (...) Entre los síntomas más importantes de esta gradación se encontrarían el desinterés, la ineficacia, la disconformidad, el cinismo, la desconfianza, el distanciamiento, la separación, el alejamiento, la impotencia, la frustración, el rechazo, la hostilidad y la alienación. Se trata por tanto de una familia de conceptos diversos que capta unas orientaciones básicas hacia el sistema político cuyo denominador común radica en “la tendencia hacia la aversión de su componente afectivo” (Montero, Gunther y Torcal, 1998, p. 25).

            Pero aún más importante que esta descripción de las expresiones actitudinales en las que se plasma la desafección democrática, es la conclusión a la que llegan los autores sobre la necesidad de separar conceptual y empíricamente la desafección hacia el sistema político de la insatisfacción y de la legitimidad. Por tanto, el significativo incremento de la desafección entre los públicos de las democracias occidentales no cabe interpretarlo como fruto de un eventual disgusto con los rendimientos políticos o institucionales del sistema ni tampoco de una puesta en cuestión de las bases de la legitimidad democrática.

            Tanto una posición como otra no explican esa sensación creciente de que las instituciones políticas democráticas son incapaces de adaptarse a los profundos procesos de cambio sociopolítico, en los que están inmersas nuestras sociedades y que hacen que los ciudadanos se relacionen con la esfera de lo público, desde coordenadas muy distintas a las de hace unos años. El resultado, por consiguiente, no es descontento más o menos crítico u oposición antidemocrática sino alejamiento y recelo respecto al sistema político, especialmente, respecto de aquellos que se ocupan de la toma de decisiones.

            El malestar en la democracia es visto como una definición subjetiva de la situación relacionada con las expectativas y demandas de los sujetos en su entorno político. Esta tradición ha creado un cierto campo semántico mediante las palabras o locuciones: alienación, anemia democrática, anomia, apatía, antipolítica, aversión, cinismo, crisis de confianza, decadencia, demo-escepticisimo (demo-skeptical o demosceptique), desafección, desapego, desconfianza, descontento, desilusión, desinterés, desprecio por los políticos (politikerforakt), desprestigio de los políticos, distanciamiento, escepticismo, extrañamiento, hastío con los políticos (politikverdrossenheit), hipocondriasis social, incompetencia, impotencia (powerlessness), indiferencia, insatisfacción, negativismo, non-involved citizens, pauperización de la política, pérdida de respeto a los políticos (ustpillspolitikere), política vacía de sentido (meaninglessness), sentimientos negativos (onderbuikgevoelens), etc.

6.- Utilidad del concepto de malestar en las democracias
            El discurso crítico predominante ha adoptado una nueva orientación. Si en los años setenta, la confusión ante los cambios de la sociedad post-industrial alimentaba los presagios catastrofistas sobre el futuro de la democracia, en los años noventa las contradicciones de la sociedad globalizada empujaron hacia el escepticismo Este nuevo sesgo se corresponde mejor con el momento social presente15 y también refleja el fracaso de muchas de las predicciones que se hicieron en otros momentos.

Se sobreestimaron las consecuencias disruptivas sobre el ámbito político de los cambios sociales y económicos acaecidos en las últimas décadas, olvidándose la naturaleza dinámica de la democracia y su capacidad para modificar formas y procedimientos, para conseguir satisfacer las aspiraciones y necesidades de los ciudadanos (Newton 1994). El mejor ejemplo del fracaso de estas previsiones apocalípticas es la evolución en la consideración de los movimientos sociales. En un primer momento, la acción colectiva de tales movimientos fue interpretada como un tipo de comportamiento no racional, carente de objetivos políticos definidos, que respondía mas bien a impulsos de contenido pasional de unos participantes que se sentían descontentos o frustrados, lo cual abonaba la posibilidad de que esta acción colectiva desembocara en episodios violentos y de subversión del orden sociopolítico.

El paso del tiempo y la propia transformación de las perspectivas analíticas utilizadas para estudiar los movimientos sociales han demostrado la inadecuación de aquel primer diagnóstico. Pero, la consolidación de movimientos como el pacifismo, el ecologismo, el feminismo o las minorías sexuales, por solo citar los casos mas notorios, como actores imprescindibles en el sistema democrático, demuestra hasta que punto su presencia ha contribuido a la renovación y revitalización de la vida política en nuestras sociedades contemporáneas (Dalton y Kuechler 1992).

            Terray (2003) afirma que a través de lo que se denomina malestar de la democracia se está cuestionando si la ley es un instrumento de los gobiernos para la igualdad de los hombres. Raynaud (2005) entiende que el actual malestar es sólo uno de los muchos avatares de la insatisfacción inherente a los regímenes representativos y preanuncia una nueva etapa histórica en los regímenes democráticos. Se interroga si es paradójico que el triunfo del liberalismo es la fuente del malestar democrático. Descombes (2006) sostiene que más que una crisis política, es decir, un fracaso para poner fin a un enfrentamiento de voluntades en la arena política, estamos viviendo una crisis de la política en sí, ya que marca el resultado de nuestra incapacidad para dar solución al descontento de los demás desde una voluntad política. Esto significa, una crisis de la identidad colectiva del país.

            Recondo y Rouquié (2008) consideran que desde comienzos del decenio de 1980, una ola de democratización se ha extendido gradualmente a lo largo de América Latina por la que sucumben casi todas las dictaduras o regímenes autoritarios que predominaban abrumadoramente en la región. Esta tendencia positiva sin embargo, no puede ocultar la fragilidad de los factores que continúan afectando, aun muy diferenciadas, a las democracias de América Latina. Tal vez debería considerarse la dificultad de establecer un pleno estado de derecho en condiciones de imponer cualquier sociedad el imperio de la ley, o la persistente debilidad de la representación política que se esfuerza por ser reconocida por los propios actores sociales frágiles.

 

7.- Importancia política del concepto de malestar
            El malestar, la incertidumbre y el debilitamiento de la vocación participativa de las personas pueden tener consecuencias negativas para el Desarrollo Humano. En efecto, el éxito del desarrollo tiene su punto crítico en el grado en que mejora la calidad de vida, las posibilidades de integración y participación social de las personas y no sólo en la expansión del proceso productivo (Mahbub ul Haq, 1995).

            Las profundas transformaciones impulsadas por la actual modernización a escala mundial han dado un nuevo carácter a fenómenos tan antiguos como la inseguridad, el riesgo o la confianza. Esa reflexión muestra la gran complejidad que adquiere hoy la construcción de certezas y seguridades y la no menor dificultad de los esfuerzos por comprenderlas. El cambio en las creencias  y los valores provocan el desapego político (Arizpe, 1989, p.7). El malestar provocado por las paradojas del proceso de modernización concita una creciente atención de quienes hacen la reflexión social. En los hechos, en el último tiempo los síntomas del malestar han comenzado a ser recogidos e interpretados por el análisis social y por los medios de comunicación. Una primera interpretación que ha surgido se refiere a la incertidumbre que resulta de cualquier proceso acelerado de cambio. La sociedad moderna con su cambio vertiginoso dejaría de pronto obsoletas las formas tradicionales en que las personas se perciben a si mismas, a los otros y a la naturaleza. Por su propia velocidad, esa evolución no dejaría tiempo para la cristalización de nuevas formas culturales, que por su naturaleza requerirían plazos muy largos. En medio de esta transformación se encontrarían las personas sin las certidumbres de antaño y carentes de otras nuevas.

            Una segunda interpretación se refiere a la incertidumbre específica que resulta de la creciente complejidad de la vida social. El desarrollo de las oportunidades de la sociedad moderna y de las tecnologías de información, paralelo a la ampliación de las libertades de los individuos para elegir, dejaría a éstos solos frente a la necesidad de optar de entre una oferta de alternativas que sobrepasa su capacidad de comprensión y discriminación.

            Una tercera interpretación se refiere al impacto de la modernización sobre las relaciones sociales y la confianza. La modernización actual se caracterizaría por una creciente individualización y debilitamiento de los lazos sociales. “Los Otros” se tornarían desconocidos y todo acto de confianza seria una apuesta incierta en sus resultados. También tendrá lugar un cambio que modificaría los vínculos tradicionales entre las instituciones sociales y las necesidades individuales y colectivas. Como efecto de ello las personas desconfiarían de la disposición de las instituciones a brindarles apoyo.

            Una cuarta interpretación se refiere al impacto que tiene para las personas la creciente consideración de la vida cotidiana como un cálculo de riesgos y beneficios individuales. En una sociedad donde los proyectos colectivos dejan paso a los proyectos individuales, el futuro está abierto. Él se presenta lleno de oportunidades, pero también de amenazas. Exige de cada uno construir sus propios destinos, cosechar individualmente los frutos, pero pagando también individualmente los costos. Esto aumentaría la sensación de aislamiento y desamparo social.

            Todas esas explicaciones ponen de realce aspectos de la inseguridad e incertidumbre reinantes. Todas ellas destacan adecuadamente el hecho de que el tipo de modernización actual implica un quiebre con formas anteriores de organizar la sociedad,  lo que produciría una fuerte desestabilización de la vida cotidiana. Empero, esas interpretaciones comparten un mismo sesgo; si bien diagnostican el malestar, lo consideran un mero subproducto indeseado del cambio y de la modernización, que sin embargo no amenazaría la solidez misma de la modernización.

            Es menester diferenciar tres facetas que suelen considerarse indistintamente, y por lo tanto confundirse de forma sistemática: la legitimidad democrática, el descontento político y la desafección política. En este trabajo discutimos aquí algunas extendidas suposiciones sobre el apoyo democrático y la satisfacción con el sistema político en cuanto componentes claves de lo que Kaase y Newton (1995) han agrupado bajo el epígrafe de «teorías de la contradicción, la crisis y la catástrofe». Siguiendo estos enfoques teóricos y empíricos, cuestionamos la relación que suele establecerse entre las actitudes fundamentales hacia la democracia (ya sean la legitimidad, el apoyo, la confianza o cualquier otro término análogo) y las evaluaciones específicas sobre la actuación del sistema democrático.
8.- Conclusiones
            En los años recientes encontramos y registramos situaciones muy diversas que dejan en mala posición a la política como proyecto. Como nunca antes, observamos un debilitamiento innegable del tejido institucional, una erosión de los mapas y guías que integran nuestra cultura política y la presencia en toda la década de los noventa de un clima antipartidista que no es más que un proceso más amplio de desinstitucionalización. Un ejemplo de ello lo constituyen en esta etapa países como Perú, Venezuela, y en menor medida, Brasil y México, en los que con mayor o menor fuerza se evidencia una pérdida importante y debilitamiento apreciable del partido político como actor principal del juego democrático, y por tanto, máximo interlocutor entre la sociedad civil y el Estado.

            De manera tal que la década de los noventa representa para algunos países de América Latina la época de desinstitucionalización de los partidos y sistemas de partidos, por un lado, y la institucionalización de la antipolítica a través de nuevos actores y estilos, por otros16 . Cabe precisar que los diversos fenómenos registrados están interrelacionados: como son, la crisis de los actores tradicionales; despolitización; nuevas formas de hacer política; el distanciamiento de la esfera pública y por ende la retirada del ciudadano a la esfera privada por lo menos en lo que a los años noventa respecta (Rivas Leone, 2004).

            Una de las conclusiones de Verba es que en los últimos años la participación electoral en Estados Unidos ha descendido, pero, en cambio, el activismo político en otras formas de participación, como el trabajo en actividades comunitarias ha aumentado (Verba et al. 1995). Empero, este aserto no puede generalizarse al conjunto de las democracias occidentales. Habrá que concluir que: los “datos comparativos sugieren que la pauta general de participación política en muchas democracias establecidas es una pauta de fluctuaciones sin tendencia, de indicadores mezclados, en vez de un evidente declive secular de todas las formas de actividad” (Norris 1999, p.259).

            Pese a la imposibilidad de determinar una pauta evolutiva clara, en lo que coinciden todas las evidencias es que la participación política de los ciudadanos, en términos cuantitativos, es bastante reducida y que, más allá del voto, sólo pequeñas minorías se implican activamente en la vida política institucional. Esta situación bastante consustancial a la vida democrática cobra hoy nueva trascendencia, cuando entre esa mayoría que no parece manifestar mucha predisposición a emplear su tiempo y su esfuerzo en actividades básicas del sistema político representativo se observa una creciente falta de confianza en la capacidad de los líderes políticos y de las propias instituciones para resolver los problemas colectivos y responder eficazmente a sus necesidades.

            No sólo la actividad política institucional interesa o importa poco a la mayoría de los ciudadanos, sino que se considera algo apartado de sus beneficios y demandas. Las causas no hay que buscarlas en una reacción de insatisfacción ante los resultados concretos de determinadas políticas gubernamentales, ni tampoco en el aumento de las posiciones antisistema que impugnan la propia existencia del régimen democrático. En contraste, la explicación es mas profunda y tiene que ver con una actitud mas general y trabajosa de puntualizar en la que se mixturan el distanciamiento cognitivo y afectivo hacia lo que se designa como político, con la desconfianza y el escepticismo.

            Las actitudes y comportamientos en los que se plasma esta creciente desafección democrática dibujan un panorama que podría calificarse de desalentador para el futuro de la democracia en nuestras sociedades. Sin embargo, hay que ser prudentes a la hora de analizar este conjunto de indicadores y no extraer conclusiones asaz catastrofistas que luego no se corroboran con el transcurrir de los años, tal y como viene aconteciendo desde la segunda mitad del siglo XX con los denominados discursos sobre la crisis de la democracia (Newton 1994).

            Últimamente se ha producido la intensificación de un debate, el de la desafección política17, el cual no es nuevo ni es exclusivo de ningún país. La desafección se advierte en el distanciamiento creciente de la ciudadanía respecto de la política. La baja participación electoral, el incremento del voto en blanco o nulo, la escasa identificación con los partidos políticos, la poca confianza en las instituciones públicas y el desprestigio de los políticos profesionales, son algunos de los síntomas del malestar en las democracias.

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                                                                                  Córdoba, octubre de 2008.-

1 Candidato a doctor en Ciencia Política (Centro de Estudios Avanzados-Universidad Nacional de Córdoba), abogado (Universidad Kennedy). El presente trabajo es un extracto de la tesis doctoral: “Malestar, crisis y reformulación en las democracias sudamericanas: Un análisis de casos”.

2 González Casanova (1976) afirma que es necesario atender a la particularidad nacional de las democracias.  No existe ni podrá existir un modelo único de democracia. Cualquier análisis riguroso sobre el tema debe tener como premisa el reconocimiento de la diversidad de formas y de modelos a partir de las peculiaridades nacionales, históricas, económicas, culturales y religiosas. Rosanvallon (2004, p.195) sostiene que no existe un modelo original de democracia, porque ésta es vivida como historia, o bien como experiencia.

3 Cfr. Dahrendorf (2005, p.116) “Una de las condiciones fundamentales para que la democracia funcione es que los ciudadanos no esperen todo de ella.”

4 Consideramos como tal a la elección de Jaime Roldós Aguilera y Osvaldo Hurtado Larrea, respectivamente presidente y vicepresidente constitucionales de Ecuador, quienes asumieron el 10 de agosto de 1979.

5 La apatía y el desinterés que tamiza las relaciones de los ciudadanos con el sistema político y el deterioro del clima de confianza en líderes y partidos constituye, pues, un rasgo fundamental para entender el escenario de baja participación (Pharr y Putnam 2000). Pero esta es sólo una de las caras de la situación actual. En los últimos años, mas allá de que cómo evolucionen las cifras de participación electoral o de militancia en los partidos, se observa en nuestras democracias un creciente dinamismo participativo expresado en una expansión de la implicación de los ciudadanos en formas muchas veces novedosas de acción política (Benedicto, 2004). Por su parte,  Mény (2003, p.1-13) sostiene que la falta de confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas no es nueva. En la “entreguerras” la democracia estuvo cuestionada por los movimientos totalitarios antisistema como el fascismo y el nacional-socialismo (Paxton, 2005).

6 El malestar en la democracia no es un arquetipo latinoamericano, en Europa se materializa a través de dos vías: la abstención y el voto a los partidos de extrema derecha. (Boucq y Maesschalk, 2005; Lorent, 2006) “La escasa participación de los ciudadanos en las diferentes consultas electorales se debe, más que al exceso de confianza, al cansancio de la gente de cierta política, la de una democracia de muy baja intensidad”. La corrupción, la confrontación y el todo vale producen un desencanto general (Caballero, 1997). Dalton y Wattenberg (1993) también señalan como segundo síntoma de la fase de desalineamiento a la participación electoral decreciente. Borón (2005) señala que en la Región el problema no es la democracia, sino el neoliberalismo.

7 Por una parte, la insatisfacción con el funcionamiento institucional puede incrementar la falta de legitimidad, el deterioro de las bases del sistema democrático e impedir la consolidación de los nuevos regímenes; pero, sobre todo, puede quebrar la fe democrática de los ciudadanos que se sienten frustrados. Empero, también cabe la posibilidad de que la frustración se traduzca en el aumento de ciudadanos insatisfechos que no se resignan a bajos rendimientos institucionales y, en consecuencia, defienden activamente la necesidad de reformar instituciones y procedimientos representativos. Este último tipo de ciudadanos son demócratas insatisfechos o lo que en esta investigación se denominan “ciudadanos críticos”. Porque, “criticismo no implica necesariamente falta de implicación [disengagement]. Puede significar lo contrario” (Norris 1999, p.27). Los críticos serían los grandes impulsores de reformas institucionales para mejorar el sistema representativo y, del aumento de las oportunidades de participación de los ciudadanos a través de la utilización de otros canales de expresión de demandas y necesidades, diferentes a los vinculados con los partidos y la política dirigida hacia lo electoral. La insatisfacción política de estos sectores sociales parece ir mas allá de reformas en los procedimientos para dirigirse hacia una democracia mas representativa (Benedicto, 2004).

8 Klingeman (1999, p.33) sostiene el hecho de que las personas ordinarias pueden diferenciar entre los objetos de su apoyo: la comunidad, la conveniencia del régimen y la actuación del régimen real. Madueño (2006:96), estima que  más allá del hecho de las posiciones críticas hacia el régimen o que las autoridades estén funcionando mal, ello no necesariamente significa que las personas opten por prescindir de la forma democrática de gobierno. Porque el descontento con la eficiencia o la ineficiencia del régimen o de las autoridades, no debe confundirse con el apoyo o falta de apoyo al mismo, que eventualmente podría desembocar en la deslegitimación de la democracia.

9 Michel Rocard (1999) sostiene que el proceso de aculturación de las democracias es largo y no exento de recaídas.

10 Para mayor comprensión de los orígenes, caben citarse: Mishler y Rose (2001, p.30-62); Pharr y Putnam: 2000; McAllister, 1999; Miller y Listhaug, 1999; Norris, 1999; Magalhaes, 2005a y 2005b;  Torcal, 2005; Evans y Letki, 2005;  Pérez-Díaz, 2008. Es preciso señalar que la literatura del “desencanto democrático” surge en el primer tercio del siglo XX, en los años que precedieron y acompañaron el ascenso del fascismo (cfr. Vargas-Machuca, 2002, p.87; Paxton, 2005).

11 La frustración aparece cuando las expectativas de los electores no son satisfechas, y cuando dichos electores no ven alternativas razonables a las que acudir en busca de soluciones (González Fuentes, 2006). La conducta frustrada se caracteriza por ser  aleatoria y  puede desarrollarla un actor, cuando la estrategia seleccionada por ofrecer los mejores resultados, en este caso por los partidos políticos, deja de hacerlo a partir de un determinado momento (Eckstein, 1991).

12 Para mayor abundamiento de las consecuencias pueden verse: Norris, 1999; Norris, Walgreve y van Aelst, 2005; Torcal y Montero, 2005; Torcal, 2005; Torcal y Lago, 2005 y Klingemann, 1999.

13 En coincidencia: Dahrendorff, 2000.

14 John Dunn señala que hace falta un gran esfuerzo mental para poder asir que la democracia goce hoy de una ilimitada autoridad para la gente corriente en casi todo el mundo. (Dunn, 1995, p.292).

15 Cfr. Beck (1999, p.225 y ss.) el escepticismo es la característica definitoria del “programa político de la modernidad radicalizada”. Frente a las promesas de seguridad técnica, social y política en las que se basa la modernidad industrial, la modernidad reflexiva en la que vivimos se caracteriza por la inseguridad, la duda, la posibilidad del error y el miedo (Virno, 2003 y 2004).

16 Norbert Lechner señala que en América Latina –como en otras regiones– gana fuerza e incluso el poder gubernamental una suerte de ‘anti-política’ que sin cuestionar abiertamente la democracia, altera profundamente su ejercicio. Tales fenómenos representan para este autor más que una simple ‘desviación’; pues señalizan un proceso más general de redefinición y reestructuración. Asistimos no sólo a cambios políticos, sino a un cambio de la política (Lechner 2002, p.23-42).

17 El término desafección no agrada a todos. Algunos prefieren hablar de “distanciamiento”, porque referirnos a desafección implica culpar a los ciudadanos “ellos son los desafectos”, cuando en realidad quien se ha distanciado de la ciudadanía es la clase política.