Revista de Ciencia PolŪtica
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Revista Nº15 " TEOR√ćA POL√ćTICA E HISTORIA "

RESUMEN

           

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Dos cuestiones y una muestra ilustrativa de la segunda cuesti√≥n estructuran estas notas. El calificativo de notas responde al car√°cter necesariamente introductorio de esta propuesta, cuya hip√≥tesis b√°sica busca demostrar la falacia objetivista de la historiograf√≠a: pretender apresar la ¬ęcosa-en-s√≠¬Ľ (a√ļn de hechos contempor√°neos) violenta la estructura psico-f√≠sica del ente humano, a quien s√≥lo le es dable capturar im√°genes que luego comprender√° hermen√©uticamente. La historiograf√≠a cr√≠tica u objetivista inmersa en la disecci√≥n de la ¬ęcosa-en-s√≠¬Ľ se aleja de su √ļnica v√°lida misi√≥n que es apropiarse de la savia del factum (que desprecia) ¬†para permitir al hombre entenderse como ¬ęser-en-el-mundo¬Ľ ¬ęcon-otro¬Ľ. Nuestra hip√≥tesis reposa en la ¬†necesidad de operar un ¬ęgiro copernicano¬Ľ que retome la tradici√≥n preservada durante 2.500 a√Īos y que remonta a la historia de la plenitud vital, al epos, a encontrarnos con nuestra esencia hist√≥rico-m√≠tica. Podr√° entonces el historiador ayudar a procrear generaciones libres, lo cual impone desprenderse del lastre t√≥xico de la voz ¬ęciencia¬Ľ, marca indeleble de la ¬ęomnipotencia antropol√≥gica¬Ľ con que el siglo XIX envolvi√≥ a las ¬ędisciplinas del esp√≠ritu¬Ľ. Lo hist√≥rico mundano es posible por el pensamiento m√≠tico. En Argentina, el ¬ęmito Kirchner¬Ľ as√≠ lo mostr√≥ colocando en entredicho a toda positividad objetivista.

 

ABSTRACT

 

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Two questions and an illustrative sample about the second question structures these notes. The qualification of notes responds to the introductory nature of this proposal, which seeks to demonstrate the basic assumption of historiography objectivist fallacy: trying to capture the ¬ęthing-in-itself¬Ľ (made ​​even contemporaries) violent the psycho-physical structure of the human body , who is only possible after capture images that comprise, late, hermeneutically. Criticism or objectivist historiography immersed in dissecting the ¬ęthing-in-itself¬Ľ¬† is only valid away from its mission that is appropriate factum sap (which despises) to enable man to see himself as ¬ęExistence-in-the-world¬Ľ ¬ęwith-other¬Ľ. Our hypothesis rests on the necessity to operate a ¬ęCopernican Revolution¬Ľ to resume the tradition preserved for 2,500 years and dating back to the history of the fullness of life, the epos, to meet our historical-mythical essence. The historian, then, could help to breed free generations, imposing detached from the toxic burden of the voice ¬ęscience¬Ľ, indelible mark of the ¬ęanthropological omnipotence¬Ľ that engulfed the nineteenth century the ¬ędisciplines of the Spirit¬Ľ.The it mundane historical is possible because the mythical thought. In Argentina , the ¬ęmyth Kirchner¬Ľ has showed it by putting into question the whole objectivist positivity.

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NOTAS ACERCA DE LA HISTORIOGRAF√ćA CR√ćTICA Y

DEL SINGULAR ENTRAMADO DEL PENSAMIENTO M√ćTICO:

LA GESTACI√ďN DEL ¬ęMITO KIRCHNER¬Ľ

 

Por ¬†RUB√ČN DAR√ćO SALAS

 

 

INTRODUCCI√ďN

 

Estas notas se proponen dar cuenta de la emergencia en Argentina de un ¬ęmito pol√≠tico¬Ľ. Naci√≥ con el fallecimiento, el 27 de octubre de 2010, de quien ejerci√≥ la presidencia de la Rep√ļblica entre los a√Īos 2003 y 2007. Nos referimos a N√©stor Kirchner, cuya figura devino construcci√≥n m√≠tica sin que narraci√≥n historiogr√°fica alguna hubiera siquiera entrevisto el proceso de gestaci√≥n de ese poderoso √©lan vital que hizo eclosi√≥n el d√≠a de su deceso. En el mundo globalizado del discurso hegem√≥nico de la Corporaci√≥n imperial desterritorializada (Hardt y Negri 2002: 12), aquel que ha reemplazado a las tradicionales estructuras pol√≠ticas del llamado Estado-Naci√≥n, la expresi√≥n vital de la ‚Äúmultitud‚ÄĚ (cf. Hardt y Negri 2004: 15-19) se desliz√≥ entre sus hendiduras.

 

Nuestras notas buscan dar cuenta de esa realidad que despert√≥ calladas vivencias dentro del estridente orden virtual de la cultura post-moderna del discurso hegem√≥nico. Vale decir, advertimos que el discurso replegado, de imponerse alg√ļn d√≠a, puede hacerlo recorrido por formas de expresi√≥n donde el pensamiento racional y el m√≠tico se articulen sin conflicto. Mytos y l√≥gos se insin√ļan como din√°mica creadora de aquel discurso que en silencio murmura: ¬ęotro mundo es posible¬Ľ.

           

Notas que pretenden también (a manera de contraste) exhibir la esterilidad del pensamiento historiográfico de nuestro medio, aquel que, desde el ámbito específico de la historiografía argentina y americana, traduce sin ambages ese discurso hegemónico produciendo fatigados y yermos escritos destinados a sus acólitos, a los que mantiene bajo estrecho sometimiento para asegurarse de que sus nombres no sean olvidados.

 

Argentina tuvo un triste protagonismo mundial en el a√Īo 2001, protagonismo que hoy acusan los pueblos occidentales tanto de Europa como de los Estados Unidos de Am√©rica del Norte. La Corporaci√≥n inici√≥ el milenio con el objetivo de implementar ajustes en la estrategia global y se encuentra en plena actividad.

 

En estas notas atendemos espec√≠ficamente a esa expresi√≥n m√≠tica que interpretamos como respuesta vital que hace frente inconscientemente al orden corporativo del mundo globalizado y a sus m√°s conspicuas expresiones locales, cuya voz resuena a trav√©s de los variados medios de comunicaci√≥n. ¬†Nos importa s√≠ dar cuenta del paradigma dentro del cual se produce esta actitud reactiva y colocar un nombre gen√©rico, Corporaci√≥n, al ‚Äúsistema de control‚ÄĚ (Hardt y Negri 2002: 290) que desplaz√≥ al modelo representativo de gobierno que s√≥lo se conserva como ajada m√°scara, de manera absoluta en el llamado ¬ęmundo desarrollado¬Ľ y con signos todav√≠a de ¬ęModernidad¬Ľ en los llamados ¬ępa√≠ses emergentes¬Ľ de Am√©rica. ¬†

           

A la hora de dar cuenta acerca de este hecho tan inesperado como sorprendente, entendimos que se hacía necesario bucear (aunque a poca profundidad en razón de nuestros limitados conocimientos sobre la cuestión) en el vasto océano de la Psicología evolutiva y de la conducta, a los efectos de remitir al momento inicial evolutivo en que se forja el pensamiento mítico. Los párrafos sobre la cuestión, borrosos en más de un trayecto discursivo, deben leerse en clave didáctica.

 

 

I.¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† LA HISTORIOGRAF√ćA CR√ćTICA O LA PATOLOG√ćA HISTORIOGR√ĀFICA

 

Un d√≠a espec√≠fico, 27 de octubre de 2010, en distintos momentos del d√≠a los habitantes de un pa√≠s llamado Argentina vamos tomando conocimiento de la muerte de un presidente de la Rep√ļblica que lo fuera hasta el a√Īo 2007, continuando luego con la impronta que lo signific√≥.

 

Se trata de un dato indudable, est√° ¬ęante los ojos¬Ľ; ese dato en cuanto tal se halla pre√Īado de objetividad, entendiendo vulgarmente la voz objetividad como el acto de capturar la ¬ęrealidad-en-s√≠¬Ľ.

 

Ese objeto se encuentra ¬ęa la mano¬Ľ en un preciso espacio y en un preciso tiempo f√≠sico.

 

Otro dato dice que al día siguiente se celebra un velatorio en el Palacio de gobierno abierto a todos los que deseen acercarse: una nutrida hilera de casi tres kilómetros renovada continuamente durante aproximadamente 26 horas avanza lentamente hacia el punto convocante. Aquí estamos frente a otra cuestión objetiva y, como ésta, se podrían enumerar muchas otras que, a manera de crónica, dicen de algo que puede ser verificado.

 

En época de vértigo comunicacional todos los habitantes del país toman conocimiento del dato. Dato que resulta indiferente a unos y conmocionante a otros.

 

Hasta aqu√≠ unas sucintas referencias, que retomaremos luego en su aut√©ntica dimensi√≥n, s√≥lo v√°lidas para comenzar a desnudar histori√≥grafos responsables de la autofagia de la disciplina; aquellos mismos que pronto fatigar√°n las imprentas con tan brutales como primitivos razonamientos disecando la entra√Īa viva del personaje.

 

Imaginemos a un histori√≥grafo que quiera dar cuenta de lo acaecido. M√°s a√ļn, que entienda que es preciso acercarse al lugar para dar cuenta de la ¬ęrealidad¬Ľ hist√≥rica. √Čl no duda que sin moverse de su c√≥moda estancia podr√≠a hacerlo objetivamente dibujando la situaci√≥n hist√≥rica y pol√≠tica que tal hecho reviste. Sin embargo, pretende capturar la realidad in situ, tal vez para demostrar a los incr√©dulos subjetivistas aquello de que la historia, como ciencia que es y con la misma rigurosidad que el bi√≥logo frente al microscopio, puede retratar lo que est√° acaeciendo. As√≠ las cosas, emprende un corto viaje hacia el lugar y, luego de divisar la hilera de personas que ya se encuentran all√≠, halla un hueco donde depositarse.

 

Mientras avanza en la caminata hacia la Palacio de gobierno anota (para evitar olvidar alg√ļn dato) cuestiones que atienden a los tipos sociales que all√≠ se encuentran, franjas etarias, cantidad estimada de personas asistentes, nivel de pertenencia y de no pertenencia pol√≠tica de los all√≠ presentes, etc..

 

Después de muchas horas de observaciones y anotaciones regresará a su hogar satisfecho por haber cumplido con la misión objetivista.

 

Todo lo que ahora volcar√° no podr√° revestir para √©l otro nombre que el de registro aut√©ntico de los hechos. Importante labor que tiene por finalidad ilustrar rigurosamente sobre un acontecimiento a quienes en el futuro lean su trabajo. All√≠ reside la verdad de los hechos: en t√©rminos de Max Weber su trabajo traduce ¬ęneutralidad valorativa¬Ľ (Weber 1918: 47), pues nada lo conmovi√≥, dado que a la manera de un arque√≥logo s√≥lo dio cuenta de datos.

 

La ¬ęneutralidad valorativa¬Ľ resuelve la pretensi√≥n objetiva de la historiograf√≠a nacida cient√≠fica a mediados del siglo XIX de la entra√Īa del Positivismo, pero, enti√©ndase bien, traducida vulgarmente en nuestro tiempo post-moderno, esto es, alejados los representantes de la inteligentzia historiogr√°fica de cualquier actitud comprensora hermen√©utica. Dicho en otras palabras, hambrientos por reservarle a la disciplina historia un lugar dentro del √°mbito de la ciencia, violentan su aut√©ntico sentido.

 

Pero la simple anécdota con que comenzamos este texto dice también del carácter metafórico de la historiografía, en tanto la significación del objeto se desvía (metáfora significa desvío) hacia otra que opera en la psiquis del historiógrafo como su símil. No obstante, el virtual historiador no advierte que las palabras que luego verterá librescamente en clave de pretendida historia científica no son más que expresión metafórica, esto es, una transposición a una hoja de algo que está aconteciendo y donde sólo le es dable rescatar aspectos parciales, necesariamente subjetivos en muchos trayectos de su texto cuando se adentre en apreciaciones sobre lo acontecido. Vale decir, más allá de cualquier pretensión objetivista, el texto histórico es rigurosamente metafórico.

 

Escogimos intencionalmente un ejemplo de una realidad reciente a los efectos de no dejar lugar a una vulgar hermen√©utica que concluya en afirmar que cuanto m√°s cercano se encuentra el objeto de estudio es dable absolutamente apresar la ¬ęcosa-en-s√≠¬Ľ.

 

Quien esto escribe presenci√≥ dos accidentalidades hist√≥ricas que los humanos habitantes de estas tierras acusaron como significativas: la primera acontecida un 20 de diciembre de 2001 llevaba una consigna esperanzadora (¬ęque se vayan todos¬Ľ) que parec√≠a poner en marcha (desde la Argentina) la utop√≠a salv√≠fica de la humanidad sojuzgada por la ¬ęcultura de la muerte o totalitaria¬Ľ; utop√≠a (entendida aqu√≠ como ¬ęenerg√≠a creadora¬Ľ revolucionaria) (Lasky 1985: 26) sintetizada en la expresi√≥n ¬ęotro mundo es posible¬Ľ. Nueve a√Īos despu√©s, la convocatoria espont√°nea surg√≠a de la necesidad de rendir un homenaje a alguien que se hab√≠a atrevido a retomar, aunque por atajos, el sendero ut√≥pico; alguien que hab√≠an comenzado a darle sentido a un pu√Īado de voces (¬ęelecci√≥n o libertad¬Ľ, ¬ęlibertad frente a sometimiento¬Ľ; ¬ęarrojo frente a astenia¬Ľ). Se trat√≥ de un hecho que, como el primero, aunque desde otra dimensi√≥n, sacudi√≥ el √°nimo de algunos humanos.

 

¬ŅAcaso ese personaje apenas delineado arriba es este narrador que posee grado en Historia? De manera alguna, porque quien estuvo presente en ambas jornadas fue movido por vivencias fuertes y no quiere confundirse con el decir historiogr√°fico de nuestro tiempo; contrariamente no se identifica con la consigna de la pretensi√≥n de objetividad.

 

En la Argentina hasta la d√©cada de los ‚Äô80 del siglo pasado, histori√≥grafos maduros cre√≠an en la historia como expresi√≥n de verdad, pero lo hac√≠an desde la vehemencia de sus ideas y de sus ideolog√≠as. Luego los ya cuarentones que reemplazaron a aquellos lo hicieron con actitud mercantilista. En el lapso de esos treinta a√Īos dieron innumerables volteretas llevados por los vientos de las modas de la hora. Un n√ļmero importante de acad√©micos y profesores universitarios consagrados dan cuenta de ello.

 

Seguramente la historiograf√≠a resultar√≠a efectivamente valorizada si el histori√≥grafo se reconociera s√≥lo como cronista sin otra pretensi√≥n que la de consignar datos ocurridos a lo largo del tiempo. Vale decir, si aceptara que su labor (en tanto persista en su actitud aislacionista respecto del √°mbito m√°s amplio de las ¬ęciencias del esp√≠ritu¬Ľ) no es otra que la de recolector de datos provenientes de fuentes varias, como con humildad lo aceptaron los histori√≥grafos hasta concluir el siglo XVIII.

 

Debe reconocerse que los varios materialismos decimon√≥nicos (Positivismo y Materialismo dial√©ctico) al depositar su ¬ęfe¬Ľ en la historia echaron los cimientos de ¬†la peligrosa y delet√©rea ¬ęomnipotencia antropol√≥gica¬Ľ que reinar√≠a mediado el siglo XX: las fuerzas contrarias (v.gr., Friedrich Nietzsche, Henry Bergson, George Sorel) no consiguieron construir una discursividad alternativa de igual pregnancia, aunque s√≠ alertaron con vehemencia del peligroso avance del monstruo historiogr√°fico, ¬ęestado de alerta¬Ľ posible porque pisaban un paradigma (Modernidad) que a√ļn guardada reservas de energ√≠a cognitiva.

           

Humilde lugar ocup√≥ la disciplina historia hasta el umbral del Romanticismo, sin pretensi√≥n de objetividad cient√≠fica, cuando no hab√≠a abstracto ¬ęhombre¬Ľ sino ¬ęhumano¬Ľ que reconoc√≠a sus limitaciones y pod√≠a decir sin hesitarse (como lo hab√≠a hecho el doctor John Lightfoot, del Colegio St. Catherine, a comienzos del siglo XVII) que ‚Äúcielos y tierra, centro y circunferencia, fueron creados juntos [‚Ķ] y el hombre fue creado por la Trinidad el 23 de octubre del a√Īo 4004 a.C. a las nueve en punto de la ma√Īana‚ÄĚ) (Daniel 1968: ¬†18)

 

Lo descrito era propio de las centurias racionalistas de los siglos XVII y XVIII √°vidas de encontrar alguna clasificaci√≥n para los humanos (al culminar el siglo XVIII se impon√≠a el concepto de ¬ęnaturaleza humana¬Ľ) como se hab√≠a hecho en relaci√≥n con los otros seres vivos. A√ļn ‚Äúbien entrado el siglo XIX los hombres ilustrados volvieron sus ojos hacia la narraci√≥n de la Creaci√≥n que da el G√©nesis, la de la ca√≠da y la del diluvio, para explicar el origen del hombre y de la sociedad.‚ÄĚ (Daniel 1968: 26).

 

¬ŅQu√© obras resultan m√°s imponentes como expresi√≥n de narrativa hist√≥rica? Indudablemente la Il√≠ada y la Odisea. Dioses y hombres pugnan entre s√≠ y despliegan una realidad notablemente articulada. All√≠, en la admirable narrativa se encuentra la grandeza de estas obras que cantan la guerra de helenos y troyanos; he ah√≠ v√≠vida la historia. Nos instruimos igualmente, v. gr., con las ¬ęcr√≥nicas de Indias¬Ľ en las que la cita de autoridad basta para dar por cierto un hecho. Historias bien contadas definen el ¬ęser¬Ľ de la accidentalidad hist√≥rica, pues eso es la historia humana, accidente perdido en el polvo del cosmos. Como anticipamos, hasta los inicios del siglo XIX la historiograf√≠a se defini√≥ en su leg√≠tima dimensi√≥n humana: el saber rom√°ntico al peraltar lo ¬ęvital¬Ľ frente al racionalismo de la Ilustraci√≥n, se esforz√≥ por construirse m√≠ticamente. Esta historiograf√≠a rescataba la dimensi√≥n espec√≠ficamente humana. De igual forma, tanto en las historias de los ¬ęcaballeros de la mesa redonda¬Ľ, en las del ¬ęSanto Grial¬Ľ as√≠ como en las ¬ęcr√≥nicas b√≠blicas¬Ľ, reside la ¬ęesencia¬Ľ de la historia, aquella que vale pues dice que el humano es verdaderamente hist√≥rico en el ¬ęfondo de su ser¬Ľ (Heidegger 2002: ¬ß 72, 337). El hombre es hist√≥rico ontol√≥gicamente y puede prescindir de cualquier historiograf√≠a, mucho m√°s de aquella que en aras de la objetividad le arrebata su aut√©ntica sustancia.

 

El histori√≥grafo de la ¬ęobjetividad¬Ľ o de las certezas indubitables ha llevado a la implosi√≥n de su disciplina. Fruto de la autosuficiencia disciplinar, de las micro-especialidades rampantes, no puede siquiera acercarse a la comprensi√≥n de una realidad por m√°s cercana que √©sta se encuentre.

 

Nuestro ejemplo quiere demostrar la impotencia de una disciplina sometida a los c√°nones que, nacidos en el seno del Positivismo decimon√≥nico, arrib√≥ a la Post-Modernidad acentuando las fracturas que los histori√≥grafos positivistas sorteaban en raz√≥n de su erudici√≥n multidisciplinar en el √°mbito de aquello que Wilhelm Dilthey llamara ¬ęciencias del esp√≠ritu¬Ľ y que otros posteriormente designar√≠an como ¬ęciencias de la cultura¬Ľ.

 

Si el historiador positivista rechazaba expl√≠citamente el ¬ęsentir m√≠tico¬Ľ como impropio del ¬ęprogreso¬Ľ de su centuria, √©ste igualmente se deslizaba en el rico entramado discursivo; as√≠ se observa, v. gr., en obras como las del gestor de la historiograf√≠a cient√≠fica (cr√≠tica) Leopold von Ranke, y tambi√©n en los escritos de Jacob Burckhardt y Jules Michelet. Expurgar la narrativa hist√≥rica de miradas rom√°nticas fue la consigna del historiador positivista, mirada filos√≥fica compartida por el Materialismo hist√≥rico. Sin embargo, hablar de ¬ęprogreso¬Ľ era hacerlo de un mito y, en l√©xico marxista, plantear un futuro ¬ęmundo de iguales¬Ľ, supon√≠a reconstruir un antiguo mito y (adem√°s) concluir en el sue√Īo ut√≥pico de lo inalcanzable (Lasky 1985: 289). Criterio epist√©mico positivista compartido durante un tiempo de su vida por Sigmund Freud, antes del ¬ęgiro copernicano¬Ľ que lo llevar√≠a al adentrarse en el suelo de los mitos que ocuparon un lugar central en la obra del ¬ępadre del Psicoan√°lisis¬Ľ.

 

Cuando la t√©cnica triunfe sobre la ciencia en el siglo XX; cuando el humano ya no consiga reconocerse y se diluya en la voz abstracta ¬ęhombre¬Ľ, entonces el sentir m√≠tico comienza su repliegue. Sin embargo, resistir√° a su expulsi√≥n: aunque el sujeto no logre identificar su regi√≥n m√≠tica, √©sta escorzadamente serpentear√° en la realidad hist√≥rica en la medida en que el ente humano es esencialmente hist√≥rico en el ¬ęfondo de su ser¬Ľ. En virtud de ello, la historiograf√≠a es posi¬≠ble. M√°s a√ļn: ‚ÄúLa falta de historio¬≠graf√≠a no es una prueba en contra de la historicidad del ¬ęser¬Ľ, sino [‚Ķ] prueba de ella‚ÄĚ. Al pueblo griego en su momento de mayor esplendor le es indiferente la historiograf√≠a y esto no significa que fuera ahist√≥rico (Heidegger 2002: ¬ß 6, 27).

 

Un mito naci√≥ en Argentina el 27 de octubre. La fuerza del mito activada por el nivel inconsciente de la estructura psico-biol√≥gica requiere del esfuerzo interpretativo conjunto de quienes entienden que el saber no es mera sumatoria de conocimientos (obra de artilugios inteligentes), sino ¬ędiscernimiento¬Ľ que se interroga; es ¬ęentender¬Ľ y ¬ędemostrar¬Ľ algo aboliendo las fronteras disciplinares.

 

 

II.¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† MET√ĀFORA Y MITO: S√ćNTESIS DE LA AUT√ČNTICA HISTORIOGRAF√ćA

 

El verbo metaforizar ‚Äúsignifica traducir a otro lenguaje‚Äú [1] , desv√≠o del sentido original. Es una figura del lenguaje que consiste en designar una cosa con el nombre de otra que le asemeje, pero fundamentalmente la ‚Äúreferencia metaf√≥rica‚ÄĚ permite ‚Äúre-descubrir una realidad inaccesible a la descripci√≥n directa‚ÄĚ. La met√°fora es una forma de pensamiento que libera fuerzas energ√©ticas que no se podr√≠an decir literalmente (Ricoeur 1995: 152).

 

El ¬ępensamiento m√≠tico¬Ľ es un ejemplo de expresi√≥n metaf√≥rica; cuando emerge es met√°fora viviente.

 

Regresando a nuestro ejemplo, a√ļn presenciando y casi tocando una realidad, el histori√≥grafo objetivista s√≥lo podr√° dar cuenta de desplazamientos de sujetos, de situaciones sociales y econ√≥micas que determinaron la adhesi√≥n multitudinaria a la muerte del presidente, distinguir√° bander√≠as pol√≠ticas, intentar√° dar cuenta material de lo que all√≠ aconteci√≥, pero se le escapar√° el n√ļcleo duro de la cuesti√≥n que llev√≥ a la multitud hacia un determinado lugar ante una determinada circunstancia. Captar√° el ¬ęmundo externo¬Ľ visible pero no le ser√° dable visualizar (¬ęver-a-trav√©s¬Ľ) los ¬ęmundos internos¬Ľ que requerir√≠a de analistas l√ļcidos, con actitud no√©tica, esto es, con una actitud que les imponga un ¬ęver discerniendo¬Ľ.

 

El histori√≥grafo que nos sirve de ¬ęideal-tipo¬Ľ es mero copista de una sumatoria de ¬ęah√≠¬Ľ pero con pretensiones de atesorador del saber. Est√©ril descripci√≥n surgir√° de su fatigada pluma. Lo sustancial de la cuesti√≥n permanecer√° sepultado. El humano es ente hist√≥rico y como tal¬† segrega accidentalidades varias (la historia mundana) recorridas por la savia m√≠tica de su pensamiento: es en esa realidad transida de mitos donde el histori√≥grafo encontrar√° las preciosas vetas de ese pasado que le inquieta. Aproximarse al mundo f√°ctico le obliga a descender hacia la humildad del saber para, desde all√≠, ascender a la comprensi√≥n e interpretaci√≥n de aquello que se le escapa por padecer de ese singular ¬ędaltonismo cognitivo¬Ľ llamado ¬ęobjetividad¬Ľ.

 

No se trata de negar al histori√≥grafo la incumbencia en el abordaje de la materia hist√≥rica, s√≥lo importar√≠a que se esforzara por retornar a aquel camino que durante 2.500 a√Īos defini√≥ a su quehacer: contar historias que √©tica y did√°cticamente (¬ęhistoria pragm√°tica¬Ľ) permitan a los humanos del com√ļn ilustrarse sobre cuestiones diversas de la accidentalidad humana.

 

Desde esa perspectiva podr√° ¬ęver a trav√©s¬Ľ del objeto y no s√≥lo tenerlo ¬ęante los ojos¬Ľ. Lograr√° entonces acercarse a la verdad, que es descubrir, ver aut√©nticamente. En el caso referido podr√° advertir que una multitud ¬ęritualmente¬Ľ se encolumna hacia un punto determinado donde el ¬ęmito f√ļnebre¬Ľ se activa y que este mito a su vez atraviesa religiones que imponen que el cuerpo muerto yazca en un f√©retro, que el f√©retro ser√° depositado en una tumba, porque una creencia ancestral habla de un ¬ęesp√≠ritu¬Ľ que sigue viviendo. Que las personas que all√≠ se acercaron hacen una ofrenda, que quien yace en el f√©retro simboliza el ¬ępoder¬Ľ y que esta voz remite a ¬ępadre¬Ľ; que la incertidumbre de la p√©rdida del ¬ępadre¬Ľ se impone bajo formas diversas. Que la ritualizaci√≥n del mito por parte de una multitud que permanece por largas horas aguardando la hora de ingresar para estar en contacto con el ¬ęluchador¬Ľ, le evoca a su vez lo ef√≠mero de la vida mundana. Esa multitud as√≠ volcada a una calle, y que se dirige a una casa simb√≥lica donde va a despedir a alguien que construye como ¬ęjefe carism√°tico¬Ľ (y ¬ęcarisma¬Ľ dice de ¬ęungido¬Ľ) ve a ese alguien como ¬ęh√©roe¬Ľ (cf. Weber 1987: 78), aunque no ose pronunciar una voz que, aguijoneada por la logofobia post-moderna, se le hace esquiva.

 

Surge la pregunta: ¬Ņtoda la poblaci√≥n guarda id√©ntico sentimiento? Donde unos ven ¬ęluz¬Ľ, los cr√≠ticos ven ¬ęoscuridad¬Ľ, pero todos participan de la ¬ęincertidumbre¬Ľ ‚ÄĒdel ¬ęmito de lo desconocido¬Ľ‚ÄĒ del temor a la muerte (mito del ¬ęmisterio¬Ľ, de lo ¬ęoculto¬Ľ). La cotidianeidad ha sido vulnerada por obra del juego del ¬ędestino¬Ľ, voz emblem√°tica de lo ¬ęmisterioso¬Ľ que no es dable develar.

 

Del conjunto de situaciones en pugna, mediadas por el mito, surge la explicaci√≥n de la naturaleza del ¬ępoder¬Ľ y de sus titulares; queda abierto un horizonte ajeno a la historiograf√≠a objetiva que, por insistir en tal asepsia, se aleja de la cuesti√≥n cuando cree hallarse en el meollo de la misma. Lo aut√©nticamente hist√≥rico, en tanto tal, es desconocido por el historiador de marras empe√Īado en hilvanar datos con pobres argumentos.

 

                                                                        

 

III. ¬†¬†¬†¬†¬†¬† EL ORIGEN M√ćTICO DEL PENSAMIENTO

           

Este ac√°pite pretende acercarse a un interrogante: ¬Ņc√≥mo fue posible que hiciera eclosi√≥n un ¬ęmito¬Ľ en una √©poca signada por el relativismo materialista de la ¬ę√©tica indolora¬Ľ?

           

Es entonces que entendimos necesario esbozar alguna explicaci√≥n (antes de abordar la cuesti√≥n espec√≠fica de estas notas referidas al ¬ęmito Kirchner¬Ľ) acerca de un ¬ępensamiento¬Ľ que siempre est√° presente en el sujeto, m√°s all√° de que a √©l mismo no se le haga conciente: se trata del ¬ępensamiento m√≠tico¬Ľ, aquel que asoma en el origen de la aut√©ntica historia de los pueblos (Henderson 1984: 106) y que luego ‚ÄĒtal el caso del pueblo heleno desde S√≥crates‚ÄĒes marginado por el l√≥gos (pensamiento racional).

 

‚ÄúArquetipos‚ÄĚ o ‚Äúim√°genes primordiales‚ÄĚ (Jung 1984: 65) (v.gr., sufrimiento, temor, hambre, luz, sombra) constituyen una tendencia a formar representaciones de un motivo, representaciones que pueden variar much√≠simo en detalle sin perder su modelo b√°sico. Estos arquetipos forman el ¬†¬ęinconsciente colectivo¬Ľ de la humanidad que, al decir del psiquiatra Carl Gustav Jung, se construyen ps√≠quica y biol√≥gicamente (son innatos y heredados) y flotan en el nivel inconsciente del pensamiento (Jung 1984: 66); formas pre-ontol√≥gicas que hicieron posible en alg√ļn momento de la accidentalidad hist√≥rica (de manera contundente a partir del siglo XVII) la construcci√≥n de la filosof√≠a racionalista o idealista nacida de la mano de Ren√© Descartes.

 

El ¬ęmito Kirchner¬Ľ fue posible porque exist√≠a embozado en el ¬ęyo¬Ľ de los sujetos esa forma primordial que, sin prejuicio alguno, se hace visible en la ni√Īez a espaldas del paradigma en que se gest√≥ ese ni√Īo.

 

El mito se explica desde esa dimensi√≥n primaria que comienza en la pl√°cida vida intrauterina. Formas arquet√≠picas primordiales que se trasmiten a trav√©s de un encadenamiento de generaciones y que el pensamiento occidental, desde la nueva ¬ęera de hierro¬Ľ de Occidente que alcanza su plenitud en la Post-Modernidad, flagela sistem√°ticamente. Estas formas arquet√≠picas (primordiales) reaparecen, adaptadas, en la etapa adolescente y perduran en el adulto, aunque replegadas. En el primer a√Īo de vida biol√≥gica asistimos (dice la Psicolog√≠a de la conducta) a su formaci√≥n. Los arquetipos son ‚Äúim√°genes‚ÄĚ cargadas de ‚Äúemoci√≥n‚ÄĚ, ella le inyecta a la imagen ‚Äúenerg√≠a ps√≠quica‚ÄĚ, la hace din√°mica¬† (Jung 1984: 94).

 

En raz√≥n de la construcci√≥n del ¬ępensamiento m√≠tico¬Ľ rep√°rese atentamente en la siguiente √°rida (como incompleta) descripci√≥n.

 

Antes de gestarse el pensamiento simb√≥lico (el lenguaje) en el ni√Īo (hasta aproximadamente los dos a√Īos) (Piaget 1968: 14) √©ste se expresa m√≠ticamente: en el punto de partida de su evoluci√≥n mental no existe seguramente ninguna diferenciaci√≥n entre el yo y el mundo exterior y las impresiones vividas no distinguen entre lo interior y lo exterior (Piaget 1968: 24). Desde esos inicios opera reflejamente de acuerdo a coordinaciones hereditarias que persiguen la nutrici√≥n. Es en el ¬ęacto de succi√≥n¬Ľ (dice la psicoanalista Melanie Klein al hablar de El psicoan√°lisis de ni√Īos) cuando se apropia activamente de algo que le pertenece; act√ļa frente a una necesidad que, como tal, es un desequilibrio. Trasp√≥ngase en el tiempo la ¬ęnecesidad de nutrirse¬Ľ y nos hallamos con un adolescente frente al imperativo de encontrar un ¬ęalguien¬Ľ que provea ¬ęalgo¬Ľ, hacia cuyo objetivo se dirige (de manera m√°s decidida como adulto joven) reconociendo que ese ¬ęalgo¬Ľ a alcanzar supone actuar decididamente.

 

En suma, el acto reflejo (reflejo, reflexi√≥n remiten a espejo) es activo y desempe√Īar√° ‚Äúun papel en el desarrollo ps√≠quico ulterior‚ÄĚ (Piaget 1968: 20). A partir de los dos a√Īos y hasta los siete va descubriendo hechos superiores a √©l a los que se subordina: antes de la aparici√≥n del lenguaje observaba en sus padres entes grandes fuente de actividades imprevistas y misteriosas; ahora bien, con la aparici√≥n del lenguaje descubre el pensamiento de esos entes envueltos en una aureola de seducci√≥n y de prestigio. Se trata de un ¬ęyo ideal¬Ľ del que emanan √≥rdenes y consignas que se le imponen. Una esfera de lo misterioso y de lo fuerte establecen n√ļcleos de obediencia desarroll√°ndose ‚Äúuna sumisi√≥n inconsciente, intelectual y afectiva‚ÄĚ, debida a la ‚Äúpresi√≥n espiritual ejercida por el adulto‚ÄĚ (Piaget 1968: 35). Comienzan a construirse los arquetipos primordiales que se convertir√°n en los referentes que marcar√°n de manera inconsciente el mundo afectivo, ps√≠quico y social de sus conductas futuras.

 

Al llegar a los siete a√Īos ya se encuentran asentadas las bases de todas las conductas adultas ulteriores. La primera socializaci√≥n influye, no como determinismo absoluto, pero s√≠ como fuerte condicionamiento, en la mirada hacia el ¬ęmundo¬Ľ, que es a la vez ¬ęimagen ideal y situaci√≥n en la que nos movemos con otros¬Ľ (cf. Ricoeur 2001: 106-107). Si en el ¬ęmundo construido¬Ľ por el ni√Īo dominan los arquetipos vinculados al gozo, seguridad, libertad, si el juego simb√≥lico ha sido lo suficientemente rico y la socializaci√≥n se plantea como libre dial√©ctica entre las partes donde los ¬ępor qu√©s¬Ľ reciben una respuesta vivida satisfactoriamente, las bases est√°n dadas para construir la adultez que dice de ¬ęhacer frente¬Ľ en libertad como ¬ęser-en-el-mundo¬Ľ ¬ęcon-otro¬Ľ (Heidegger 2002: ¬ß 26 113-114). Pero a√ļn si las vivencias del ni√Īo no hubieran encontrado ese √°mbito ideal en el proceso de crianza y educaci√≥n, toda la estructura org√°nica guarda espacio para albergar lo donante. La palabra que en alguna instancia proviene del otro es reparadora, no obstante advenga en el per√≠odo del desarrollo conflictivo del proceso adolescente, o a√ļn cuando ha sido superada la turbulencia propia de la madurez biol√≥gica. Las tres √°reas de la conducta (mente, cuerpo, mundo externo) (cf. Bleger 1969: 30-37), siempre en constante interacci√≥n, no son impermeables a nuevas experiencias, de all√≠ que ‚Äúla actitud del mundo externo sea decisiva para facilitar u obstaculizar el crecimiento‚ÄĚ (Aberastury 1971: 26).

 

Aqu√≠ reside la aut√©ntica y significativa historia del ente humano que nada dice de la impostaci√≥n historiogr√°fica que siempre resulta remedo imperfecto e intelectualizado de una realidad cuyas coordenadas se le ocultan al histori√≥grafo, de manera rotunda si se atribuye la pretensi√≥n de constituirse en portador de ¬ęverdades¬Ľ. Su accionar expresa aquello que los psic√≥logos definen como ¬ęconducta omnipotente¬Ľ.

 

Esta mirada historiogr√°fica objetivista de nuestro tiempo s√≥lo persigue escudri√Īar el archivo y lee la masa documentaria como documento y nunca¬† como texto. El ¬ęver discerniendo¬Ľ en donde al ser ¬ęle va este mismo¬Ľ se alza en enigma para el sentir y pensar genuinamente post-moderno. Se impone bloquear a su mirada todo aquello que indique socializaci√≥n (proceso por el cual los sujetos adquieren y se identifican con el sistema de normas y pautas de su sociedad). Congelada su visi√≥n en aquello ¬ęante los ojos¬Ľ y reacio al ¬ęver a trav√©s¬Ľ se le oculta, por ejemplo, que mediando escasa socializaci√≥n una determinada comunidad en cualquier tiempo y lugar encontrar√≠a bloqueado b√°sicamente el sentir er√≥geno (pulsi√≥n de vida) a favor del tan√°tico (pulsi√≥n de muerte); se le oculta tambi√©n el decir del mito. Si, v. gr., aborda el Medioevo, ignora la dimensi√≥n socializadora, porque para ello se har√≠a necesario (al decir de un medievalista inscripto en el positivismo decimon√≥nico) ‚Äúpenetrar con la imaginaci√≥n en toda esta susceptibilidad del esp√≠ritu‚ÄĚ (Huizinga 1930:18). ¬†

 

La vivencia erógena aguarda embozada dentro del paradigma tanático post-moderno pues eros y tánatos definen la historia humana; a veces la pulsión de vida se oculta en un remoto fondo del alma o, si se quiere, en la primera de las áreas de la conducta psíquica: el área de la mente.

 

S√≠ importa notar que decir ¬ęhistoria humana¬Ľ remite a la ontolog√≠a del ente humano y no a la impropiedad recogida por historiograf√≠a objetivista alguna que, si de Medioevo hablamos, traduce en clave racional aquello que requiere de una hermen√©utica m√≠tica y simb√≥lica [2] .

 

La cultura totalitaria (Sartori 1990: I, 47-51) que se asienta r√°pidamente desde la tercera d√©cada del siglo pasado para reinar luego de 1970 de mano de la publicidad y de los distintos resortes de control audiovisual, es expresi√≥n aut√©nticamente tan√°tica que requiere del sometimiento ps√≠quico de grandes ¬ęmasas de individuos¬Ľ; voz ¬ęmasa¬Ľ que no dice de sentido de pertenencia a una espec√≠fica ¬ęclase social¬Ľ, sino que refiere a individuos manipulados cognitivamente: la ¬ęinteligentzia¬Ľ es un ejemplo de ¬ęmasa¬Ľ en tanto cree conocerlo todo cuando desconoce los aut√©nticos mecanismos del comprender. Hablamos de individuo porque dentro de la cultura totalitaria, quien se entrega pasivamente al vaho sulfuroso de los medios de comunicaci√≥n, no logra constituirse en ente reflexivo (persona), sino que es simple individuo (objeto no divisible) en tanto desactivado cognitivamente.

 

Ese sentir er√≥geno puede despertar en circunstancias inesperadas de diferentes maneras dependiendo del car√°cter seguido por el proceso de socializaci√≥n, b√°sicamente a partir de la infancia. Con esto queremos decir que, si bien todo sujeto respira y habla con el pensar de su tiempo, niveles afectivos arquet√≠picos pueden influir en el primer a√Īo de vida de manera de forjar una figura de identificaci√≥n positiva que se pueda traducir en la posibilidad de sentir por afuera del c√≠rculo violento de su paradigma. La psiquis no necesariamente se quiebra en el marco de una cultura totalitaria. En ella siempre existen ¬ęnichos¬Ľ que resisten las discursividades violentas. Si en el transcurso de su ni√Īez y de su adolescencia el sujeto logra preservar la integridad de su psiquis, podr√° a√ļn con una instrucci√≥n elemental ¬ęhacer frente¬Ľ (¬ęencontr√°ndose¬Ľ) al ¬ęmundo¬Ľ del cual es inseparable. Podr√° advertir, aunque borrosamente, esa imagen primitiva de su ni√Īez depositada en alguien que sospecha rescata algo de lo gozosamente vivido; alguien que intuye como restaurador de posibilidades.

 

Si ha conseguido ¬ęencontrarse¬Ľ en su ¬ęnombre¬Ľ reconoci√©ndose como ente al que ‚Äúle va su ser en este mismo [3] ‚ÄĚ (Heidegger 2002: ¬ß 9, 48), su ser emotivo (que es el ¬ęencontrarse¬Ľ) (Heidegger 2002: ¬ß 29, 130) le activar√° el caudal m√≠tico y simb√≥lico que atesora desde sus primeros a√Īos de vida. Sirva, a manera de ejemplo, el ¬ę¬Ņpor qu√©?¬Ľ que define la conducta de los ni√Īos de tres o cuatro a√Īos y que es continuado en el tiempo cronol√≥gico de su existir y, fundamentalmente, en el tiempo √≠ntimo de sus vivencias, convirti√©ndose tal ¬ę¬Ņpor qu√©?¬Ľ, en el momento evolutivo correspondiente, en causalidad l√≥gico argumentativa. Ante el arribo durante la adolescencia (expresi√≥n de la cultura occidental) del estadio l√≥gico formal (logicidad, vale aclarar, que s√≥lo advendr√° mediante un aut√©ntico proceso de socializaci√≥n), el mundo del ¬ęmito¬Ľ, intenso en ¬†los primeros a√Īos de vida del ni√Īo o estadio sensorio-motriz, se preserva (ontog√©nesis) (Bleger 1969: 132) descendiendo al nivel inconciente de la psiquis.

 

Vale decir, la continuaci√≥n natural del proceso socializador en la instancia l√≥gico formal ser√° efectivamente formadora en tanto no violente la estructura de personalidad b√°sica del sujeto que impone dejar abierto el camino hacia el ¬ępensamiento m√≠tico¬Ľ originario. √Čste ser√° el que le rescate como ¬ęproyecto [4] ¬Ľ y se activar√° vivencialmente en instancias decisivas, as√≠ como tambi√©n le permitir√° desarrollar la actividad creadora que, por esencia, distingue al humano. La vitalidad m√≠tica de la ni√Īez se desplazar√° √≠ntegra en el transcurso del existir a otras realidades con la fuerza originaria. En suma, aunque la fuerza m√≠tica ocupe un peque√Īo lugar dentro del mundo rob√≥tico, bastar√° para proteger al sujeto de la fragmentaci√≥n de su psiquis. Tambi√©n el mundo simb√≥lico, v. gr., de los cuentos, del animismo, vividos en plenitud surgir√° con el mismo √≠mpetu en su adolescencia, y todo ello le significa al sujeto ¬ęabrirse¬Ľ ¬ęcuid√°ndose¬Ľ en su continuo peregrinaje por el mundo del que √©l es parte desde el fondo de su ser [5] .

 

El ¬ępoder pol√≠tico¬Ľ (potestas) expresado en el ¬ęmito de la realeza¬Ľ (Garc√≠a Pelayo 1981: 18) dice mucho acerca de la vida de los ¬ęmitos¬Ľ y de los ¬ęs√≠mbolos¬Ľ. Baste recordar el ritual de coronaci√≥n de los reyes; ritual al que el gobierno brit√°nico, en oportunidad de la coronaci√≥n de la reina Isabel II (1953), otorg√≥ singular solemnidad, entendiendo que contribuir√≠a a compensar afectivamente el efecto destructor de la Segunda Guerra. La Realeza es expresi√≥n genuinamente m√≠tica (Weber 1987:¬† 81-82) y, adem√°s, ¬†s√≠mbolo de ¬ęcontinuidad¬Ľ.

 

El cortejo f√ļnebre al que referimos en el comienzo de este trabajo remite a ese mundo ¬ęm√≠tico¬Ľ vinculado al poder pol√≠tico. Sujetos de entre 18 y 40 a√Īos representaban un rito, √ļnica forma en que se actualizan los mitos (Caillois 1988: 30). La forma ritual pretend√≠a ¬ęcuidar¬Ľ una situaci√≥n que parec√≠a entrar en zona de turbulencia. Ahuyentar la fuerza de la imagen arquet√≠pica del ¬ęmiedo¬Ľ requiere en simetr√≠a cuidar lo que se teme que sucumba.

 

 

IV. ¬†¬†¬†¬†¬† EL ¬ęMITO KIRCHNER¬Ľ

 

1.¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Ya desde del segundo apartado de estas notas anticipamos sobre la cuesti√≥n del mito o del pensamiento m√≠tico, cuesti√≥n sobre la que volveremos. Importa s√≠, dado que presentamos un mito contempor√°neo, acudir a alg√ļn concepto.

 

Mytos es una palabra griega que ‚Äúen el antiguo uso ling√ľ√≠stico hom√©rico no quiere decir otra cosa que ¬ędiscurso¬Ľ, ¬ęproclamaci√≥n¬Ľ, ¬ęnotificaci√≥n¬Ľ, ¬ędar a conocer una noticia¬Ľ‚ÄĚ (Gadamer 1997: 25). Es ‚Äútodo sistema de valores situados fuera del saber exacto.‚ÄĚ Es ‚Äúuna forma esencial de orientaci√≥n, una forma de pensamiento, m√°s a√ļn una forma de vida‚ÄĚ.

 

‚ÄúEl mito es una asociaci√≥n de im√°genes [‚Ķ] no es individual, sino colectivo y social. Toda una comunidad se expresa en √©l, y en √©l encuentra sus aspiraciones y ansiedades, sus temores y esperanzas‚ÄĚ. Se trata de ‚Äútendencias inconscientes b√°sicas [‚Ķ] cuyo mecanismo es entonces el de la proyecci√≥n, o si se quiere el de la condensaci√≥n‚ÄĚ (Castagno 1980: 28, 30-32).

 

Su función es mantener y conservar una cultura contra la desintegración y destrucción. Sirve para sostener a los hombres frente a la derrota, la frustración, la decepción. Los momentos críticos de la vida social abren la puerta al mito (García Pelayo 1981: 19).

           

Como apuntamos arriba, el mito se realiza mediante el rito: ‚ÄúAl margen del rito, el mito pierde, si no su raz√≥n de ser, cuando menos lo mejor de su poder de exaltaci√≥n: su capacidad de ser vivido‚ÄĚ (Caillois 1988: 30). Contrariamente al mito, el s√≠mbolo es la ‚Äúrepresentaci√≥n sensible de una idea‚ÄĚ; los s√≠mbolos ‚Äúsugieren antes que expresan‚ÄĚ (Castagno 1980: 2, 4).

 

2.¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Juventud dice de fuerza, de irreverencia, de frontalidad. Se muestra reacia ante ¬ęlo adulto¬Ľ por sentirlo apocado, ast√©nico, derrotado. Para reconocer a ¬ęalguien¬Ľ como valor o figura de identificaci√≥n positiva le exigir√° alg√ļn compromiso. Seg√ļn la clase social y el grado de instrucci√≥n de cada sujeto los caracteres mencionados revestir√°n matices varios, pero en todos los sujetos se hallar√°n importantes similitudes. Si el finalizar biol√≥gico de un adulto con el poder de gobernar un pa√≠s conmociona, es porque se han cumplido gran parte de los pasos enumerados en el proceso evolutivo descrito. El caer en el ¬ęfrente de lucha¬Ľ convierte definitivamente al sujeto de referencia en h√©roe o, tal vez, para traducir psicol√≥gicamente el pensar de estos tiempos, en inconfundible luchador (Henderson 1984: 109). El ‚Äúh√©roe‚ÄĚ (el ¬ęluchador¬Ľ) es la proyecci√≥n (en t√©rminos psicol√≥gicos) del propio individuo: ‚Äúimagen ideal de compensaci√≥n que ti√Īe de grandeza su alma humillada‚ÄĚ. El sujeto presa de conflictos psicol√≥gicos m√ļltiples ‚Äúde los que la mayor√≠a de las veces √©l es inconsciente, dado que en general son producto de la propia naturaleza social [‚Ķ] est√° en la imposibilidad de salir de esos conflictos, pues s√≥lo podr√≠a hacerlo mediante alg√ļn acto condenado por la sociedad y, por consiguiente, por s√≠ mismo, pues su conciencia est√° fuertemente marcada y, en cierto modo, es garante de las condiciones sociales‚ÄĚ. Paralizado ante el acto tab√ļ conf√≠a su ejecuci√≥n al h√©roe.

 

En suma, ‚Äúla noci√≥n de h√©roe [de luchador] en el fondo est√° impl√≠cita en la existencia misma de las situaciones m√≠ticas. Por definici√≥n, el h√©roe es aquel que encuentra a √©sta una soluci√≥n, una salida feliz o desdichada‚ÄĚ (Gadamer 1997: 27-28).

 

El h√©roe es el que resuelve el conflicto en que se debate el individuo, ¬ęel que viola las prohibiciones que el mito siempre justifica¬Ľ. (Gadamer 1997: 28-29). El h√©roe es el que tiende el puente que conduce a lugar seguro; es el que tiende la mano al abandonado.

 

El modelo del h√©roe tiene significado psicol√≥gico ‚Äútanto para el individuo que se dedica a descubrir y afirmar su personalidad, como para toda sociedad, que tiene una necesidad an√°loga de establecer la identidad colectiva‚ÄĚ (Henderson 1984: 109-110)‚ÄĚ.

 

Extender la mano hacia un alguien (presidente) que transita por la calle y depositar ¬†en sus manos (como era costumbre) una nota que encierra un pedido, dice de un acto de fe hacia el depositario. Este acto de solicitud es pensado hacia alguien que conmueve al solicitante. Intentar explicar el fen√≥meno ps√≠quico que produce ese movimiento que aparece (que se ve) como espont√°neo es el acto final de un proceso cognitivo complejo que determina tal acci√≥n. Pero hay una voz que captura el significado de la acci√≥n: ¬ęesperanza¬Ľ, voz que encierra un complejo de haces de significaci√≥n cargados de sacralidad. El ¬ęabrirse¬Ľ hacia alguien de manera tan espont√°nea como incondicional supone necesariamente el accionar del mundo m√≠tico que todos los humanos guardan en distinto grado, a√ļn en estos tiempos de incredulidad y violencia cognitiva.

 

‚Äú [‚Ķ] porque un pa√≠s que castiga a los asesinos, a los corruptos, a los ladrones es un pa√≠s que tiene futuro, es un pa√≠s que recupera la esperanza, la dignidad, que recupera los valores √©ticos, que son fundamentales para construir una nueva sociedad [‚Ķ]‚ÄĚ (Kirchner 2005)


¬†‚Äú[‚Ķ] con argentinos excluidos, con argentinos indigentes, con una desocupaci√≥n que superaba el 20 por ciento y con algo que era peor, nos hab√≠amos resignado, hab√≠amos perdido la autoestima [‚Ķ]‚ÄĚ
(Kirchner  2005).

 

El ejemplo dice de un hombre revestido de cualidades excepcionales para cuya explicaci√≥n el an√°lisis argumentativo carece de respuestas ¬†y que se define desde la perspectiva del ¬ęcarisma¬Ľ o, al decir de Max Weber, detenta naturalmente un ¬ępoder carism√°tico¬Ľ (Weber¬† 1987: 78-81, posee ese algo denominado por los latinos auctoritas (autoridad moral).

 

Carisma (que dice literalmente de unci√≥n sacral) remite a ¬ęmisterio¬Ľ, a ¬ęfuerza tremenda¬Ľ, que el otro intuye de varias formas, ya naturalmente, ya intelectualmente. Dice de quien es confiable y lo dice as√≠ porque provoca un acto aparentemente espont√°neo de acercamiento que, en realidad, debe leerse como acto en donde se activan fantas√≠as reprimidas desde la ni√Īez vinculadas a la protecci√≥n paterna y que el tiempo ha adormecido pero no sepultado. Esas fantas√≠as de la ¬ęroca en forma de tejado que protege con amor¬Ľ (seg√ļn el Proverbio de Isa√≠as) aguardan ocultas el momento de hacerse o√≠r. Pueden permanecer as√≠ a lo largo de toda la existencia, pero pueden tambi√©n encontrar un momento de concreci√≥n: es el momento en que bullen y hacen erupci√≥n.

 

N√©stor Kirchner surge como el sujeto cuya conducta impregna los ojos de ese ¬ęotro¬Ľ esperanzado en la era de la humillaci√≥n y del sometimiento.

 

Priorizamos la respuesta del joven, porque es futuro y horizonte; ¬ęproyecto¬Ľ. La ¬ęcultura totalitaria¬Ľ persiste en envolverlo en el ¬ęconformismo¬Ľ, le requiere ¬ęadicto¬Ľ a im√°genes y realidades virtuales escabull√©ndole la vida y los ideales, precisamente a quien psico-f√≠sicamente es energ√≠a por definici√≥n. El pan√≥ptico corporativo vigila las veinticuatro horas del d√≠a con la consigna de desalentar y sembrar de ruina y horror toda construcci√≥n de mundo. Frente a las figuras de identificaci√≥n positiva le impone manifestaciones varias de violencia. De manera conciente o no el joven busca orientaci√≥n y gu√≠a: en Argentina, las corporaciones a trav√©s de la ¬ętelepantalla¬Ľ orwelliana, con h√°biles estrategias intentaron ocultar y silenciar una voz que anunciaba consignas b√°sicas que podr√≠an sintetizarse como sigue: ¬ęlucha por tu libertad¬Ľ, ¬ęno dejes que oscurezcan tu horizonte¬Ľ; ¬ęrecuerda que, cuando debas hacer frente, fuerzas oscuras siempre estar√°n al acecho¬Ľ; ¬ęrecuerda que eres persona y no ente inanimado¬Ľ. ¬ęEres ente pensante, recu√©rdalo¬Ľ.

 

‚Äú[‚Ķ] les pido que tengamos muy buena memoria, porque la lucha cotidiana contra los intereses es muy dif√≠cil y los intereses se pueden agazapar, pero quieren volver a retomar la iniciativa‚ÄĚ (Kirchner¬† 2006).

 Ese mensaje recorría la didáctica oratoria de Néstor Kirchner; conformaba la matriz de una discursividad que se asentaba en ciertos ejes invariables construidos dentro de la figura retórica de la repetición que opera como reforzador  argumentativo.

Su lenguaje gestual y la palabra encendida que ¬ęnombra¬Ľ al objeto que acecha, siempre repetido y siempre matizado (el ¬ęnombre¬Ľ desnuda al nombrado), dice a su vez de la sustancia nutricia de la infancia y advierte sobre aquellos que se la apropian, que es apropiarse de su existencia.

Ese hombre captura lo que el joven silenciosamente aguarda. En el extremo, el anciano advierte que alguien ¬ęve¬Ľ y reconoce su ¬ęestado de abandonado¬Ľ, que es abandono del ser, desprecio por la ra√≠z misma del valor sacral humano. A su vez, muchos adultos j√≥venes escuchan palabras extra√Īas para el vocabulario de estos tiempos: ¬ęla dignidad no es una cuesti√≥n de negocios¬Ľ (‚ÄúNo se negocia la justicia social ni la dignidad‚ÄĚ [6] ). Gestos y palabras que evocan el estado de ‚Äúmoratoria social‚ÄĚ (Aberastury 1971: 27) en que el orden pol√≠tico hab√≠a sometido al humano m√°s desprotegido. El joven se reencuentra a trav√©s de la figura salv√≠fica con ese ¬ęyo ideal¬Ľ paterno que le incita afectivamente (jug√°ndose) ¬†a hacer lo propio, a actuar de un modo combativo (donde le va su ser) ¬ęen-el-mundo-con-otro¬Ľ.

‚Äú[‚Ķ] me juego por mi pueblo, me juego por la Patria, me juego por una Argentina para todos y con todos [‚Ķ]‚ÄĚ (Kirchner 2006).

‚Äú[‚Ķ] Tenemos que recuperar esa vocaci√≥n de cambio, esa vocaci√≥n transgresora que tuvo durante much√≠simo tiempo la sociedad argentina [‚Ķ]‚ÄĚ(Kirchner¬† 2006).

“[…] decirle a los jóvenes argentinos […] militen donde militen tienen la posibilidad de hacer el cambio en paz y en democracia que nosotros como generación no tuvimos, por eso participen, por eso opinen, por eso sean transgresores, por eso ganen las calles, por eso recorran todas las universidades, los talleres, los trabajos, esa juventud debe ser el punto de inflexión de la construcción del nuevo tiempo […] (Kirchner  2005).

 

‚Äú[...] mis convicciones [‚Ķ] las voy a llevar hasta el final, vine a luchar por una Patria justa, vine a luchar por la dignidad, por la inclusi√≥n social, por que se consolide el nuevo modelo, por el nuevo tiempo por la nueva historia‚ÄĚ (Kirchner ¬†2005).

 

‚Äú[‚Ķ] se fortalece la esperanza de cambio, se fortalece la posibilidad de estar en un punto de inflexi√≥n para construir un nuevo pa√≠s, el pa√≠s que nos contenga a todos [‚Ķ]‚ÄĚ (Kirchner¬† 2008).

 

‚Äú[‚Ķ] Solidaridad, convivencia son elementos fundamentales para construir un Pa√≠s que lo so√Īamos [‚Ķ]‚ÄĚ (Kirchner¬† 2008).

 

‚ÄĚ[‚Ķ] Fuerza dignidad, alegr√≠a, convivencia [‚Ķ] adelante con Uds. no somos de los que dicen an√≠mese y vayan, vamos adelante como corresponde‚ÄĚ (Kirchner¬† 2008).

 

‚Äú[‚Ķ] Quiero llegar a la Argentina donde los padres y las madres vuelvan a sonre√≠r porque el hijo est√° mejor [‚Ķ]¬† porque el hijo tiene dignidad, porque el hijo tiene futuro, esa es la Patria con la que sue√Īo [‚Ķ]‚ÄĚ (Kirchner ¬†2005).

 

Como toda muestra, las aquí escogidas exigen ser explicadas dentro del contexto dentro

del cual circulan. Decir algo es hacer algo (Austin 1971: 48, 53,138) y, como quiere la teor√≠a de los ¬ęactos del habla¬Ľ, hacer algo remite a la expresi√≥n realizativa (performative uterances) del lenguaje. En la muestra ese acto realizativo que afecta al receptor del discurso lo hace de manera eminente y, se traduce en el ‚Äúacto perlocucionario, que consiste en lograr ciertos efectos por el hecho de decir algo‚ÄĚ. Actos donde decimos algo como ‚Äúconvencer, persuadir, disuadir‚ÄĚ (Austin 197: 153, 166).

 

El reverso de la moneda salv√≠fica muestra el contoneo de los activadores de la telepantalla que, agitando las consignas de los ¬ęgrupos de poder¬Ľ que representan, entienden acercarse al objetivo final por ellos anhelado; final que, para el nativo argentino, supon√≠a regresar a las calamidades que, gestadas al mediar los a√Īos ‚Äô80 y desatadas con furia impiadosa a partir del a√Īo 2001, hab√≠an devorado casi dos generaciones. Muchos integrantes de un variado espectro de profesionales de la pol√≠tica (que no excluye expresiones del mismo partido gobernante) enemigos de la puesta en marcha (por parte del matrimonio Kirchner) de un ideario que priorizaba las cuestiones de car√°cter social y pol√≠tico sobre las de contundente sesgo econ√≥mico, y a quienes visualizan con la firme convicci√≥n de avanzar con su ¬ęmodelo de pa√≠s¬Ľ, aguardan el ocaso de esa energeia renacida con la esperanza de retomar el camino de ortodoxo disciplinamiento dentro del orden globalizado.

 

Perm√≠tasenos un desv√≠o a√ļn a expensas de interrumpir el ritmo del texto.

 

La accidentalidad hist√≥rica enfrent√≥ a la Argentina con una aguda crisis que tuvo su punto m√°s √°lgido en el mes de diciembre del a√Īo 2001. El colapso social era el final anunciado de la ¬ęfelicidad subjetiva¬Ľ que le hab√≠a proporcionado la ¬ęera del consumo¬Ľ de la d√©cada de los a√Īos ‚Äė90.

 

El paisaje urbano argentino semejaba al de un campo arrasado: en pocas palabras, la crisis europea de nuestro tiempo reproduce (aunque sólo débilmente) aquello que aconteció en nuestras tierras. El país quedó a la deriva política conducido por administraciones obedientes de los mandatos de las gerencias más aquilatadas del orden corporativo imperial (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial), hasta que finalmente en 2003 resultó electo un ignoto sujeto proveniente del extremo sur del país llamado Néstor Kirchner.

 

Este alguien de perfil heterodoxo comenz√≥ a agitar la modorra cotidiana actuando con decisiones enderezadas a rescatar del estado de desamparo y desasosiego a aquellos que, en distinto grado, conformaban m√°s de la mitad de la poblaci√≥n. Se descubr√≠a un alguien sobre quien proyectar la incertidumbre, en la certeza de que ese alguien no dudar√≠a en ¬ęhacer frente¬Ľ a la ¬ęsombra¬Ľ de lo adverso. El mito comenzaba a gestarse pues √©ste trata de satisfacer ‚Äúuna necesidad existencial de instalaci√≥n y de orientaci√≥n ante las cosas, fundamentada en la emoci√≥n y en el sentimiento‚ÄĚ (Garc√≠a Pelayo 1981: 23).

 

Como el objeto de estas notas no pretende hacer una rese√Īa de su acci√≥n gubernativa, trazamos s√≥lo algunos ejes que influyeron en su proyecci√≥n a la estatura de ¬ęmito¬Ľ, vinculado con el regreso al ¬ęmodelo¬Ľ de gobierno denominado ¬ęEstado m√°ximo¬Ľ, ant√≠tesis¬† del ¬ęEstado ¬†m√≠nimo¬Ľ (Bobbio 1987: 139-147) donde el poder econ√≥mico decide el camino de la administraci√≥n de gobierno en detrimento b√°sicamente de la denominada ¬ępol√≠tica social¬Ľ, forma de Estado imperante entre 1990 y 2003 fiel a las consignas emanadas de la Corporaci√≥n imperial.

 

El eje central de su accionar se centr√≥ en el rescate de la palabra. La palabra es un arma y su impronta qued√≥ pronto demostrada. El sentido √©tico del discurso se tradujo en un ¬ęmodelo¬Ľ de gobierno denominado de ¬ęcrecimiento econ√≥mico con inclusi√≥n social¬Ľ, cuya clave resid√≠a en subordinar el accionar econ√≥mico a la esfera pol√≠tica.¬† Esa fue la consigna en acci√≥n que (con suerte varia) contin√ļa hasta el presente, siempre acompa√Īada por un discurso incisivo enderezado a conmover una sociedad frustrada psicol√≥gicamente y socialmente an√≥mica y cuyas expresiones exhortaban a apropiarse de esa ¬ędignidad¬Ľ que le hab√≠a sido arrebatada, a luchar por aquellos ideales √©ticos sin los cuales todo porvenir resulta ilusorio, a rescatar el sentido comunitario de la existencia, al tiempo que desnudaba al aut√©ntico poder corporativo local e internacional al que comenz√≥ a enfrentar y nombrar, empleando la misma estructura ret√≥rica de la ¬ęrepetici√≥n¬Ľ. A partir del a√Īo 2006 revel√≥ el nombre de las mayores corporaciones locales que condicionaban no s√≥lo el accionar de su gobierno sino que lo hab√≠an hecho a trav√©s de muchas administraciones con el benepl√°cito de √©stas: se trataba de dos oligopolios de la comunicaci√≥n, representados por las empresas La Naci√≥n y Clar√≠n, con quienes se encolumnan las expresiones partidarias afines, lo cual supone hablar de casi todo el espectro opositor.

 

‚Äú[‚Ķ] con la fuerza y la dignidad de millones de argentinos que desean tener una Patria, no me import√≥ lo que dec√≠an [‚Ķ] muchos medios de comunicaci√≥n [‚Ķ] No me importa a m√≠, no vine a tratar de que escriban bien de m√≠ [‚Ķ]‚Ä̬† (Kirchner ¬†2005).

 

‚ÄĚ [‚Ķ] Tambi√©n dijimos que con el Fondo Monetario Internacional ya no √≠bamos a aplicar m√°s las recetas que hundieron la Patria. [‚Ķ] Que sepan [‚Ķ] las autoridades del Fondo Monetario Internacional que no vamos a negociar cediendo nada de lo que corresponde a la Argentina. No se negocia la justicia social ni la dignidad, no se negocia el crecimiento argentino, no se negocia el desendeudamiento de la Patria [‚Ķ] ¬†(Kirchner ¬†2005).

 

‚ÄĚ[‚Ķ] junto con la dignidad de este Pueblo, le pagamos al Fondo y le dijimos chau, los argentinos vamos a gobernar nuestro destino [‚Ķ]‚ÄĚ (Kirchner ¬†2008).

 

¬ŅHacia qui√©nes iba orientada espec√≠ficamente la estructura discursiva de N√©stor Kirchner? ¬ŅQui√©nes pod√≠an tener la energ√≠a para traducir vivencialmente en hechos sus palabras? Los sujetos m√°s j√≥venes y los j√≥venes adultos desencantados. Discurso (dice a la vez de palabra y acci√≥n) que martillaba los o√≠dos de los oyentes y fue escuchado en una alocuci√≥n pronunciada pocos d√≠as antes de su muerte.

 

Al atender a la configuraci√≥n del mito ¬ęKirchner¬Ľ lo hacemos desde la visi√≥n de quienes lo observan desde una perspectiva amigable: as√≠ entendido, el objeto m√≠tico queda expurgado de cualquier atributo negativo, dado que el ¬ęmito¬Ľ se construye en base a un patr√≥n virtuoso (Garc√≠a Pelayo 1981: 22).

 

Importa precisar que quienes confrontaban, tanto desde la mirada oficial como desde la contraria, respond√≠an a la generaci√≥n de los nacidos en torno a los a√Īos ‚Äô50 (¬ępadres fundadores de la Post-Modernidad¬Ľ), cada uno asistido por un nutrido grupo de asesores pertenecientes a la aut√©ntica generaci√≥n post-moderna (nacidos en la d√©cada de los ‚Äô70).

 

Respecto de las expresiones que serpenteaban (y a√ļn lo hacen) dentro de un amplio espectro de la partidocracia en busca de un quiebre del orden constituido enarbolaban un pend√≥n de cu√Īo ciceroniano: ¬ęKirchner debe ser destruido¬Ľ. Como todas sus energ√≠as converg√≠an hacia ese objetivo, se sintieron relevados de esbozar cualquier programa electoral de circunstancia con miras a las elecciones presidenciales de 2011.

 

Se trata del c√≥modo refugio que encuentra aqu√©l que no se atreve a confesarse c√≥modamente instalado dentro de un ¬ęsistema-mundo¬Ľ que entiende le asegura su pertenencia a un privilegiado ¬ęgrupo de status¬Ľ. ¬ęGrupo de poder y de status¬Ľ cuya consigna consiste en repetir una y otra vez por la ¬ętelepantalla¬Ľ la consigna orwelliana: ¬ęEsclavitud es Libertad¬Ľ, vale decir, asegurar la ¬ęneutralizaci√≥n ps√≠quica¬Ľ de la multitud.

 

Este profesional pol√≠tico representa la total abdicaci√≥n √©tica; en suma, es el rostro aut√©ntico de la √©poca de los presidentes corruptos que definen el perfil pol√≠tico del discurso hegem√≥nico post-moderno. Al advertir que alguien ¬ęhace frente¬Ľ a aquello a lo que √©l ha renunciado junto a sus compa√Īeros de fracasos y de resignaciones, s√≥lo queda destruirlo y hacer evidente ese imperativo.

 

Como dijimos, todo el sistema de control se hab√≠a puesto en marcha para neutralizar a la figura molesta. Los noticieros televisivos y radiales no daban descanso ni al o√≠do ni a la vista del (en apariencia) pasivo espectador u oyente. Importa rescatar la locuci√≥n adverbial en apariencia: sucede que el dispositivo medi√°tico no se encuentra adaptado para advertir fen√≥menos an√≠micos distintos del minimalismo √©tico. El discurso hegem√≥nico (en tanto discurso de control) opera sobre una base social estandarizada (mayoritaria) hipermediatizada, sometida al ¬ęver todo¬Ľ lo m√°s r√°pido posible (cf. Lipovetsky 1994: 48, 237) en donde implanta opiniones y emociones: su presa es¬† una sociedad desgarrada, an√≥mica, cuya actividad ling√ľ√≠stica o mental ya no es intencional sino m√°s o menos autom√°tica (van Dijk 2001: 31) a la que todo ¬ęhorizonte de expectativa¬Ľ le es ajeno. Se le escabullen entonces los complejos procesos ps√≠quicos que ven√≠an actuando en buen n√ļmero de j√≥venes y de adultos j√≥venes (en torno a los cuarenta a√Īos) que, aturdidos de consignas confusas, se refugiaron en su ¬ęmundo interno¬Ľ.

 

La ‚Äúsociedad de control‚ÄĚ encuentra en los medios de comunicaci√≥n su aut√©ntica expresi√≥n¬† pues se lanzan hacia la organizaci√≥n directa de los cerebros y los cuerpos ‚Äúcon el prop√≥sito de llevarlos hacia un estado aut√≥nomo de alienaci√≥n, de enajenaci√≥n del sentido de la vida y del deseo de creatividad.‚ÄĚ (Hardt y Negri 2002: 36).

 

Cuando el ojo avizor de la multitud detect√≥ en el afuera signos de salvaci√≥n que guardaban sincron√≠a con lo que le dictaba la mirada interna, ¬ęidealiz√≥¬Ľ a cierto sujeto adulto cuyas palabras y actitudes se adecuaban bastante a esa emotiva identidad inconsciente que hablaba de supervivencia (arquetipo de la nutrici√≥n): a partir de entonces el ¬ęmito Kirchner¬Ľ qued√≥ forjado.

 

Abordemos el final de la crónica:          

 

S√ļbitamente, un d√≠a de asueto en raz√≥n de un censo poblacional, aquel que hab√≠a luchado y al que expresiones ecl√©cticas hab√≠an enfrentado hasta el d√≠a anterior, fallece.

 

Antes del mediod√≠a las varias telepantallas anuncian la noticia: al anochecer la Plaza de mayo comienza a poblarse de un nutrido grupo de personas. Al d√≠a siguiente (ya lo adelantamos) las corporaciones locales deben reconocer con desconsuelo que el monstruum horrendum virgiliano era un ¬ęmito¬Ľ. M√°s a√ļn se trataba, dentro de los tipos m√≠ticos, del m√°s potente: el reconocido en silencio y que muere conciente de que tal situaci√≥n final lo aguardaba en las cercan√≠as. Ante dos crisis card√≠acas los m√©dicos ordenan vida sosegada. Llevado por sus convicciones eligi√≥ no cejar en su accionar y avanz√≥ hacia lo inevitable. El mito del h√©roe est√° completo: en plena lucha ‚Äúcontra las fuerzas del mal‚ÄĚ llega el ‚Äúsacrificio heroico que desemboca en la muerte‚ÄĚ (Henderson 1984: 109).

 

 

V.        LA FUERZA DEL MITO

 

La fuerza m√≠tica se verifica en el desfile de los presentes durante el funeral del luchador (h√©roe); fuerza que dice de la aut√©ntica historia que se hunde en los mitos, en esos arquetipos primordiales anteriores a toda ontolog√≠a, es ese ¬ępre-ser¬Ľ que envuelve y cuida al ente humano, cuidado existencial que anuncia la vida intrauterina. El vivir impropio de su naturaleza humana se diluye cuando el ente humano deviene h√©roe pues se funde en una dimensi√≥n carism√°tica. Al entrar en el pante√≥n de los h√©roes el sujeto deviene entramado de valores √©ticos.

 

Al mencionar los ¬ęmitos pol√≠ticos¬Ľ no puede ignorarse que muchos que lo fueron en su tiempo sostenidos en el culto a la personalidad, de los cuales el siglo XX exhibe conocidos exponentes (Hitler, Stalin), se derrumbaron apenas concluido el r√©gimen que los hab√≠a cobijado.

 

En el √°mbito del pensamiento m√≠tico occidental resulta frecuente que el reconocimiento del ¬ęh√©roe¬Ľ (luchador) se haga efectiva manifestaci√≥n a√Īos despu√©s de su muerte. Pero la construcci√≥n m√≠tica rompe la barrera racional cuando la muerte le sorprende en pleno combate: entonces hace eclosi√≥n el sentimiento que ven√≠a gest√°ndose.

 

En el caso del ¬ęmito Kirchner¬Ľ asoma otro rasgo singular. Las historias hablan, v. gr., de Isabel de Castilla y Fernando V de Arag√≥n como de dos portentosas figuras que se identificaban en la energ√≠a combativa. La actual presidenta era su esposa y ambos compart√≠an la voluntad y la energ√≠a cuyo objetivo consist√≠a en materializar ideas forjadas durante los a√Īos juveniles que guardaban la impronta del Mayo franc√©s. Ella, ahora viuda, se representa como custodio natural del legado del h√©roe; rinde culto ante el cuerpo yacente de su esposo, pero a su vez se sabe comprometida con la continuaci√≥n de una misi√≥n trunca. Despide un cuerpo y en el acto resignifica el ideal compartido.

 

Somos, vemos la luz del mundo m√≠ticamente: todo nuestro ser desde la misma primera nutrici√≥n es una construcci√≥n imaginaria que dice de una misteriosa fuente de donde mana el alimento: el humano en su transitar es siempre necesidad de reencontrarse con esa fuente ben√©fica, con ese bien m√°gico-m√≠tico que el intelecto intuye (en tanto proyecci√≥n adaptada de ese primer acto nutricio), capta y aguarda. ¬ŅNo expresa acaso el Estado esa fuerza donadora y justa que da a cada uno lo que le corresponde seg√ļn el principio de la justicia distributiva? Cuando esa fuerza encarna en alguien, la experiencia arquet√≠pica de la imagen primera se activa en el sujeto y se proyecta (porque lo reconoce) en ese ¬ęalguien¬Ľ. Se trata de un ¬ęregreso¬Ľ a las fuentes, al que se arriba despu√©s de un largo y tortuoso peregrinaje interior.

 

¬ŅCu√°l es el nutriente que atesora ese hombre cuyo nombre una multitud espont√°neamente encolumnada comienza a agitar en la hora aciaga?

 

El nutriente es para los hombres y mujeres de todas las edades la voz esperanza, s√≠ntesis del ente humano en tanto ¬ępersona¬Ľ. La palabra pre√Īada de m√≠nimo contenido (y es ¬ęm√≠nimo¬Ľ porque el decir aut√©ntico a√ļn no ha podido ser recuperado de las zarpas del discurso hegem√≥nico post-moderno) se impone a la palabra hueca de la telepantalla. Por ahora se trata de consignas gritadas, tal vez de frases que condensan un m√≠nimo de significado respecto del tr√°gico hecho que arrebat√≥ al ¬ęluchador¬Ľ. Como ¬ęser relativamente a la muerte¬Ľ que es el ente humano, N√©stor Kirchner ha sido tempranamente sorprendido por ella. Pero llegar al final biol√≥gico significa ¬ęfinalizar¬Ľ, no ¬ęmorir¬Ľ, que guarda significaci√≥n ontol√≥gica y no habla de ¬ęfinal¬Ľ (cf. Heidegger 2002: ¬ß 53, 236-242). Esta particularidad del fenecer identifica al h√©roe: el es muerto, vale decir, su ser sigue conjugado, permanece esencialmente por fuera del acontecer biol√≥gico. La multitud que saluda al h√©roe encuentra en ese finalizar de la vida el triunfo sobre la ‚Äúsombra‚ÄĚ de sus aspectos reprimidos. La imagen del h√©roe se le representa en gerundio como siendo, pues (de manera singular en las generaciones j√≥venes) ese final marca el comienzo de ¬ęla batalla de la liberaci√≥n¬Ľ (Henderson 1984: 117, 120). El h√©roe siempre es portador de la ¬ęverdad¬Ľ y √©sta en rigurosa etimolog√≠a dice de lo que permite ¬ęver¬Ľ: ¬ęve¬Ľ tanto la luz que ¬ęabre hacia¬Ľ como la ¬ęsombra¬Ľ que ¬ęcierra¬Ľ el ¬ęhorizonte¬Ľ. El h√©roe ha combatido contra la ¬ęsombra¬Ľ que hab√≠a iniciado la invasi√≥n del yo √≠ntimo del sujeto joven. Es en la instancia en la cual el joven inicia el lento descenso en b√ļsqueda de ayuda a ese fondo inconsciente de im√°genes primordiales o arquet√≠picas para ¬ęhacer frente¬Ľ, cuando su psiquis materializa lo que ha ido a buscar en el inconsciente, se trata de esa ¬ęcoincidencia significativa¬Ľ que Jung denomina ¬ęsincronicidad¬Ľ, conexi√≥n inexplicable entre el mundo interno y el externo (von Franz 1984: 207). ¬†

 

Ese ¬ęmorir¬Ľ es donante: conciente de su ¬ęfinalizar¬Ľ apura sus palabras para dejar un mensaje de lucha por la libertad de la conciencia del ¬ęporvenir¬Ľ (que es el joven), o mejor, de un porvenir que advierte que ya est√° siendo y que es necesario vigorizar con nuevos esfuerzos reflexivos. Los ideales se le imponen frente a la preservaci√≥n biol√≥gica de su cuerpo.

 

Denigrar o exaltar un nombre propio, con la magia y la dureza diamantina que tienen los nombres propios, habla de identidad y pone al enemigo del nombrado en la encrucijada de un final irreversible. Una comunidad sana nombra con precisión tanto lo que condena como lo que venera. El héroe que emergió el 27 de octubre le colocó el nombre a la cosa.

 

‚Äú[‚Ķ] Empecemos a ser los pol√≠ticos due√Īos de nuestras propias palabras. La Argentina y los argentinos tenemos que recuperar el sentido de la autoestima, el sentido de ser [‚Ķ]‚ÄĚ (Kirchner ¬†2005).


 “[…] nos jugamos por un país distinto, que somos capaces de decir las cosas que hay que

decir y que hay que hacer, m√°s all√° de los impedimentos que nos pongan [‚Ķ]‚ÄĚ.
(Kirchner  2005).

 

El mito, apunta Fern√°ndez Savater al referir a la obra Espartaco de ¬†Howard Fast, no s√≥lo transmite el deseo de ¬ęotro mundo posible¬Ľ, sino su posibilidad concreta, en los hechos. Como explicaba G. Sorel, los mitos son lo contrario de las utop√≠as: √©stas exigen fe en el advenimiento de un modelo acabado, pero los mitos expresan la fuerza de una comunidad presente. La esperanza que movilizan brota de la confianza en las propias posibilidades y capacidades. Dice y recuerda que no hay que rendirse ante ninguna ineluctabilidad (Sorel 2005: 83).

 

Espartaco porta ‚Äúla ¬ęilimitada claridad de la esperanza humana¬Ľ, la aseveraci√≥n testaruda del valor de la vida cotidiana de todos los seres humanos sobre la tierra. ¬ęSu triunfo se debe a que conserva vivo en el alma del hombre el sentimiento indestructible de que lo que se hace vale la pena ser hecho [‚Ķ] de que el pueblo merece que se le libere¬Ľ (Chesterton)‚ÄĚ (Fern√°ndez ¬†Savater 2004).

 

CONCLUSI√ďN

El pensamiento mítico que ha emergido por las ranuras del materialismo relativista del conformismo no puede ser destruido, pero requiere evitar que se oculte nuevamente.

 

Una vez activado, el pensamiento mítico debe continuar sacudiendo de su modorra a la conciencia racional en aquellos que han vivido como una eclosión sorprendente ese pensamiento oculto en el nivel inconsciente de su estructura psíquica.

 

Mirando por √ļltima vez a los histori√≥grafos de la pretensi√≥n de objetividad, a aquellos para los cuales hablar de pensamiento m√≠tico o de cualquier otro que no sea el de su propia c√°rcel les parece mera impostura, en fin, a aquellos que desde su disciplina hacen gala de fragmentar, y al tiempo esterilizar, el conocimiento, nos parece oportuno recordar aquello que Ernst Cassirer sostuviera en la d√©cada de 1920, donde se√Īalaba que era dif√≠cil llevar a cabo ‚Äúuna separaci√≥n l√≥gica entre mito e historia‚ÄĚ. Para decirlo mejor: toda concepci√≥n hist√≥rica tiene que estar impregnada de elementos m√≠ticos y necesariamente ligada a ellos:

 

Si esta tesis está en lo justo, entonces no sólo la historia sino todo el sistema de las ciencias del espíritu que se fundan en ella tendría que serle arrebatado a la ciencia para entregarlo al mito (Cassirer 1971: II, 14)

 

           

Como consideraci√≥n final de estas ¬ęnotas¬Ľ nos importa se√Īalar dos cuestiones. La primera refiere a¬† la ceguera historiogr√°fica que (como aconteciera durante el a√Īo 2001) volvi√≥ a ignorar la realidad por la que transit√°bamos los humanos de estas tierras. La historia construida con pretensi√≥n de verdad poco le dice al histori√≥grafo, m√°s all√° de sus ama√Īados escritos de fragmentos documentales ensamblados a los que su acrisolada ignorancia venera.

 

La segunda cuesti√≥n (en la hora actual del mundo y atendiendo a la construcci√≥n del ¬ęmito Kirchner¬Ľ como expresi√≥n de un ¬ęhacer frente¬Ľ al ¬ęparadigma¬Ľ del discurso hegem√≥nico) obliga a los intelectuales, a quienes convoca a reconocer su ¬ędaltonismo cognitivo¬Ľ y a plantear, menos un trabajo interdisciplinario entre las llamadas ¬ęciencias del esp√≠ritu¬Ľ y m√°s un trabajo que proyecte una nueva subjetividad convencida de la necesidad de integrar el conocimiento; donde el criterio hol√≠stico domine sobre la extrema fragmentaci√≥n del conocimiento. Para acudir a este llamado que, v.gr., encuentra en la obra de Michel Foucault¬† Las palabras y las cosas un significativo ejemplo, la filosof√≠a parecer√≠a la m√°s indicada (por su tradici√≥n) para comenzar con ese emprendimiento.

 

Esa nueva subjetividad se expres√≥ con fuerza el 28 de octubre en Argentina: dej√≥ al desnudo la discursividad hueca de la partidocracia en su conjunto, pero, fundamentalmente, enarbol√≥ un ¬ęmito¬Ľ para significar aquello que ya en el a√Īo 2001 se hab√≠a apenas esbozado: ¬ęotro mundo es posible¬Ľ ([‚Ķ] se puede construir un nuevo orden en forma paulatina [‚Ķ]) (Kirchner¬† 2005).

 

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* Profesor y Licenciado en Historia (Facultad de Filosof√≠a y Letras, UBA).¬† Doctor en Historia (Facultad de Historia y Letras. Universidad del Salvador). Docente-Investigador: Proyecto financiado por¬† la Secretar√≠a de Ciencia y Tecnolog√≠a (Universidad Nacional del Sur, Bah√≠a Blanca): Per√≠odo 1997-2000 / 2001-2003 / 2004-2007 / 2007-2010. Profesor de Post-grado en el Seminario de ¬ęHistoria del Derecho¬Ľ de la Facultad de Ciencias Jur√≠dicas (Universidad del Museo Social Argentino). Miembro titular del Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho. Libros publicados: Estado, Lenguaje y Poder en el R√≠o de la Plata (1816-1827), Buenos Aires, Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, 1998; El discurso hist√≥rico-jur√≠dico y pol√≠tico-institucional en clave ret√≥rico-hermen√©utica. Del Clasicismo ilustrado a la Post-Modernidad, Buenos Aires, Instituto de Historia del Derecho, 2004. Colaborador de la Revista de Historia del Derecho (Buenos Aires), Jahrbuch f√ľr Geschichte Lateinamerikas (Berlin), Iberoamericana (Instituto Iberoamericano, Berl√≠n)

Correo electrónico: rubendariosalas@gmail.com.  

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[1] FERRATER ¬†MORA (1976), s.v. ¬ęmet√°fora¬Ľ.

[2] ¬†¬†¬†¬†¬† Cf. respecto de la Alta Edad Media el ac√°pite ¬ęEl marco de la idea de la pol√≠tica como Reino de Dios¬Ľ (GARC√ćA PELAYO 1981: 195-200).

[3] ¬†¬†¬†¬†¬† Ferrater Mora: 1976, s.v. ¬ęDasein¬Ľ.

[4] ¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄúLa noci√≥n de proyecto ha adquirido importancia en varias filosof√≠as contempor√°neas. Tal sucede en Heidegger al introducir en ¬†Sein und Zeit el vocablo Ent-wurf‚ÄĚ. Se trata de ‚Äúproyectarse a s√≠ mismo‚ÄĚ; ‚Äúvivir como proyecto‚ÄĚ‚ÄĚ (Ferrater Mora 1976: s.v.. ¬ęproyecto¬Ľ). (Heidegger 2002: ¬ß 31, 135-140).

[5] ¬†¬†¬†¬†¬† Seg√ļn Heidegger, como la existencia del ser est√° siempre en juego (¬ęle va su ser en este mismo¬Ľ) antes de lanzarse al juego en el mundo est√° previamente ‚Äúcuidado‚ÄĚ. El cuidado es el ser de la existencia. (Ferrater Mora 1976: s.v. ¬ęcuidado¬Ľ, ¬ęExistencia¬Ľ) (Heidegger 2002: ¬ß 46, 215).

[6] ¬ęPalabras del Presidente N√©stor Kirchner en la Ciudad de Balcarce, Provincia de Buenos Aires¬Ľ, 21 de julio de 2005.