Revista de Ciencia Política
Revista Nº13 " INSTITUCIONES Y PROCESOS GUBERNAMENTALES IX "

Resumen

En el presente  trabajo se reflexiona en torno a la polémica suscitada en la Argentina por las recientes iniciativas de diferentes actores estatales encaminadas a prohibir y remover las imágenes religiosas de los espacios públicos. Dicha problemática constituye el punto de partida empírico para reflexionar sociológicamente en torno a la conflictiva relación entre “lo político” y “lo religioso” desde diferentes dimensiones: la nación, la ciudadanía y las “luchas por el reconocimiento”. Finalmente, se plantean una serie de hipótesis que pretenden dar cuenta las expresiones de intolerancia de ciertos grupos católicos frente a las orientaciones de las políticas públicas consideradas desacertadas por estos actores.

Abstract

This Article is about the controversy provoked in Argentina due recent actions taken by different political actors towards the prohibition and removal of religious images in public places. Such a controversy is the empiric point of starting to analyse from a sociological point of view the controversial relations between “politics” and “religion” from different aspects: “nation”, “citizens” and “the struggle for recognition”. Finally, a series of hypotheses is provided in order to show the intolerance of some catholic groups to the orientation of public policies considered inadequate by these actors.

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La Iglesia católica y su injerencia política en la Argentina: algunas hipótesis en torno a la problemática de las imágenes religiosas en los espacios públicos.

Por: Joaquín Molina1

1. Introducción

Temática dada, en numerosas ocasiones, como perimida, la religión como problemática sociológica demuestra su persistencia en numerosos fenómenos del mundo contemporáneo. La premura con que algunos heraldos de la modernidad naciente diagnosticaron la declinante influencia de la religión en los hechos sociales, e inscribieron en su acta de defunción a la secularización como causa de muerte, se ve crecientemente desmentida. Esta afirmación encuentra asidero en el surgimiento de nuevas formas de religiosidad, en los numerosos conflictos étnicos-religiosos que promueven un clima belicoso a nivel mundial, así como en el hecho de que el número de personas que declaran ser religiosas muestra una tendencia creciente. Así lo revela un estudio realizado por Gallup Internacional en el año 2005, en el que se relevó la adhesión religiosa en 70 países, y cuya muestra representativa del total de la población mundial fue de 500.000 personas. Los resultados que arroja este estudio son más que elocuentes: el 66% dijo ser religiosa, mientras que el 25% se definió como “persona no religiosa” y el 6% se proclamó “ateo convencido”. En la Argentina, donde la encuesta fue realizada por TNS-Gallup, los ciudadanos que se definen como religiosos son ocho de cada diez, dos más que hace veinte años. Según otras mediciones de la religiosidad de Gallup, de cada diez argentinos se consideraban religiosos seis, en 1984, y siete, en 19912 .
Teniendo en cuenta la vastedad de la problemática religiosa, es que en este trabajo nos proponemos acotar nuestra investigación a un área de indagación específica, a saber: los vínculos entre lo político y lo religioso. El punto de partida empírico para ilustrar este punto, serán las tensiones generadas en torno a la presencia de imágenes religiosas en el espacio público, y más precisamente, en los edificios de administración pública. Si bien ya en 1955 el presidente Juan Domingo Perón llevó adelante medidas de esta índole, este tema tomó relevancia en la opinión pública a partir del año 2003, momento en el que actores políticos y no políticos propiciaron iniciativas para remover de los lugares de administración pública la iconografía católica.
Más recientemente, el tema volvió a ocupar la agenda pública a partir de los proyectos de ley presentados en la Ciudad de Buenos Aires y la ciudad de Santa Fe, por las diputadas  María José Lubertino y Alicia Gutiérrez, respectivamente. En este marco, resulta interesante indagar en torno a las diferentes argumentaciones presentadas por los defensores de estas iniciativas, presentes en algunos documentos expedidos desde diversos niveles de la administración pública: un fallo judicial del año 2003, en el que la jueza federal Susana Córdoba se pronuncia acerca del litigio iniciado con motivo del retiro de la imagen de la Virgen de San Nicolás, entronizada en el hall central del Palacio de Tribunales; un oficio presentado en el año 2010, por Gabriel Elías Ganon, Defensor General del Departamento Judicial de San Nicolás, en el que solicita que se retiren imágenes representativas de la religión católica, de todas las oficinas y salas de audiencias públicas del palacio de justicia de la ciudad de San Nicolás; los proyectos de ley presentado en el año 2010, por las diputadas porteña María José Lubertino y Alicia Gutiérrez en sus respetivas jurisdicciones, en los cuales se propone prohibir la instalación de imágenes o motivos religiosos en todos los edificios públicos, así como la remoción de las ya existentes. Por otra parte, se utilizarán diferentes fuentes periodísticas de las cuales se extrajeron los dichos de diferentes actores políticos en el marco de esta problemática.
Por otra parte, para ilustrar la contra-argumentación se utilizaron como fuentes dos homilías del monseñor Héctor Aguer, arzobispo de la Plata. La primera de ellas se enmarca en el cierre del Vº Encuentro Nacional de Docentes Universitarios Católicos, del 7 de noviembre de 2010. La segunda alocución, se enmarca en la misa de acción de gracias por el 194º aniversario de la Independencia nacional, del 9 de julio de 2010.
En lo que respecta a los argumentos que justifican la elección de la temática, cabe poner de relieve que la intención estará guiada principalmente por superar las meras lecturas coyunturales de este fenómeno, para poder construir una lectura que ponga sobre el tapete las profundas implicancias teóricas e históricas del fenómeno considerado. En este sentido, podríamos decir que la problemática de las imágenes religiosas en los espacios públicos, ha sido tratada por la divulgación poniendo el acento en el aspecto meramente polémico del fenómeno, sin proponerse rescatarlo, mediante un análisis anclado en la reflexión sociológica, de la rapidez con que perecen las “primicias del día”. En definitiva, frente a las posibles críticas que se sustenten en el carácter aparentemente intrascendente y coyuntural del fenómeno empírico abordado, debemos remarcar que una de las principales características de un campo sociológico autónomo es su posibilidad construir objetos de estudio científicos en una clara ruptura con la sociología espontánea, de manera de extraer profundas consecuencias teóricos de fenómenos empíricos representados como banales.
Al argumento precedente podemos añadir que, si bien nuestra intención no es tomar partido acerca de la problemática considerada, en última instancia creemos que la producción de conocimiento científico guarda un estrecho vínculo con las prácticas cotidianas de los actores sociales. En este sentido, la importancia de elaborar conocimiento científico acerca de la temática de las imágenes religiosas en los espacios públicos está en la posibilidad de brindar la posibilidad de tomar decisiones informadas, o al menos, contribuir con argumentos que permitan sopesar los puntos a favor en contra de las decisiones tomadas por el poder político. Finalmente, al tratarse de un tema vinculado a la esfera pública y al poder del Estado, podemos sostener que la razón política que sustenta la pertinencia de la elección temática reside en la posibilidad de enriquecer el debate y contribuir al ejercicio de una democracia más participativa.
Ahora bien, a partir del análisis de los corpus documentales más arriba mencionados, se pretende instaurar como problemática, no sólo la inestabilidad y las tensiones en torno a las fronteras de lo político, sino también proponer la tensión central entre algunos representantes del Estado argentino, que defienden un Estado Laico; y algunos representantes de la Iglesia católica, que pretenden definir la nacionalidad argentina como esencialmente imbricada con el catolicismo. En este sentido, es que podemos plantear el primer postulado de este trabajo: las tensiones y conflictos en torno a la definición de la “nacionalidad argentina” así como también dirigidos a secularizar la ciudadanía persisten en la actualidad. Este fenómeno pone de relieve el carácter esencialmente difuso y dinámico del espacio político, así como el carácter de constructo social de toda identidad nacional. En última instancia, uno de los factores que permiten entender el modo en que se define la “nacionalidad argentina” y la “ciudadanía” es la relación de fuerzas existentes en cada momento histórico entre los actores estatales y los diferentes grupos sociales.
Como complemento del punto anterior, interesa abordar un segundo eje de indagaciones en torno a los conflictos por definir la identidad nacional, como fue la reacción de diversos grupos católicos de la ciudad de Santa Fe frente al proyecto de ley impulsado por la diputada provincial Alicia Gutiérrez. Con motivo de este proyecto, aparecieron pintadas con agravios dirigidas hacia la diputada antes nombrada, así como también, contra la vicegobernadora de la provincia de Santa Fe, Griselda Tessio. El blanco de ataque de los grupos católicos fueron el local del Partido SI Santa Fe, y la casa de Gobierno. Lo interesante respecto a este punto es que en ambos casos se trata de espacios públicos gubernamentales, hecho que estaría poniendo de relieve la clara identificación del Estado como ámbito de disputa de los intereses colectivos.
En segundo lugar, es sugestiva la afinidad que existe entre estas manifestaciones y los proyectos estatales orientados a remover imágenes religiosas de los edificios públicos, ya que se estarían poniendo de manifiesto dos cuestiones centrales: por un lado, la centralidad que cobra la dimensión simbólica en las luchas actuales; y en consonancia con el punto anterior, la apropiación de los espacios públicos como estrategia relevante de esas luchas.
En tercer lugar, una de las características llamativas de estas expresiones de desaprobación de los grupos religiosos, es el alto grado de agresividad presente en las pintadas. Este punto, será abordado en el último apartado de esta investigación, en donde a partir del análisis etnográfico y del discurso de una misa que tuvo lugar en un templo católico de la ciudad de Santa Fe, se plantea la siguiente hipótesis: la virulencia de las reacciones frente a las políticas públicas consideradas como desacertadas por la Iglesia Católica, responden en gran parte a que el espacio religioso responde simultáneamente a ciertas características de un espacio des-santuarizado, manteniendo, sin embargo, los rasgos propios de un contexto tradicional de acción.
El orden de la exposición que nos proponemos seguir seguirá las líneas planteadas en esta introducción: en el primer apartado, se exponen las disputas entre agentes estatales y agentes del ámbito religioso en torno a la definición de la confesionalidad del Estado argentino, así como las disputas por secularizar la ciudadanía; en el segundo apartado se intenta enmarcar el conflicto entre el espacio político y religioso dentro de la idea de “luchas por el reconocimiento” planteada por Seyla Benhabib (2006); en el último apartado, se buscan relacionar las reacciones suscitadas a partir de los proyectos de ley antes mencionado con ciertas características institucionales de la Iglesia católica.         
Como cierre de esta introducción, resulta central remarcar que esta investigación tiene una intencionalidad exploratoria, en la que se busca poner de relieve distintas líneas de abordaje de la problemática relación entre “lo político” y “lo religioso”, así como también proponer diferentes hipótesis que permitan analizar fenómenos contemporáneos mediante herramienta sociológicas.

2. Lo político como objeto de problematización teórica

En lo que respecta a “lo político” como objeto de reflexión científica, es importante remarcar que para el abordaje de nuestra problemática es necesario superar dos enfoques que aparecen como contrapuestos: aquellos abordajes historicistas que tienden a reducir a la política en un conjunto de acontecimientos único e irrepetibles; y aquellos que abordan los fenómenos políticos desde el “cielo impoluto” de los conceptos teóricos. Con respecto a esta antítesis, Yves Déloye va a insistir en lo fructífero que resulta abordar lo político desde la postura teórica/epistemológica de la sociología histórica de lo político, que tiene como principales ventajas: por un lado, buscar regularidades allí donde las posturas idiográficas encuentran un cúmulo de hitos y de acciones individuales realizadas por individuos poderosos en el campo político; y por el otro, superar las construcciones reificadas de las ciencias políticas que tienden a ahistorizar y desconflictivizar a lo político en tanto objeto de estudio.
En consonancia con lo arriba sostenido, podemos sostener siguiendo a Yves Déloye (2004) que la sociología histórica de lo político:

“…trata de evitar todo pensamiento que tienda a hipostasiar la existencia de la Política con una gran P... Intenta por el contrario erigir en objeto de análisis las fronteras fluctuantes y la autonomía siempre cuestionada del espacio de lo político…se trata de pensar no solamente los momentos y los espacios del “desencastramiento” de lo político en relación a lo social (en un sentido amplio: religioso, económico…) sino también los períodos y los sectores en los cuales lo sociales se reapropia de lo político.”

Entender que lo político es un espacio con fronteras difusas e inestables, y que por lo tanto, oscila históricamente en una relación de autonomía y heteronomía con los distintos espacios sociales (“lo social”), fundamenta la pertinencia de un análisis centrado en las relaciones entre “lo político” y “lo religioso”, que puede ser abordado desde dos líneas de indagación diferentes: hacer una historia social de lo político capaz de establecer las lógicas sociales que operan en la vida política, pero también una historia política de lo social que permita poner de relieve la impronta de lo político sobre lo social. En este trabajo nos centraremos dentro de la primera línea antes expuesta. En este sentido, el interés estará dado por poner de relieve a través de ciertos fenómenos empíricos: por un lado, los conflictos y tensiones entre un espacio de lo político que busca ganar autonomía frente a lo religioso; y, simultáneamente, las presiones generadas desde el espacio de lo religioso por conservar y/o ganar espacio en el ámbito público.

3. La “nación” como objeto teórico

El Estado, en tanto constructo social e histórico, se constituye en función de su capacidad de ejercer un monopolio de la violencia, de mantener un monopolio fiscal sobre un territorio determinado, de mantener y defender cierta frontera territorial. Ahora bien, retomando los planteamientos de Bolstanki y Chiapello (2002), del mismo modo que el capitalismo necesita de un espíritu para justificarse y mantener movilizados a los agentes que intervienen en el proceso de acumulación capitalista a partir de un conjunto de dispositivos morales que dan significado a la acción social, el Estado en tanto entidad política con pretensiones de gobernabilidad sobre un conjunto social (Vallespín, 2000), requiere de un “espíritu” para unificar a la población y movilizarla. Esta necesidad será suplida a partir de la construcción de un relato histórico, de una construcción identitaria encarnada en “La Nación”. Es en este sentido, que podemos afirmar que puede establecerse un lazo entre los procesos de construcción del Estado-moderno y la fusión tendencial entre el Estado y la nación.
La primera pregunta que surge es, ¿cómo podemos constituir a la nación como objeto sociológico? El punto de partida central para contestar a esta pregunta, es comenzando con la afirmación de que la nación no es una esencia ni el reflejo de lazos primordiales, sino el resultado de un proceso social de construcción identitaria. En otros términos, debe superarse la concepción reificada que considera a la nación como epifenómeno de características objetivas heredadas por el grupo considerado, para entenderla como un fenómeno de creencia apoyado en una memoria histórica selectiva. En definitiva, la idea central para comprender los análisis que se presentan en este apartado es tomar en consideración la dimensión esencialmente política de la construcción nacional, que en su carácter de proceso social tiene al Estado como agente central que con su esfuerzo constante de unificación identitaria, busca conservar (al menos tendencialmente) el monopolio de su producción (Yves Déloye, 2004).
Ahora bien, la hipótesis que nos interesa plantear es que la conservación de dicho monopolio de la producción de la identidad nacional se encuentra constantemente puesto en entredicho por la presencia de grupos sociales que pretenden imponer un relato histórico en el que su identidad se presenta como indisociable de la idea de nación. En este sentido, a partir del análisis de los discursos presentes con motivo de las iniciativas estatales direccionadas a prohibir y remover de los espacios públicos las imágenes religiosas, se pretende corroborar la hipótesis de que las tensiones en torno a la definición de “La Nación Argentina” permanecen latentes; definición que a su vez, permanece íntimamente relacionada con la mayor o menor autonomía del espacio de la política para autonomizarse de las presiones institucionales de la Iglesia Católica. En definitiva, podríamos afirmar que la definición de la noción de “lo nacional” permanece como un significante vacío, cuyo significado dependerá del estado de las relaciones de fuerza entre diferentes actores.

3.1. La “Nación Argentina” en disputa: entre la laicidad y la raigambre católica.

Uno de los argumentos presentados por los diferentes agentes estatales para fundamentar la iniciativa de remover de los edificios públicos las imágenes religiosas, se centra en afirmar que el Estado argentina es laico, no confesional. En este sentido, se afirma que en el proyecto originario de los constituyentes de 1853, no se contemplaba el objetivo de priorizar al catolicismo por sobre las otras religiones, ni tampoco reconocer al culto católico apostólico romano como religión oficial. El eje central de la discusión gira en torno al artículo 2 de la Constitución Nacional en el que se afirma que “…El Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano.” Frente a este artículo se sostiene, en primer lugar que:

“…la doctrina ha pretendido armonizar este artículo 2 de la Constitución, con el Preámbulo –teísta pero no confesional–, del que surge que reconoce la existencia de un Dios único, pero sin sujeción a una iglesia en particular al extender los objetivos propuestos “…a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino…”…Tal declaración implica el reconocimiento de una pluralidad de credos, sin menoscabar las ideologías religiosas de quieren llegaban al país para quedarse” (Oficio presentado en San Nicolás por Símbolos Religiosos, 02/09/2010).

Otro de los elementos que sustentan el postulado de que el Estado argentino es laico, es el hecho de que la doctrina que así lo entiende es mayoritaria, esbozando una segunda apreciación del artículo 2 de la Ley Fundamental que en su espíritu hace referencia a que:

“…en nuestro país no existe religión oficial o religión del Estado, reduciéndose el sistema a la ayuda financiera a la Iglesia Católica, sin que esto implique decaimiento o menoscabo a la libertad de cultos (Fayt, Carlos S., obra citada, p.347)”. (Proyecto de Ley de María José Lubertino, 06/09/2010).

El punto interesante con respecto a toda esta serie de planteamiento es el hecho de que la ley tal como está formulada en la Constitución Nacional Argentina, no es un elemento neutro sujeto a una interpretación unívoca. En este sentido, el artículo 2 de la Carta Magna es objeto de una interpretación tanto literal como histórica. A partir de que se constata la presencia de elementos indicativos de este último tipo de interpretaciones en los discursos analizados, es que podemos afirmar que el postulado de un Estado laico supone un tipo de lectura de la historia argentina que lleva a señalar el espíritu liberal de los constituyentes del 53´. En definitiva, el derecho positivo es objeto de una interpretación histórica que tiene como finalidad descubrir cuál fue la voluntad del legislador en el momento que la creó, razón por la cual podemos sostener que los discursos de los distintos actores estatales no es neutro, sino que supone una cierta postura frente a la historia argentina. Dicha postura, en definitiva, puede ligarse con una postura liberal en la reconstrucción de la “identidad” del Estado-Nación argentino.
Esta idea de Nación que aparece menos transparente en los discursos de los actores estatales, debido a las limitaciones en las formas de expresarse y de operar propias del campo jurídico, emerge al análisis directo en las alocuciones de Monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la Homilía realizada con ocasión del 194º aniversario de la Independencia nacional. Como punto de partida del análisis discursivo se expone a continuación el siguiente fragmento:

“La propaganda liberal de la Generación del Ochenta intentó restar trascendencia al Congreso de Tucumán ensalzando en su lugar a la Asamblea del Año XIII; en el mismo ámbito ideológico se elaboró el mito de la “línea de Mayo y Caseros” para desconocer los orígenes católicos de la nacionalidad argentina y sus raíces en la tradición hispánica…Han pasado casi doscientos años y muchas veces se ha intentado desfigurar los rasgos peculiares que señalan la identidad originaria de la Argentina. Con ocasión del bicentenario patrio se intenta nuevamente reescribir nuestra historia omitiendo la dimensión religiosa de la gesta de la emancipación y negando la fuente humanista y cristiana de la cultura nacional.”

En el fragmento presentado precedentemente se observa claramente como un representante de la Iglesia Católica sienta posición frente a una reconstrucción de la identidad argentina considerada como errónea y sesgada intencionalmente, obra de aquellos que quieren deslindar el momento fundacional de la Argentina de sus raíces católicas. “Cultura Nacional” y “Catolicismo” se entremezclan de tal manera que resulta imposible deslindarlas al momento de definir la esencia de la nación argentina. Resulta interesante tomar en consideración el carácter categórico de los términos utilizados para describir las posturas del oponente en cuestión.
Ahora bien, frente a aquellos que intentan borrar de la historia argentina las huellas del catolicismo, es que el obispo menciona un conjunto de argumentos que sustentarían la idea de una nación católica. La primera prueba de esto estaría dada por la correspondencia entre cierta disposición territorial del territorio argentino y ciertos hitos religiosos, que a modo de providencia manifiestan las raíces católicas de la Argentina. Los lugares de referencia configuran:

“…un triángulo mariano que abraza el corazón de la Patria: Itatí, el Valle y Luján expresan el origen católico de esta Patria y la indiscutible identidad de su pueblo.”

Un punto a destacar del argumento precedente es que aparece de manera exponencial la idea de “La Nación Argentina” como significante vacío, al que se le otorga un significado construido desde un ethos religioso. Retomar sucesos religiosos, dotarlos de cierta linealidad que se entrecruza con la historia argentina es la estrategia principal presente en este discurso. Adicionalmente, el arzobispo pone de relieve la dimensión religiosa de los acontecimientos que dieron lugar a la declaración de la independencia nacional. En este sentido, señala como elementos fácticos de la esencial imbricación entre catolicismo y argentinidad que de los 29 diputados que firmaron el acta de declaración de independencia, 11 eran sacerdotes, y que:

“La asamblea comenzó el 24 de marzo con la Misa del Espíritu Santo, celebrada en la Iglesia de San Francisco. En el juramento de los congresistas se manifestaban las preocupaciones principales: la primera, conservar y defender la religión católica apostólica romana. Al día siguiente, otra vez misa y tedeum en San Francisco, para dar gracias a Dios por la instalación de la asamblea.”

En consonancia con esto, Aguer resalta la religiosidad de los hombres que participaron en la gesta patriótica como otro signo ineludible de la presencia del catolicismo en las raíces del Estado nacional argentino. En este sentido, caracteriza la independencia argentina como un esfuerzo solitario, en el que hombres de coraje invocaron la ayuda de Dios y le encomendaron la obra que emprendían. En consonancia con esto, el sacerdote interpreta los gestos de religiosidad de los próceres de la historia argentina como un signo de la independencia argentina fue amparada por la Virgen María:

“A ella –Virgen de las Mercedes– le entregó Belgrano su bastón de mando en acción de gracias por la victoria en Tucumán. El mismo gesto cumplió con Nuestra Señora del Carmen el general San Martín, que la designó Generala del Ejército Argentino. Muchos otros de nuestros mejores hombres expresaron con actos similares su fe mariana…”

Este conjunto de argumentos apuntan a señalar no sólo que el peso de lo religioso en la independencia argentina, sino que, más profundamente, apunta a resaltar lo indisociable del destino histórico nacional con el catolicismo. En definitiva, recuperando los argumentos presentados en este apartado, es que podemos remarcar que en ambos casos se observa una interpretación diferenciada de los hechos históricos en función de la idea de identidad nacional que se quiera sostener. Como cierre de este apartado, debemos poner de relieve que los discursos expuestos no se reducen a una mera disputa histórica, sino que cobran relevancia en los debates actuales como marcos ideológicos que legitiman la injerencia en la direccionalidad de las políticas públicas. En este sentido, el mito de la “nación liberal” y de la “nación católica” sirven como apoyos ideológicos y argumentales para pronunciarse acerca de la pertinencia o no de las imágenes religiosas en los espacios públicos.

4. ¿Ciudadanos en lo público y religiosos en lo privado?

El surgimiento del Estado-nación supone el establecimiento de nuevos lazos de fidelidad política y se acompaña de un nacionalismo político que favorece la creación de una cultura política nacional. En este sentido, la idea fundamental a tener en cuenta es que los individuos ya no sustentarán su integración en función de sus lazos primarios, sino que, por el contrario, la necesidad de constituir una unidad política que se presenta como más “abstracta” conlleva una identificación y una integración entre los individuos en tanto ciudadanos.
Para abordar la problemática de la ciudadanía, en primer lugar, debe superarse la estrechez de los abordajes que la entienden como un mero estatuto para, de esta manera, analizar el contexto histórico en el cual ha surgido y se ha desarrollado. Una propuesta interesante en este sentido es la de T.H. Marshall, que desde una teoría liberal y evolucionista desplaza el foco desde el campo estrictamente jurídico al campo histórico, sosteniendo que el estatuto ciudadano puede descomponerse en tres elementos (civil, político y social), que han sido abordados sucesivamente por las sociedades occidentales. El principal acierto de esta teoría es que rescata la noción de ciudadanía de las concepciones estáticas, para poner sobre el tapete la historicidad propia de su desenvolvimiento. Sin embargo, la falla de este modelo reside en que desconoce los numerosos conflictos que enfrentan a los actores sociales sobre la manera de concebir y practicar a la ciudadanía. En este sentido, según Yves Déloye (2004):

“Un modelo de sociología histórica de la ciudadanía debe analizar prioritariamente esos conflictos y esas “contraofensivas ideológicas” que son de las mejores guías para apreciar lo que experimentan los individuos ante los cambios históricos….hay que terminar con la visión del un “desarrollo” o una “extensión” inexorable de la ciudadanía y considerar, a la inversa, el movimiento permanente de flujo y reflujo, de evoluciones y devoluciones de que es resultante.”

Como sostuvimos más arriba, el estatuto de ciudadano supone una identificación con el Estado nacional. Esta identificación, entra muchas veces en colisión con las identificaciones de los individuos con los grupos sociales de pertenencia más próximos. Este hecho se cristaliza de manera ejemplar en las tensiones entre la ciudadanía en tanto identificación con una comunidad política mayor, y la pertenencia a un grupo religioso; o, para la problemática que nos concierne, en la tensión entre la identificación en tanto ciudadano del Estado nacional argentino y la identificación religiosa con la Iglesia católica.
Para el análisis de dicha problemática se toman en consideración dos elementos. Por un lado, la idea de que cada ciudadano pertenece a una pluralidad de grupos sociales con sus correspondientes códigos normativos y sistemas de valores. Ahora bien, la ciudadanía entra muchas veces en contradicción con ellos, ya que tiende a asegurar al Estado la primacía de la obediencia y a establecer una jerarquía de identificaciones favorable a la identidad nacional. En este sentido: “El ciudadano acepta tomar distancia de algunas de sus esferas de pertenencia y las prescripciones morales que ellas implican para comprometerse mejor en nombre de una identidad común con todos los que comparten el mismo destino cívico.” (Yves Déloye, 2004). Esto implica la existencia de una segunda cuestión, como es la despolitización de las identidades culturales, entendiendo por esto el hecho de que:

“El espacio público se convierte en un espacio político autónomo (según los países y épocas) en el que se expresa, de manera prioritaria, la pertenencia a la comunidad Estado-Nacional. A la inversa, el espacio privado se enriquece con todos los valores particularistas, con todas las identidades cuya expresión es considerada ilegítima en el espacio público” (ídem.).

A partir de estos planteamientos, es que podemos abordar la problemática empírica de las disputas en torno a la pertinencia o no de las imágenes religiosas en los espacios públicos. De esta manera, las iniciativas estatales por despejar el espacio público de toda referencialidad religiosa van en el sentido de apoyar la idea de que los funcionarios y los ciudadanos deben identificarse primariamente con el Estado nacional, en tanto ámbito que trasciende las identificaciones particularistas. Por el contrario, en los discursos del monseñor Aguer se percibe una clara defensa de la religión católica como guía y marco de referencia para el accionar de los funcionarios y los ciudadanos en el ámbito público, dando sustento empírico a las palabras de Yves Déloye (2004), acerca de que “…la Iglesia rehúsa aceptar la división que opera la ciudadanía entre el hombre social, comprometido en la vida, el ciudadano miembro de una comunidad nacional “imaginada” y el cristiano que vive la fe en los estrictos límites del espacio privado.”

 

4.1. Ciudadanía y secularización: un conflicto que persiste

Como punto de partida del análisis de los discursos presentados por los agentes estatales en la defensa de prohibir y remover la presencia de los motivos religiosos en el ámbito estatal, se toman los argumentos presentados por Nicolás Ganon acerca de la no pertinencia de los crucifijos en los despachos y oficinas del Poder Judicial. Las ideas subyacentes en sus argumentos, es que los funcionarios del Poder Judicial deben ser o al menos presentarse como agentes que actúan y juzgan en función de una identificación con el poder del Estado y sus leyes positivas. Simultáneamente, sostiene como corolario del postulado anterior, que los individuos que recurren al poder judicial para resolver sus problemas, deben confiar en que serán juzgados como ciudadanos, más allá de sus creencias religiosas. Los dos puntos mencionados lo llevan al autor del Oficio a sostener que:

“La manifestación pública de un símbolo religioso en un espacio público compromete no sólo la neutralidad que debe mantener el Estado  al momento de administrar justicia, sino la apariencia de objetividad de quien lo representa al impartirla…De esta manera quien se presenta ante un Juez, entiende que no sólo será juzgado por el funcionario público en cumplimiento de la ley positiva, sino también por una ley divina, la del Dios cristiano.” (Oficio presentado en San Nicolás por Símbolos Religiosos, 02/09/2010)

Ahora bien, los funcionarios del poder judicial no sólo deben mostrarse y juzgar en función del derecho positivo, sino que además deben reservar sus creencias religiosas al ámbito privado. Frente a las posibles tensiones entre los derechos amparados por la Constitución Nacional y las creencias religiosas, la lealtad a los preceptos del Estado es lo que debe primar. De lo contrario:

“…si fuera aceptable o correcto administrar justicia bajo los preceptos de la iglesia católica, no podría admitirse que los jueces argentinos se pronuncien en los divorcios, atento a que la iglesia católica no los reconoce, como tampoco sería necesario apelar a la objeción de conciencia cuando el conflicto perturba la firme convicción religiosa del juzgador.” (Oficio presentado en San Nicolás por Símbolos Religiosos, 02/09/2010)

El conflicto entre la pertenencia religiosa y la ciudadanía se profundiza aún más en los casos en que las creencias religiosas y las expresiones de religiosidad se externalizan en el ámbito público, entrando en contradicción con las prácticas acordes a los derechos y deberes de ciudadanía. En este sentido, en los proyectos de ley de Gutiérrez y Lubertino se hace referencia a los precedentes jurídicos en el ámbito internacional, en los que hay una clara pronunciación a favor de los derechos y deberes ciudadanos por sobre la libertad religiosa. A continuación se presentan un extracto en el que se hace referencia a esto:

“En Karaduman c. Turquía, la Comisión denegó a la peticionante la obtención de un certificado de graduación porque ella se negaba a presentar, por razones religiosas, una foto en la que no llevara velo. No encontró ninguna interferencia en su derecho porque, “al optar por seguir sus estudios superiores en una Universidad laica, una estudiante se somete a las reglas de esa Universidad, las cuales pueden sujetar la libertad de sus alumnos a expresar su religión a restricciones de lugar y forma destinadas a asegurar una coexistencia armoniosa de las personas de diferentes credos (Comisión Europea de Derechos Humanos, decisión de 2-5-1993).” ”.  (Proyecto de Ley de María José Lubertino, 06/09/2010).

En definitiva, el postulado que sostienen las iniciativas estatales para quitar del ámbito público las imágenes religiosas es que la fe católica encuentra en la esfera privada su ámbito  pertinente de expresividad, viéndose el Estado legitimado para intervenir en los casos en que lo religioso interfiera sobre el interés público. En definitiva los autores de estos proyectos defienden la disyunción entre: “espacio público” como lugar en el que se expresa la pertenencia a la comunidad Estado-Nacional, y “espacio privado” como lugar de expresión de las identidades religiosas.
Disyunción que será puesta en entredicho a través de la siguiente formulación: “…la renovación de la vida cultural, social y política exige que la inteligencia de la fe se haga, como ha indicado Benedicto XVI, inteligencia de la realidad.” (Homilía de monseñor Héctor Aguer, en la misa por el 194º aniversario de la Independencia nacional, 09/07/2010). Traducido a los términos que venimos utilizando, el representante de la Iglesia católica expresa con estas palabras la pertinencia de los preceptos religiosos en el ámbito público, entendidos como guías morales para los ciudadanos y representantes del Estado en su accionar cotidiano. De este modo, recuperando las palabras de otro máximo pontífice de la Iglesia Católica el arzobispo de la Plata señala:

“Juan Pablo II ha enseñado repetidas veces que la fe no arraiga con hondura en un pueblo si no se hace cultura, es decir, si no impregna la concepción de la vida, los criterios con que se juzgan los hechos cotidianos y las grandes coyunturas históricas, las costumbres y las relaciones sociales”. (Homilía de monseñor Héctor Aguer, en la misa de clausura del Vº Encuentro Nacional de Docentes Universitarios Católicos, 07/10/2010).

En este sentido, la cultura cristiana ofrecería al conjunto de los habitantes de la nación argentina los “auténticos valores del orden natural”, que deberían guiar la conducta no sólo de los ciudadanos en sus actividades cotidianas, sino fundamentalmente las decisiones tomadas en el ámbito de las políticas estatales. Si en los argumentos arriba expuestos se sostenía que los funcionarios del poder judicial deben actuar pura y exclusivamente como representantes de un Estado neutro y objetivo, amparados por los principios de la Constitución Nacional, por el contrario, en la alocución del arzobispo de La Plata aparece una defensa del peso de los preceptos religiosos en el accionar de los funcionarios del Estado. En este sentido, en el marco de las críticas formuladas a los proyectos sobre las imágenes religiosas afirma:

“Hay algunos que desean que la voz de la religión se silencie, o al menos que se relegue a la esfera meramente privada…Y hay otros que sostienen –paradójicamente con la intención de suprimir la discriminación– que a los cristianos que desempeñan un papel público se les debería pedir a veces que actuaran contra su conciencia. Estos son signos preocupantes de un fracaso en el aprecio no sólo de los derechos de los creyentes a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa, sino también del legítimo papel de la religión en la vida pública.” (Ídem.)

En nombres de un Estado neutro y como “reciclaje de un viejo laicismo”, se silencian, según Aguer,  las verdades reveladas de un orden natural; desobediencia  que se paga al precio de una sociedad que “queda a merced de las fuerzas disolventes desencadenadas por las ideologías”. La vieja preocupación de la sociología clásica por la integración de la sociedad, aparece simplificada en las palabras del arzobispo en la alternativa cultura cristiana o caos social; postulado que aparece ejemplificado en los siguientes términos: “Como obra de hombres libres, el destino histórico argentino puede frustrarse; pero si se realiza, será mariano o será nada” (Homilía de monseñor Héctor Aguer, en la misa por el 194º aniversario de la Independencia nacional, 09/07/2010). Como corolario de las afirmaciones acerca de la necesaria implicancia de los preceptos de la religión católica en la vida pública, Aguer señala:

“A los católicos empeñados en política –quizás haya unos pocos–, a todo ciudadano…corresponde sostener con lucidez y valentía, iluminados por la Verdad e impulsados por la Caridad, los principios no negociables de los que depende el futuro de la sociedad argentina…Si se desplaza la fe religiosa del espacio público, éste se empobrece y la razón política pierde la referencia a aquellos principios éticos absolutos que marcan sus propios límites y le permiten ejercitar su competencia y cumplir con sus fines en el ordenamiento de la sociedad” (Homilía de monseñor Héctor Aguer, en la misa de clausura del Vº Encuentro Nacional de Docentes Universitarios Católicos, 07/10/2010)

Como cierre de este apartado, podemos sostener que las disputas en torno a la secularización de la ciudadanía continúan vigentes, así como de la pertinencia o no de los principios religiosos en el ámbito público continua vigente. Frente a un modelo de ciudadanía identificado con la comunidad política nacional y un modelo de funcionario público comprometido en ejecutar sus funciones guiados por el derecho positivo vigente, se propone desde la Iglesia católica una “moral privada” constituida en “razón colectiva”.

 

5. Del paradigma de la redistribución al paradigma del reconocimiento

Los planteamientos de Seyla Benhabib (2006) en torno al desplazamiento en la gramática de la creación de reivindicaciones políticas, puede servirnos como telón de fondo para analizar los conflictos por la presencia de las imágenes religiosos en los espacios públicos. Si bien en este conflicto, la Iglesia Católica no puede ser entendida como un grupo marginado que apunta a superar injusticias definidas como culturales, la noción de “luchas por el reconocimiento” nos permite poner de relieve la dimensión esencialmente cultural y simbólica de las pujas entre el Estado nacional y la Iglesia Católica. “Lucha por el reconocimiento” que en realidad podría ser reformulada como una lucha por mantener el peso cultural de cierta identidad religiosa.  
En este sentido, retomando las discusiones en torno al artículo 2 de la Constitución Nacional, podríamos decir que los agentes estatales rescatan la dimensión meramente material de dicho artículo marginando todo aspecto que pueda hacer referencia al reconocimiento. Frente a esta postura sostenida por algunos representantes del Estado, la estrategia subyacente en los argumentos de la Iglesia Católica se centra en recuperar la dimensión identitaria de la disputa, proponiendo una serie de postulados que se acercan peligrosamente a las premisas culturalistas. En este sentido, se sostiene una identidad religiosa con pretensiones totalizantes, que confunde “nación argentina” con “identidad católica” y presenta sus valores culturales como verdades absolutas e indiscutibles.
Otro punto de posible convergencia entre los planteamientos de Benhabib (2006) y el conflicto analizado, es que de alguna manera se reeditan con ciertas características específicas las contradicciones entre los postulados liberales (como la libertad y la autonomía de los individuos) y el reconocimiento cultural, o en términos de la autora esta problemática puede sintetizarse como “…los contrastes entre la política de la dignidad igualitaria y la política de la autenticidad”. En este sentido, el principal fundamento de las iniciativas estatales, es que la presencia de símbolos y motivos religiosos en el espacio público es “discriminatorio”, y potencialmente atenta contra los derechos a la “libertad religiosa” y a la “igualdad de los individuos frente a la ley”. A continuación se presentan dos extractos que ilustran lo sostenido en este párrafo:

“La Asociación por los Derechos Civiles presentó entonces un escrito a la Administración General de la Corte en el que se solicitó el retiro de la imagen, con fundamento en la afectación evidente al tratamiento igualitario de las personas ante la justicia sin discriminación de tipo religioso.” (Proyecto de Ley de María José Lubertino, 06/09/2010)

“Advirtiendo que las creencias y prácticas religiosas están relacionadas con la privacidad de las personas, por lo que lo que el Estado debe abstenerse de imponer, ni siquiera indirectamente determinadas creencias religiosas donde las personas dependen de él o son particularmente vulnerables o sensible, resulta claro que determinados símbolos expresan una creencia o religión, y es difícil evitar su influencia…La libertad de culto significa el practicar o no practicar ningún culto, ser agnóstico, ateo, o simplemente indiferente al tema religioso”. (Oficio presentado en San Nicolás por Símbolos Religiosos, 02/09/2010)

Frente a este dilema entre la garantía de ciertos derechos individuales y las demandas por mantener cierto peso simbólico por parte de los grupos de la Iglesia Católica, la necesidad de precisar cierto orden en los principios de valoración se hace necesaria. En este marco, las respuestas de varios de los autores que abordan esta temática encuentran cierta convergencia. En este sentido,  Benhabib (2006) defiende una visión democrática igualitaria y posnacional de perspectivas culturales modernas, que se sustenta en dos postulados: en primer lugar, las políticas públicas deben dirigirse a potenciar el papel de los miembros de los grupos culturales para “…apropiarse, enriquecer e incluso subvertir los términos de sus propias culturas”; y en segundo lugar, deben superarse las políticas de “balcanización cultural”, para garantizar el diálogo intercultural. En sintonía con este último punto, Vallespín (2000) plantea frente a las perspectivas culturales homogeneizantes, la posibilidad de subsumir las diferentes identidades bajo una comunidad democrática más amplia. Por su parte, Habermas, si bien apoya las iniciativas de reconocimiento de los particularismos, señala que dicho reconocimiento debe realizarse dentro de “…un proceso en el que prime la opinión política y la confrontación de voluntades de ciudadanía, y no meras argumentaciones prepolíticas…El gran desafío consiste en reconocer las diferencias entre individuos y grupos sin “externalizarlos” como enemigos ni asimilarlos a lo propio” (Vallespín, 2000).
Según las diferentes alternativas esbozadas, ¿cuál debería ser la posición del Estado? Mientras que desde la Iglesia católica se plantea que la “evangelización de la cultura e inculturación del Evangelio son movimientos que se entrelazan y de algún modo se identifican” (Homilía de monseñor Héctor Aguer, en la misa de clausura del Vº Encuentro Nacional de Docentes Universitarios Católicos, 07/10/2010), la alternativa planteada por los defensores del Estado laico es la más próxima a las propuestas de Benhabib (2006) y  Vallespín (2000). En este sentido, la afinidad entre ambos argumentos puede ilustrarse a partir del siguiente fragmento presente en los proyectos de ley de Lubertino y Gutiérrez:

“La Corte Europea de Derechos Humanos frecuentemente ha destacado el rol que el Estado cumple como organizador neutral e imparcial del ejercicio de las diversas religiones, y creencias, que esta función favorece al orden público, la armonía religiosa y la tolerancia en una sociedad democrática y que, en consecuencia, no puede ejercer ninguna de sus atribuciones para evaluar la legitimidad de las creencias religiosas y debe garantizar la tolerancia mutua entre los grupos contrapuestos.” (Proyecto de Ley de María José Lubertino, 06/09/2010)

Como cierre de este apartado, resulta interesante plantear la hipótesis de que cuando la dimensión simbólica es el eje de las luchas, las principales estrategias de los actores en juego pasan por la apropiación del espacio público tanto como modo de manifestación pero también como demostración de la fuerza cultural de cada uno de ellos.

6. Grupos Católicos y expresiones de intolerancia en la Ciudad de Santa Fe.

En este pasaje del texto, nos proponemos partir de un análisis descriptivo de las reacciones suscitadas entre ciertos grupos de la Iglesia Católica frente al Proyecto de Ley de Alicia Gutiérrez, cuya propuesta se centraba en la prohibición de la exhibición y/o colocación de imágenes religiosas en los espacios de acceso público de los tres Poderes de la Administración Pública Provincial, así como la remoción de las ya existentes. Con motivo de su presentación ante la Legislatura, aparecieron pintadas con agravios dirigidos hacia la diputada antes nombrada, así como también, contra la vicegobernadora de la provincia de Santa Fe, Griselda Tessio. El blanco de ataque de los grupos católicos fueron el local del Partido SI Santa Fe, y la casa de Gobierno. Según el diario El Litoral:

“El local del Partido SI Santa Fe…fue cubierto de pintadas en color rojo. Las mismas decían textualmente “Alicia Gutiérrez seguido de insultos irreproducibles”. La puerta partidaria fue cubierta por una gran cruz, además de dos cruces más, una en el cartel partidario del SI y otra adornando uno de los agravios… Leyendas similares aparecieron también en la sede de Asociación de Prensa, detrás de la Casa de Gobierno, en este caso, contra la vicegobernadora Griselda Tessio.” (“Polémica propuesta de retirar imágenes religiosas”,  17/11/2010, “El Litoral”.)

Resulta destacable que la misma modalidad de manifestación se repitió con ocasión del primer matrimonio entre personas del mismo sexo en el Registro Civil de la Ciudad de Santa Fe. En esta ocasión:

“Pintadas homofóbicas aparecieron ayer en las paredes del edificio del Registro Civil de esta capital donde pocas horas más tarde se formalizó el primer matrimonio entre dos personas del mismo sexo. El acto vandálico…convirtió a la capital santafesina en la primera de todo el país en la que se registra una acción agresiva en oposición a la aplicación de la nueva ley de matrimonio. (“Pintadas hostiles a un matrimonio gay frente a un Registro Civil”, 21/08/2010, “La Capital”).

Como puede observarse, estas formas de manifestación tienen dos características centrales: en primer lugar, las pintadas se producen en edificios públicos o correspondientes a entidades que participan del gobierno; y en segundo lugar, las pintadas tienen un alto grado de agresividad y van acompañadas de símbolos o términos propios de la religión católica. La primera característica, pone de relieve la centralidad que posee el Estado en tanto agente que dirime las disputas por el poder simbólico. En este sentido, si bien los agravios están dirigidos a las personas que ocupan cargos en el poder, no se registraron ataques a los domicilios particulares de los mismos. La segunda característica nos permite abrir algunos interrogantes: ¿por qué se producen estas manifestaciones de intolerancia desde los grupos católicos?

6.1. La Iglesia Católica entre la tradición y la modernidad

En este apartado nos proponemos responder a la siguiente pregunta, ¿qué relación existe entre las características institucionales de la Iglesia Católica y las manifestaciones de intolerancia? Para responder a esta pregunta, recurrimos a un conjunto de datos empíricos extraídos de una misa que tuvo lugar en un templo católico ubicado en la Ciudad de Santa Fe. En el transcurso de la misma se realizó una etnografía y se registró el Sermón del Sacerdote. A continuación se presenta un análisis de estos datos a la luz de los aportes teóricos de Dubet (2007) y Vallespín (2000).
Un concepto teórico central para este análisis será el de institución, que es definida por “…su capacidad de hacer advenir un orden simbólico y de formar un tipo de sujeto ligado a este orden, de instituirlo. En este sentido, la Iglesia, la Escuela, la Familia o la Justicia son instituciones porque inscriben un orden simbólico y una cultura en la subjetividad de los individuos.” (Dubet, 2007). Ahora bien, siguiendo a este mismo autor, para realizar esta tarea se requiere de un tipo específico de trabajo sobre el otro, que es realizado a través de una técnica de socialización específica, el programa institucional. Este último puede caracterizarse a partir de la identificación de una serie de elementos: el primer elemento, es su identificación con un conjunto de principios y valores tenidos por sagrados3 ; por otra parte, se caracteriza por el hecho de que el trabajo sobre el otro se define como una vocación, en la medida en que lo que importa en mayor medida es el rol más que la personalidad o las competencias de la autoridad; en tercer lugar, en función de que “…los valores de la institución están fuera del mundo, hace falta que la institución misma esté fuera del mundo, que ella sea un santuario protegido de los desórdenes, los intereses y las pasiones de la sociedad” (Ídem.); por último, la obediencia y el adiestramiento que se realiza según los parámetros del programa institucional, tiene como principal objetivo construir la autonomía y la libertad del sujeto.
A partir de toda esta serie de elaboraciones teóricos, podemos realizar una primera afirmación: la Iglesia Católica es, en efecto, una institución que tiene como principal objetivo inscribir un orden simbólico y una cultura en la subjetividad de los individuos. Esto se pone fuertemente de relieve en el sermón analizado, en el que se pone un constante acento en los marcos morales como guías en este mundo, y en una lógica valorativa dual en la “sentencia final”.  Ahora bien, tomando en consideración los elementos que caracterizan al programa institucional, la pregunta que surge es: ¿presenta la institución católica las características de un “espacio santuarizado”?
Según la base empírica antes mencionada, puede sostenerse que la idea de que la institución conserva ciertos elementos del programa institucional, y simultáneamente, transparenta ciertos elementos que permiten hablar de una des-santuarización. Respecto a estos últimos, pudo observarse en las formas de desenvolvimiento del rito tradicional, ciertos indicios de la implementación de un modelo de diálogo más que de obediencia, en el que se reconoce al individuo como sujeto activo, que tiene personalidad, que tiene necesidades y que debe adherirse libremente a la creencia. En los hechos, pudieron observarse los cambios en el rito católico tradicional apuntados por Dubet (2007):

“El sacerdote, mediador entre Dios y el fiel, da la espalda a los creyentes para decir misa en un lenguaje desconocido para la mayoría de ellos, el latín: para dirigirse a los creyentes los domina hablando desde el púlpito y los creyentes son definidos como “fieles”, cuyo primer deber es el de sumisión y el de la obediencia…El nuevo rito instaurado por el concilio Vaticano segundo cambia la posición y la definición del fiel: el fiel se convierte en un laico y el sacerdote se pone frente a él para dar la misa en la lengua de los asistentes: el sacerdote no se sube al púlpito y comparte la prédica con  algunos laicos.”

Sin embargo, hay ciertos elementos propios del programa institucional que persisten, de manera más o menos intensa. En primer lugar, en cuanto a la posición de autoridad en el rito no sentamos una posición absoluta; sosteniendo más bien que se define tanto en función de lo que el sacerdote representa, como de sus cualidades personales. En este sentido,  al desenvolverse la misa en el lenguaje de los asistentes entra en juego la necesidad del sacerdote de recurrir a todo un conjunto de recursos retóricos y explicativos que permitan captar la atención de los asistentes a la misa, así como hacer asequible el discurso. En este sentido, el Sermón comienza y se desarrolla haciendo una constante referencia a algún hecho de la vida cotidiana de las personas:

“Cuando en una familia se sientan a ver televisión, cada persona tiene gustos distintos. Porque a los niños les gustan los dibujos animados; a algunas personas, sobre todo mujeres, les gustan las telenovelas; a los hombres les gusta ver el partido de fútbol, y a las personas mayores, les gusta mirar las noticias. Hoy, la liturgia nos da las últimas noticias…última noticia, noticia de último momento, pues la noticia que nos da el evangelio de hoy es que se va acabar el mundo, y que nosotros tenemos un destino de volver a Dios.”

Sin embargo, los elementos de la ceremonia que nos permiten mantener, al mismo tiempo, el carácter estatutario de la autoridad del sacerdote son: los laicos que suben a compartir el púlpito, deben arrodillarse ante él antes de comenzar su alocución; el sacerdote coordina los momentos de la misa y es la palabra autorizada a la hora de interpretar los textos sagrados; da la misa desde el sector más elevado de la edificación. Finalmente, en lo que respecta a la dimensión moral, podemos afirmar que en el Sermón del sacerdote puede constatarse la presencia de valores sagrados. De este punto, nos encargaremos en el próximo aparatado.

6.2. La Iglesia Católica y sus valores santuarizados

En función del análisis discursivo del Sermón del sacerdote, puede constatarse la necesidad de hacer frente a una tensión que potencialmente se presenta a los que profesan el culto católico, que hace referencia a la cuestión de la libertad individual en las elecciones terrenales y la salvación en el más allá. En este sentido, se intenta responder a la pregunta: si todos estamos en un plan de Dios y es imposible escaparse de este plan, ¿qué sentido tiene la actividad en este mundo?
Para salvar dicha tensión, el cura propone la idea de que las personas que están en contacto con Dios, conocen ciertas señales en el camino; y que “…uno que piensa y que es un poco inteligente, dice bueno, voy a ir por el buen camino”. Otro de los elementos que harían referencia a la elección correcta en este mundo, estaría dada por las diferentes actitudes que podemos tomar frente al inevitable advenimiento del día del juicio final: la primera actitud, juzgada como errónea, sería la de desentenderse, evadirse, no pensar en el destino y disfrutar como si no existiera. La pregunta que se hacen los que adoptan esta actitud es, ¿si el mundo se va a terminar para que esforzarse trabajando y estudiando? Esta actitud está ilustrada en el siguiente acontecimiento que relata el sacerdote:

“…cuando San Pablo predicó a los de Estarotica, a los que Jacob les dijo que se iba a acabar el mundo, y la gente lo tomó como que se iba a acabar al día siguiente. Y estaban tan desanimados, que decían, “Bueno, si se acaba el mundo para qué vamos a trabajar, si se acaba el mundo, para qué vamos a estudiar, si se acaba el mundo, para que nos vamos a hacer mala sangre, vamos a pasarla bien Jacob.” Y viene San Pablo y dice: “No se va a acabar el mundo cuando ustedes digan, se va a terminar cuando diga Dios. Y ustedes tienen que trabajar la tierra, tienen que hacer la tarea para que avancen todos los días, y hay un principio, que el que no quiera trabajar que no coma.” Y por querer comer, empezaron a trabajar todos.”

La segunda actitud errónea, sería la de “instalarse”. Esta actitud sería la de la gente que se “organiza para seguir viviendo en la tierra”, que pone en acento en el disfrute de los bienes materiales como alimento del alma, perdiendo de vista la salvación en el más allá. Esta actitud pecaminosa, se ilustra en el siguiente relato:

Y ahí viene lo que contaba Jesucristo, que había una persona rica que dice que iba a tener posesión de soja digamos…aunque en aquel tiempo no debía haber soja. Pero bueno, “voy a tener una cosecha tan grande que voy a tener todo el grano, voy a hacer silos mayores, voy a hacer un galpón grande, voy a tener girasol, voy a tener muchas plantas, y le voy a decir a mi alma: vos alma mía, ya tienes muchos bienes, disfruta, no te hagas mala sangre, aprovecha.” Y Dios que estaba escuchando  dice: “Necio, esta misma noche te vas a morir. Para qué quieres almacenar tantos bienes.” Hay que saberlo hermanos… “Esta misma noche te vas a morir”… Entonces, no hay que instalarse.

Frente a estos dos posibles errores, el sacerdote nos advierte acerca de la tercera actitud, que es “…la que conviene, la santa, la correcta.” Esta actitud consiste en estar preparados, saber que el día del juicio final va a advenir, mientras vivimos en gracia.
Esta reconstrucción del Sermón, pone de relieve el hecho de que si bien se valoran las elecciones individuales en este mundo, el camino correcto es uno y sólo uno. Libertad del sujeto, sí, pero dentro de un estrecho marco de elecciones posibles. Y para aquellos que tomen la actitud equivocada, está la muerte en este mundo o el infierno en el más allá.
Retomando los análisis discursivos, puede constatarse la presencia de una moral dual, expresada en la idea del ·”bien” y del “mal”. Esto podría expresarse en los términos de Dubet (2007) de dos maneras: de forma positiva, sosteniendo que se percibe en el discurso la identificación con un conjunto de principios y valores tenidos por sagrados; y de forma negativa, sosteniendo que hay una negación de la poliarquía de valores presentes en la sociedad.
En consonancia con aquellos, el sacerdote sostiene que las personas enfrentadas a elegir en este mundo, deben descifrar las señales en el camino, para de este modo tomar el camino correcto. Ahora bien, dicho abanico de orientaciones no se multiplica ad infinitum, sino que por el contrario nos encontramos frente a un camino que se bifurca. La vida de las personas “no es un laberinto”, ni es “turismo de aventuras”, sino que, por el contrario, tiene las líneas bien marcadas. En este sentido, en el Sermón se afirma que:

“Hay un camino que se bifurca. ¿Qué camino es el que bifurca? El que se abre en dos: que uno va para un lado y el otro va para otro. Eso es bifurcar, como si fuera un “Y”. Entonces no hay que equivocarse de camino, porque hay uno que va al padre y otro que no va al padre. Yo me acuerdo de un chico que estaba inválido en una silla de ruedas, y decía: “Saben que a mi me parece que los más importante no es caminar, los más importante es adónde tiene que llegar uno…Eso es lo importante”.”

Si somos “inteligentes” y “buenos”, y elegimos “el buen camino”, iremos al cielo; aquellos que son “poco inteligentes” y “malos”, elegirán el “mal camino”, y consecuentemente, en el momento que tengan que enfrentarse al juicio de Dios, se irán al infierno. Recapitulando lo que dijimos hasta aquí, podemos sostener como primera característica de la dimensión moral presente en el Sermón que: se presenta un marco evaluativo de las conductas que es “dual”, lo que expresaría la presencia de valores y creencias santuarizadas, y simultáneamente, una negación de la poliarquía de valores presentes en la sociedad.
Como complemento de este enunciado, podemos sostener que en el Sermón, puede constatarse además, una negación pluralismo social y religioso, expresado en los pasajes que sostienen que aunque no hay ninguna persona aunque sea ateo, aunque sea un criminal, aunque sea un sinvergüenza, aunque sea de la religión que quiera, no hay nadie que se escape del plan de Dios. Por otro lado, la negación del pluralismo religioso se transparenta en la deslegitimación de las formas alternativas de religiosidad:

“(…) hay en todas las personas, una especie de curiosidad. A ver que me va a pasar en la vida, a ver que posibilidades voy a tener, y uno a veces se encuentra con una gitana, y la gitana le lee la mano. Cuando uno es ingenuo, viene la gitana y le lee (…) Pero lo que le dice la gitana, es lo que uno quiere que le digan. No. Y el que no está conforme con la gitana, va a la curandera, y la curandera le vuelve a leer el mismo mensaje. No está contento con la curandera, va a una mujer que le tire las cartas. No está contento con la que le tira las cartas, bueno vamos a leer el horóscopo, con “h” (…) O sea, queremos conocer nuestro porvenir, y Jesucristo nos ha dicho cuál es nuestro porvenir, los pasos que tenemos que dar, y nos lo dijo Jesucristo. Y Jesucristo, como para que le creamos dice pasará el cielo y la tierra, pero mis palabras no pasarán.”

Como balance de lo hasta aquí expuesto, podría plantearse la siguiente hipótesis: la Iglesia católica, en tanto institución, socializa a los individuos en un marco de valores dualista, que entraría en contradicción con los cambios sociales impuestos desde el Estado, así como con la creciente complejización social, manifestada en una mayor pluralidad social y religiosa. En este sentido, habría una afinidad entre las expresiones de intolerancia frente a las orientaciones de las políticas públicas consideradas como erróneas y la estrechez de los marcos evaluativos en el que son socializados los que practican la religión católica.

7. Conclusiones

Como cierre de este trabajo, podemos concluir que se pudo constatar la presencia de dos discursos contrapuestos en torno a la pertinencia o no de las imágenes religiosas en los espacios públicos. Por un lado, el discurso de los actores estatales, que en su intención de defender las diferentes iniciativas encaminadas a remover la simbología cristiana emplazada en los espacios gubernamentales, sostienen: en primer lugar, una visión del Estado-Nación secularizado, que tendría como principal función arbitrar los conflictos entre las diferentes identidades culturales; en segundo lugar, la idea de que la religión debe replegarse al seno privado; por último, una perspectiva liberal de la ciudadanía, que supone una identificación de los ciudadanos con el Estado nacional más allá de las identidades particulares. Por otro lado, el discurso de los actores religiosos, que en su contraposición a los proyectos estatales en torno a las imágenes religiosas, sostienen: en primer lugar, la idea de la “nación católica”; en segundo lugar, la idea de la religión católica como guía del accionar de ciudadanos y funcionarios públicos; por último, una perspectiva en la que las nociones de “buen católico” y “buen ciudadano” aparecen indisociables.
Ahora bien, un aspecto interesante de los análisis previos es la posibilidad que brinda de mantener un “diálogo” constante entre lo teórico y lo empírico, ya sea para desmenuzar los aspectos de la realidad que escapan a una visión espontánea, como para proyectar desde lo empírico ciertas consecuencias teóricas que vayan más allá del caso concreto. En este sentido, es que podemos afirmar que este trabajo permite abordar desde una perspectiva amplia las razones que podrían fundamentar el peso de la Iglesia Católica en el campo político, así como las tensiones provocadas con el Estado, cada vez que este toma orientaciones juzgadas como erróneas desde dicha institución.
En consonancia con lo antes afirmado, es posible remarcar que más allá de las coyunturas históricas y del carácter esencialmente difuso de las fronteras políticas del Estado, habría una serie de características propias de la Iglesia Católica en la Argentina que explicarían la reticencia de la misma a replegarse en el espacio religioso. En primer lugar, nos enfrentamos a una religión con pretensiones totalizantes, que fundamenta su peso en las decisiones políticas en el mito de la “nación católica”. En segundo lugar, la religión católica se presenta como un conjunto de prácticas y creencias que se resisten a replegarse al ámbito privado, defendiendo su pertinencia en tanto orientadora de los ciudadanos y de los funcionarios públicos. En tercer lugar, la Iglesia católica presenta sus creencias como verdades indiscutibles, negando la posibilidad del diálogo cultural y sosteniendo su necesaria presencia en el ámbito publico a través de la disyuntiva “cultura católica” o “caos social”. Por último, las tensiones con el poder público se intensifican y toman la forma de una confrontación abierta, como consecuencia de una socialización centrada en un marco de evaluación estrecho.
Las ideas sostenidas en el párrafo precedente nos advierten no sólo acerca de los riesgos de una identidad religiosa sustentada en valores absolutos, cerrada al diálogo intercultural y proyectada hacia el ámbito público, sino también acerca de las trampas inherentes a los discursos moralizantes que, desde muchos sectores políticos en la Argentina, se utilizan para describir los “males” de la Argentina, así como para fundamentar las orientaciones de las políticas públicas. En este sentido, si la intención está dada por conseguir que el Estado se autonomice de las presiones propias del ámbito religioso, constituyéndose en árbitro de estas disputas, debe desplazar los debates hacia los carriles de los fundamentos teórico-sociales más que morales.
Para finalizar este trabajo, queremos hacer nuestras las palabras de Ulrich Beck (2005), que sin bien hacen referencia a las posturas que pueden tomarse frente a la globalización, expresan más ampliamente una actitud cultural ante la diferencia:

“En el lugar del pacto de no injerencia entra la suposición de la vida glocal. En definitiva, el universalismo contextual afirma: hay que abrir el santuario de uno mismo a la crítica ajena. Hay que cometer el sacrilegio de politeísmo en materia de universalismo, empezando por uno mismo.”

 

1 Estudiante de la Carrera de Licenciatura en Sociología de la Universidad Nacional del Litoral.

 

Bibliografía:

  • Beck, Ulrich (2005). La mirada cosmopolita o La guerra es la paz. Ediciones Paidós Ibérica.
  • Benhabib, Seyla (2006). Las reivindicaciones de la cultura. Igualdad y diversidad en la era global. Buenos Aires, Katz Ediciones.
  • Bolstanki, Luc y Eve Chiapello (2002), El nuevo espíritu del capitalismo. Madrid,Ediciones Akal.
  • Deloyé, Yves (2004). Sociología histórica de lo político. Chile, Editorial LOM.
  • Vallespín, Fernando (2000). El futuro de la política. España, Editorial Taurus.

 

Artículos periodísticos:

 

Fuentes documentales:

 

Proyecto de ley presentado por la diputada santafesina Alicia Gutiérrez, 2010. (Consulta: 23/11/2010). Disponible en: http://www.radiocanal.com.ar/san_francisco_argentina/noticias/noticia_ampliada.php?id_noticia=30609

2 “Cada vez más personas se declaran religiosas”, La Nación, 20 de noviembre de 2005. Disponible en: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=757965. (Consulta: 20/11/2010) 

3 Sagrados significa que son tomados como estando fuera del mundo, por encima de la sociedad e indiscutibles dentro del marco de la institución.